sábado, mayo 05, 2012

Crónicas de un Respetador



Eres un doctor de más de cuarenta años, con veinte años de experiencia profesional, galardonado con títulos en universidades europeas y con una buena reputación. Pero esa reputación se circunscribe a los límites de tu oficina y si acaso sólo reside temporalmente en las mentes de los estresados convalecientes que transitan por tu hospital. Fuera de estos feudos del conocimiento y la profesionalidad, no eres más que un anónimo individuo que conduce un coche del montón, lleva en el bolsillo un móvil pasado de moda y vive dentro de un organismo que desde hace tiempo merece un dedicado menosprecio por parte del género opuesto. Antes eras un excéntrico y exasperante bohemio que parece haberse metamorfoseado repentinamente en un incorpóreo pater familias. Sigues viviendo en Inglaterra y vienes a Andalucía sólo de visita. Todo esto se te es revelado mientras llegas a casa de tus suegros. Por un momento has perdido la orientación, tus emociones te confunden y tratas de revisar lo que ha pasado en las últimas horas para poder entender el motivo por el que tu mente haya fabricado esta instantánea autoimagen.  

Hoy te encuentras en un ágape organizado por la familia de tu mujer. Tu cuñada, cuyo algoritmo gravitatorio en arrobas estimas ser directamente proporcional al producto entre su ignorancia y rudeza, es 10 años más joven que tú. Su álgebra personológica le permite desmontar cualquier opinión que tú intentas compartir en la mesa con una simple negativa (y sin sonrojarse), a la cual todos se suman por activa o pasiva. Su marido, simplemente no te da conversación, al fín y al cabo, él también es un extranjero en la familia e invierte sus esfuerzos en aumentar su peso específico en el grupo engrasando incesantemente con su zalamería a los estamentos más influyentes del clan. El cuñado, al cual han otorgado la cátedra de honor (a pesar de ser 14 años más joven que tú y no tener un empleo fijo), se dedica a atender a su novia y habla animadamente de fútbol con su padre, ignorando y evitando todo diálogo significativo contigo. Con ello, se establece un aislamiento total hacia tí dentro del grupo de varones que participan en el evento.

Después de notar semejante bloqueo sistemático, das un sorbo al rioja que te han escanciado y bajando la cabeza para acceder de nuevo a tu intelecto, tratas de entender qué es lo que estás viendo. Poco a poco van llegando las respuestas mientras miras a diestro y siniestro: Sin importar el género, los más jóvenes no siguen ninguna etiqueta social, ya que son liberales y pragmáticos. Habiendo crecido en una sociedad autocrática y sobrecargada de privilegiados, ellos no respetan a nadie. Estos cuñados, vienen a almorzar y después de un rato se marcharán sin preocuparse lo más mínimo sobre lo que aconteció. No sentirán resquemores por sus comentarios soeces o sus desvaríos narcisistas. Son oportunistas profesionales, sin valores, sin futuro y sin presente. Mercenarios del poder que los subvencione, le siguen la corriente a todo el que les llene el gañote. Son devotos del consumo voraz y perfectos estultos para un gobierno de patanes. Ellos, que tienen muchas carencias, al menos no sienten culpa. Son unos desposeídos que sólo tratan de subsistir en un mundo complejo. Pero en su lucha por la supervivencia, sólo te ven como un símbolo de un molesto e incomprensible poder. Intentan desvirtuar tus artes fantaseando con que en última instancia alguien como ellos podría adquirir tus honores con un módico esfuerzo, y que los secretos que sólo son revelados a través de un contínua y dedicada lealtad a la erudición les serían entregados junto con el título de facultativo.

Volviendo a la realidad de los bucéfalos, diriges tu exámen a la suegra, a la cual los años le han lentamente sustraído su antiguo desparpajo. Tiene ahora más entretenimiento con los nuevos vástagos, y prácticamente ignora tu presencia. Ya no eres un enemigo declarado. Sabe que no te podrá echar de su vida,  pero que sólo eres un incordio momentáneo. Eres quizás un insecto necesario, que requiere ser mantenido dentro del redil cual si fueras un simple zángano en el gran panal de su matriarcado. Algunas miradas de reojo recibes del suegro, el cual te percibe como una especie de excéntrico zarcillo de mal gusto que cuelga de uno de los lóbulos auriculares de su hija mayor. Esa que iba a ser la chacha eterna, la que iba a vestir santos y cuidar de él y de tu suegra en sus años seniles. En lugar de eso la mancillaste y arrebataste de sus brazos. Los retoños que les has dado son como unas arras tardías y quizás desvaídas, ya que tu andaluza estirpe es inferior a la suya, la castellana. Nunca quedará curado por tu afrenta y tal predicción encuentra su evidencia a través la miriada de gestos inconscientes que revelan sus sentimientos hacia tí. Ella, tu esposa, atenta con todos, te regala miradas furtivas que rezuman una mezcla de resignación, pena y vergüenza ajena. La pobre mujer, que también tiene una gran carrera profesional en el campo de la salud, no ha recibido jamás la más mínima mención honorífica por parte de su familia, y sus consejos son algo baladí, como si fueran producto de una lunática pitonisa.

Los niños mientras tanto, juegan y atraen la atención de los mayores y les arrancan sonrisas y comentarios jocosos. Esto te recuerda a cómo eran las cosas antes de que ellos existieran, y de cómo la presión emocional era mucho más evidente en situaciones de este tipo. Sus juegos y muecas te da algún alivio, mientras engulles con escaso deleite los buenos manjares que la esforzada suegra ha dispuesto en la mesa.

Gracias a todo lo anterior y en suma, a la algarabía y la devoción por lo hedónico y pasajero, los comensales te permiten abstraerte del lugar. Estás libre de lo inmediato, y ves la situación como un observador lejano. Esto te hará parecer algo esquizoide, pero ese es uno de los paradójicos San Benitos que un psicólogo clínico debe aceptar como atuendo y máscara social. Ya no te sientes relegado como antaño, puesto que lo tienes asumido. Estás situado en un plano muy subordinado dentro de lo que uno podría considerar una estructura familiar jerárquica e incluso aristocrática. Eres un cortesano apóstata, un incógnito escriba republicano que científica y silenciosamente invalida y atestigua la psicología de este decadente linaje llamado 'familia extensa'.

Nunca le faltaste el respeto a los mayores y ahora que sabes mucho más que nadie, no puedes faltarle el respeto a los más jóvenes. Nadie sabe quién eres, ni nadie quiere saberlo. Nadie te respeta y recibes el desprecio de todos. Este es el signo e identidad de tu generación, historia y estirpe. Pero a la vez parece revelarse como el camino a la sabiduría; aquél que está pavimentado con soledad, destierro y bajo una perpetua penumbra. 

He aquí que gracias a este pequeño ejercicio de reflexión has transcendido de la futilidad en la que te ahogabas, reflotándote con una nueva forma de abrazar tu pasado y tu presente. -Soy andaluz- repites en tu mente como un mantra estoico. -Y los andaluces son aquellos que encuentran su destino final en la más profunda diáspora-. Más revelaciones descienden hasta tu consciencia:

-...Despojado de todo y expulsado de todos los lugares, el camino del andaluz comienza. Es allí donde se les revela su filosofía y su significado de vida...-.

Te sientes mejor ahora, y satisfecho por tus conclusiones, acabas con las viandas con una dulce sonrisa que todos interpretan como signo de un estómago feliz. Tras las divagaciones juegas con tus hijos un rato y más tarde te dejas caer en el sofá del salón como nunca habías hecho antes. Durante un instante todos te miran apenados en silencio. Ya que no pueden verte como un héroe, no evitan ver tu lado frágil, que se percibe en tu situación de emigrado cuarentón, que cabecea como si fueras un pobre jubilado que intenta dormir su ansiada siesta. Mientras tanto tú los observas a ellos con los ojos entreabiertos. En un anticlímax con los espectadores te sientes como un mártir a punto de expirar. Tras el acto de espionaje tu mente se desvanece y caes en un sueño soporífero.