Afuera hacía frío, pero en realidad lo peor consistía en saber que el amor no era posible. Se dio cuenta que amaba sin ser correspondido. Quizás la otra persona se lo tomaba a broma. Quizás ella no tenía tiempo, simplemente le mintió. A lo mejor, ella no sabía como afrontar un amor sincero y entregado. Quizás nadie está preparado para recibir algo grande, sin más. Cuando se dio cuenta del significado de esa última frase pensó en Dios. En realidad Dios no regala su amor de un golpe, ni explica las cosas al nacer, para que todos sepamos muy bien como amarle. En realidad Dios nos deja a nuestro aire, para que poco a poco y a nuestra manera decidamos si queremos amarlo o no.
Pero la cosa no es tan sencilla, porque el Ego tiene sus problemas, y los enemigos de Dios alimentan el Ego. Por desgracia, él no sabía nada de su Ego, ni de diablos o demonios. Debería de haber consultado a un sacerdote. Entre tanto;
-Quizás yo debería de ser más juguetón y misterioso. Pero claro, yo no soy Dios. No sé qué se supone que tengo que hacer. No consigo hacerla feliz. Nunca está contenta conmigo...-. Así se torturaba todos los días, semanas y meses.
La calle estaba vacía, o eso parecía desde el balcón de su casa. El cielo estaba nublado, no había claridad en el ambiente. Ni siquiera los pájaros se hacían notar. Se quedó musitando sus propios pensamientos, mientras notaba un cosquilleo desagradable en su estómago. Echaba de menos a esa persona deseada. Sentía que cada segundo era una pérdida de tiempo si ella no estaba presente.
Tenía una pila de libros en la mesa. Y una biblioteca ilimitada, que se perdía en los horizontes de su inconsciente. De nada servía ese acervo, acumulado con tanto mimo. Escribía sin cesar, tratando de encontrar una solución. Pero no la había. El mundo no tenía sentido. Solo importaba si ella estaba cerca.
En realidad, no la entendía, ni sabía porqué la quería. No comprendía sus palabras, ni sus hábitos, ni sus gestos. Se equivocaba al intentar escudriñar la mente de la fémina, todas las veces. Si le ofrecía vino, no lo quería, si le ofrecía carne tampoco. Si le regalaba una joya, no era la adecuada. Si le pedía matrimonio, no era el momento adecuado. Todo le molestaba y nada le satisfacía. Se sentía torpe y tullido. Cada una de las palabras que salían de la boca de aquella mujer le hacían daño. Pero no podía evitar acudir a su encuentro. Ella cada vez era más despiadada y cruel. Y después de cada decepción, después de cada desencuentro, más la amaba. Su belleza era cada vez más radiante. Su pérfida mirada se volvía cada vez más penetrante y cautivadora. Su cuerpo más seductor e hipnótico.
Lo más extraño de todo es que conocía todo lo cognoscible. Dominaba todo lo dominable. Cualquier mujer era alcanzable. Cualquier conocimiento estaba accesible en la palma de su mano. Nada se resistía. Lo sabía todo. Sabía demasiado. Había perdido el propósito de vivir, y entonces la conoció. De pronto, el mundo empezó a girar en torno a ella, y desde ese momento el dolor tomó un significado diferente. Amar era sufrir. Vivir un castigo. Pero si era tan sabio, ¿porqué ese suicidio con aquella señora? ¿Qué le hacía lanzarse una y otra vez al abismo del rechazo? ¿Porqué dejarse aturdir por las cornadas de la crítica? ¿o la ponzoña del desprecio?
Siguió musitando sus delirios, mientras un coro griego de ancianas lo observaban desde el pasillo. Las abuelitas sentían pena por él. Querían ayudarlo pero no podían. Cuando ellas le hablaban, sus consejos se volvían como un ruido blanco en su mente. Nada podía entrar en su cabeza que pusiera en duda su lealtad a la dichosa mujer.
Quizás el dolor le acabó secando el cerebro. Quizás el amor le hizo perder el juicio. Las abuelas siguen comentando por las calles de la ciudad, lo extraño de aquél hombre que se enamoró del diablo.
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