jueves, abril 05, 2012

Psicoterapia con Sordina


Aquellos eran los años en que fresco como una lechuga sufría la siega del país de la picaresca. Durante esos ‘entonces’ si me arrancaban pedazos de mí, me volvían a crecer como los cangrejos. Supongo que era el deseo de vivir.  'La vida', sin embargo, ya me daba indicios de que eso de ‘vivir’ no iba a ser mi destino si decidía continuar en aquella parte del mundo durante mucho más tiempo, pero de eso me dí cuenta poco a poco y tardé en reaccionar.

En una de esas instancias en las que yo me encontraba sin trabajo y con mucha actividad voluntaria que hacer (es decir toda la ‘vida’ de adulto de la cual tengo memoria antes de emigrar), me engañaba a mí mismo pensando que así ganaría experiencia, y que tras muchos cursos, formación y psicoterapia para los pobres y sin cobrar, encontraría un puesto como Dios manda. Hice cursos, gané experiencia y demás, pero nunca me sirvieron de nada. Tardé años en recuperarme del gran palo que sufrí debido a mi obstinada visión heroica de mi existencia.

Mi madre que es una psicóloga frustrada, hacía un sostenido esfuerzo por mantener mi autoestima con sus propios métodos, en lo que por entonces se conocía como una sociedad con niveles gigantescos de paro ‘estructural’. Quería ayudarme y claro, ella sabía que uno no puede ser un psicólogo de verdad sino tiene pacientes. Un día me dijo que después de haber hablado mucho con una de esas amigas que ella se echaba en sus salidas de tapitas con ‘el Calvo’, había decidido derivármela a mí,  a su Alter Ego, el Aprendiz de Psicólogo Clínico.

‘El Calvo’ era un viudo con un bigote estrellado en medio de su cara que hacía de compañero sentimental de mi madre, viuda también. El bigotudo y empedernido fumador, era un cínico y mediocre sujeto que parecía haber salido de una película de Alfredo Landa y que se entretenía gruñendo y poniendo falta a todo menos a lo más casposo y hortera de nuestra querida ciudad. Y como había que fastidiar y yo no coincidía en ningún modo con lo que él consideraba un modelo de ciudadano, me puse al alcance de su afilado pico, el cual estaba decorado con plumones amarilleados por la nicotina. Cada vez que me veía no podía evitar el tener que vomitarme encima con uno de sus excrementos mentales (como si de una lechuza se tratara) sobre lo absurdo de la profesión de Psicoterapeuta/Psicólogo Clínico. -¡Pero vamos a ver! ¿Cómo se puede curar a una persona hablando?- Yo me ahogaba de rabia con sus comentarios faltos de respeto y decoro. Ahora que soy más mayor y que el hombre pasó a mejor vida, ya tengo una respuesta para él. Como digo, yo soy muy lento. Al Calvo le hubiera dicho que:    –Hombre, curar no sé si se puede curar con palabras, pero ¡joder! me estás vacilando con las tuyas, así que si algún día tienes el interés en ser más cortés y sensato a lo mejor se te ocurre dejar de hacer daño con tu verborrea, porque sino voy a tener que elegir entre darte un mazazo en tu calva o acudir a un Psicólogo Clínico para que me cure de tu ponzoña, y la verdad es que la primera opción me tienta mucho- El pobre, ha tenido la suerte de desaparecer de este mundo a tiempo, para no tener que aguantar el desfogue de mi rabia tardía.

Volvamos al tema, que ya me estaba desviando. El caso es que tras su oferta de ayudar a una pobre mujer que sufría por el maltrato de su marido, yo muy puesto y profesional acepté la oferta de mi madre. Me acordé del señor Freud, y de las clases de psicoanálisis de la facultad. Sigmund Freud era un héroe. Al principio de su carrera había visto pacientes sin cobrarles un duro, y al final después de mucho esfuerzo se convirtió en el paradigma del Psicólogo Clínico.  También estaba el hecho de que mi madre había sido abusada por mi padre. Por tanto había una doble conexión. Doble motivo para ayudar, para continuar siendo un Quijote sin hidalguía. No me lo pensé mucho y concertamos una cita. Lo de la posibilidad de cobrar por la sesión se lo dejé al destino.

La señora parecía una dama de Elche, toda cubierta de joyas doradas con motivos religiosos. Tenía una expresión egregia, magnificada por la ‘permanente’ con la que su peluquera de barrio había decidido moldear su dañado cabello rubio de bote. Para resumir, el retrato que tenía enfrente daba unos aires de limpiadora de hospital venida a más. Yo la dejé hablar para que ganara confianza. Pero lo que pensé iba a ser una breve descripción introductoria de su problema se convirtió en una retahíla interminable e insufrible. Al principio tuve una gran compasión por ella. Su marido no le hablaba, no tenía ternura ni interés en ella. Decía que el hombre tenía una ‘personalidad doble’ cosa que yo nunca había escuchado, ni he visto en los veinte años que llevo dedicándome al oficio. Todo parecía dramático y era fácil empatizar con la doña, que sufría del abandono y ostracismo de su negligente marido. Pero para mi sorpresa, me fui dando cuenta que ella no reaccionaba a mis intentos de comunicar empatía, ni a mis esfuerzos por aclarar un determinado asunto, ni a nada parecido a un mínimo diálogo. Era como si yo fuera un cadáver al que ella tuviera que velar, un testigo pasivo de una crónica o monólogo que resumiera su vida con un Mario al que nunca pudo cantarle las cuatro verdades.

Ella seguía y seguía hablando, inundando la habitación con un mar de palabras vacías y la letanía de quejas y defectos que encontraba en su marido. Yo me sentía cada vez más anegado y con cada una de sus palabras me iba costando más y más tenerme a flote hasta que acabé por hundirme en un profundo océano de soledad y tristeza. Esto continuó así durante una eternidad. Al final todo lo que quedó de mí fueron las dos esferas de mis ojos  apuntando a la ominosa sirena. Todo lo demás se había disuelto en ese magma ácido y oceánico de recriminaciones e injusticias. Creo que fueron alrededor de tres horas cuando abruptamente dejó de hablar y dijo que ya había terminado. Se despidió de mí con una sonrisa de alivio y satisfacción, pero no recuerdo si me dio las gracias o fui yo el que se las dí a ella. Por supuesto, no sacó de su bolso ni una estampita de alguna de las múltiples vírgenes que colgaban de sus cadenas de oro. El cerrar del grifo de su boca y el abrir de la puerta para dejarla marchar, permitió que el océano de palabras vanas que anegaba mi mente y la habitación entera, fueran poco a poco retirándose dificultosamente para dejar a la vista una playa de afilados pedruscos negros en donde reposaban mis quebrados restos mortales.

De este modo concluyó mi intervención y nunca más la volví a ver. Mi madre no volvió a mencionármela. Y creo que nunca más me recomendó a otra de sus desgraciadas amigas. Supongo que ella quedó satisfecha con mi prueba de fuego ya que a partir de entonces instigó el hecho de que los honorarios son algo más que una recompensa material. Como reflexión, debo confesar que con el tiempo le he dado algo de razón a ‘el Calvo’. A lo mejor es que la Psicología Clínica cura sin hablar.

Como añadidura, ahora que me planteo el volver a esa tierra devota de sordos santos y vírgenes, me pregunto si tendré que reencontrarme con mis viejos pacientes de bolsillos vacíos y cuellos repletos de alhajas, y con ese paro estructural que es tan grande y viejo como la catedral.