jueves, junio 21, 2012

La Culpa del Incendio la Tiene el Bosque

Josh tenía unos veintidós años, de esos que parecen treinta y dos o más. De sonrisa contenida y una corpulencia inversamente proporcional a su ansiedad social, su aspecto de madurito engañaría hasta a la más experimentada. El caso es que Josh nunca había tenido novia, pero en cuanto a experiencia era un alumno aventajado en eso de la salud mental. De hecho, había debutado con trastorno obsesivo-compulsivo allá cuando era prepúber. Cuando yo lo conocí estaba en una planta psiquiátrica maldiciendo a todo el mundo. Su calva parecía más grande por aquél entonces. Después de un intenso trabajo psicoterapéutico, Josh está ahora en casa de sus padres, tiene un trabajo, pero esencialmente sigue solo y pelado como su redonda cabeza.

Hablando con su padre, supuraba de su herida emocional la incapacidad de Josh de ser como los demás. -Yo a su edad estaba todo el día en el pub con los amigos-, me dijo mirando fijamente a Josh como invitándolo a un duelo. -Y el caso es que ya era así antes de su enfermedad-, sentenció el padre, asestando un golpe más a su contrincante. Yo le sugerí que si ser tímido es una enfermedad, tras lo cual él bajó el tono hostil. En cualquier caso, todos debían sentarse a la mesa a hablar y al menos el padre había tenido el coraje de hacerlo. Su madre, la cual salía disparada hacia la habitación cada vez que yo venía a ver a Josh a su casa, nunca se dejó ver. Al parecer tenía depresión. La última vez que ví a Josh, la oí maullar desde su cama. 

Josh ya no oye voces y tampoco siente sospechas por nadie. Trabaja y trabaja como el que más y es un gran aficionado a la tecnología. Pero él tiene la culpa de mostrar signos de debilidad de vez en cuando. Los médicos lo llaman enfermedad mental. Yo todavía no he acertado a ver de qué enfermedad se trata, y a pesar de llevar años ayudando a gentes con problemas todavía no he visto a ningún enfermo mental. Esta clase de enfermedad debe ser como una especie de aparición milagrosa, esa a la que sólo tienen acceso los elegidos, es decir los médicos. Dejémoslos a ellos con sus delirios de grandeza que son felices, pero a los que sufren, hay que ayudarlos, ¿no?

Josh venció a sus demonios currándoselo en frente de un psicólogo y sin tomar pastillas. Pero aún sigue solo en el mundo. Es un calvo sin remedio, un 'teki' apasionado por los ordenadores. ¿Dónde están esas mujeres tan lindas que todo lo darían por un buen hombre?