jueves, noviembre 02, 2023

La Respuesta

Para Hakim, el mundo era un lugar insuficientemente bello por decirlo de forma ladina. Quizás el orbe estaba demasiado recargado de eventos y de escenarios difíciles de tolerar para él. La gente hablaba demasiado o quizás demasiado alto. La luz era cegadora, los colores estridentes y los olores penetrantes. Era un joven abrumado por la vida, por sus propios sentimientos. No se sabe si es que era de los que miraba al sol de frente, o es que había nacido para vivir entre las sombras.

Por eso había pasado de estar jugando con los otros niños todo el día, a ir perdiendo el interés. Casi sin darse cuenta se fue dedicando más y más a leer o incluso a escribir. Con los años, que volaban raudos, su afición por lo estético y lo armonioso fue creciendo, y el tiempo dedicado a la contemplación fue ganando espacio en un estilo de vida cada vez más dominado por el distanciamiento de lo inmediato y lo fugaz.

A veces se le podía encontrar en la mezquita, rezando solo, bajo la protección de un profundo silencio y el enorme laberinto de columnas y arcos que lo defendían de un mundo exterior cruel y muchas veces incomprensible. Le gustaba ir vestido de un pulcro blanco, lo cual contrastaba a la perfección con su cabello azabache y sus brillantes ojos verdes. 

Un amigo de su padre le consiguió un trabajo en el zoco de la ciudad, donde podría ganar algo de dinero. Aunque el lugar era hermoso, lleno de color y emociones, Hakim sufría al tener que soportar el griterío y el caos propio de un hervidero de vida como ese. Escondía bajo las cajas y sacos de especias sus preciados escritos y libros de dibujo a los que dedicaba todo el tiempo que podía. En su fuero interno, estaba ilusionado con poder algún día dedicarse a dar clases en la gran biblioteca y conocer a los sabios que venían de todo el Islam, para poder aprender un lenguaje nuevo o acceder a libros secretos e importantes. 

Una mañana se disponía a desplegar su puesto de venta, cuando un señor mayor se aproximó a él. Era muy temprano, y no era normal tener un comprador antes de prepararlo todo. El hombre debía ser extranjero porque hablaba árabe en lugar de romance andalusí. Tenía una planta soberbia y una voz quebrada, le dijo que necesitaba varias bolsas de frutos secos, hierbas frescas y especias y las quería preparadas para más tarde. Hakim obedeció sin rechistar, perplejo ante su inaudito cliente. Le pareció una persona misteriosa y de modales exquisitos. Conforme los viandantes y compradores fueron inundando el zoco, y la mercadería estaba ya a la vista, se fue sintiendo más ansioso a la espera de la vuelta a del hombre. Los vendedores parlanchines y la mezcla de olores y sonidos le mareaban ese día más que nunca. Siempre anhelaba tener un poco de paz, pero curiosamente, mientras aguardaba al misterioso caballero, decidió rezar agradecido al recordar que todos los días ahorraba un poco de dinero y al mismo tiempo ayudaba a sus padres. 

Cuando el señor apareció, el pedido estaba convenientemente preparado. Ahora Hakim se percató de lo alto que era y del efecto tan elegante que sus largos brazos y piernas creaba en sus gestos y movimientos. Los dos mostraron un interés mutuo. El hombre se llamaba Jalid. Y al hablar pausadamente con el joven, le pareció un crío muy noble para ocuparse de un trabajo tan mundano. Se sintió turbado por esos pensamientos y quiso saber más sobre él. Jalid era originario del El Cairo y estaba en Al Andalus para estudiar todos los libros de botánica que se encontraban en la biblioteca de la ciudad. En su conversación advirtió el talento del muchacho y lo convenció para que le enseñara sus trabajos. Jalid quedó impresionado por los escritos y dibujos del joven. El magnetismo entre ambos creció desde ese momento y ambos emprendieron una buena amistad. 

Semanas después, Jalid presentó a Hakim al bibliotecario principal, el cual también gozó con la vista de las maravillosas e intrincadas imágenes que el niño hacía crecer por sus cuadernos. Estaban repletos de plantas de todas las formas posibles. Se le ofreció un puesto de escribano y dibujante de incunables andalusíes. Su tarea iba a ser el copiar y mejorar con la ayuda de sus dibujos, todos los papiros y documentos escritos de la antigüedad que estaban en posesión de la biblioteca. Desde entonces, Hakim dedicó toda su atención a la preciada tarea de cultivar iniciales, letras, palabras y frases adornándolas con maravillosos motivos florales y colores que podían revivir las ideas de los mejores y más remotos sabios que la Tierra había dado a luz. 

Entregado a su sagrado ritual de dibujante y amanuense, se convirtió en el hombre más feliz del mundo. Jalid encontró un fiel amigo y dedicado estudioso de las artes plásticas. Ambos iban a rezar a la mezquita, siempre de blanco. La gente llegó a pensar que eran padre e hijo.

Un día se anunció la llegada de Ibn Arabi a la ciudad. Fue una noticia muy especial, digna de celebración por parte de los amigos y varios allegados de la gran biblioteca. Desafortunadamente, esto no fue bien recibido por algunos, porque el místico y sabio era demasiado laxo para el gusto de la mayoría. A partir de ahí, comenzaron a haber tensiones y roces entre Hakim y los demás. Meses después del anuncio apareció el sabio por la ciudad. Al fin acudió a la biblioteca ante una gran expectación. Le acompañaban varios hombres santos, y pudo dar varias conferencias entre los miles de códices y entre cientos de espectadores, que quedaron igual que Hakim, prendados con su iluminadora visión del Cosmos y la posible misión de los humanos en dicho espacio. Después de tal trascendente aprendizaje, las ideas y palabras del maestro rebotaban en la imaginación del joven como un eco eterno. El amor lo empapó por completo, como una lluvia torrencial, implacable. Se sintió pleno, inseminado de un afecto supremo, celestial, algo nunca antes visto o sentido por su espíritu. Su corazón se sintió liberado, descubierto al fin. Sintió su alma desnuda, a la vista de todos. Sin embargo, tras ello se notó a si mismo algo resquebrajado y mustio, especialmente ante la inminente partida de Ibn Arabi. Anticipando una catástrofe, le suplicó acompañarlo junto a los otros hombres que hacían de cortejo. Curiosamente, en su continuo devenir, Ibn Arabi marcharía pronto a El Cairo. Para Jalid era una oportunidad para volver a casa supervisar el progreso de sus negocios, y al mismo tiempo llevar al muchacho con él, y ayudarle en el viaje y la estancia en una ciudad nueva. Al fin y al cabo, Hakim jamás había cruzado las murallas de Qurtuba. 

Recorrieron la costa africana en barco, y semanas después arribaron al fin en el destino. La experiencia fue agotadora, pero también un giro total a su forma de entender el mundo. Todo era diferente, pero reconocía que desde que Ibn Arabi llegó a su vida, se tornó más maduro y su personalidad más retraída y ascética. En la distancia empezó a captar un profundo dolor tras haber dejado atrás a su familia, a su ciudad, y todo lo que conocía. La ansiedad le podía, a pesar de gozar de la protección de Jalid y todo eran preocupaciones ¿Qué haría ahora sin su metódica entrega al dibujo y la escritura? ¿Cómo podría vivir sin el silencio y la quietud de la atmósfera de la biblioteca más grande del mundo? El vacío y la incertidumbre ocupaban un espacio emocional creciente, en constante lucha con su desarrollo espiritual. Pero el maestro le advertía con frecuencia, de la necesidad de superar las dualidades y él seguía férreamente sus indicaciones, su camino, dondequiera que hubiese que ir. 

Jalid no se sentía libre de abandonarlo en El Cairo y menos aún dejarlo marchar a donde el santo varón decidiera. La situación empeoró cuando semanas después de llegar a la ciudad del Nilo, les llegaron noticias de que la biblioteca de Qurtuba había sido destruida en medio de una espiral de violencia y caos político. Hakim nunca había prestado atención alguna a la compleja realidad social en la que vivía y aquella noticia le partió el alma en dos. Desde entonces su rostro se volvió pálido y sus ojos perdieron su característico brillo y vivacidad.  A pesar de que mantenía contacto epistolar con la familia y los amigos, cosa que le proporcionaba cierta tranquilidad, tuvo que soportar el saber de la muerte de algunos debido al tumulto y la violencia contra la biblioteca. Gracias a Dios, Ibn Arabi y Jalid estaban a su lado, y le daban fuerzas y orientación para no perder el control. Hakim estaba perdido. Su alma vagaba en pena, destruido por el horror incomprensible, y por más que buscaba sosiego espiritual o intelectual, su mente sufría de una melancolía y pérdida irreparables. En aquellas circunstancias, sintió terror y no supo si podría volver a Qurtuba o si quería continuar viajando con el sabio Ibn Arabi.

Un día que decidió perderse por los limites de El Cairo, acabó llegando a las grandes pirámides y a la Esfinge. Se quedó allí absorto. La mudez de la Esfinge le ayudó a recobrar el aliento. Su figura inescrutable le proporcionó alguna respuesta. Quizás el tiempo acabaría con todo al fin, y podría haber perdón y redención. No era el momento adecuado para sentir odio y un instinto asesino contra sus enemigos, pero ¿cuándo es adecuado sentir un odio desatado? 

Jalid percibió la amargura y los sentimientos encontrados de Hakim. Jalid tendría que reemprender su trabajo de investigador y marcharía a Bagdad muy pronto. Gracias a su influyente posición, le ayudó a encontrar trabajo en la biblioteca de El Cairo. Pero Hakím no se entregó a ello de la misma forma que antes. Su trabajo se volvió errático y la calidad de sus trabajos se resintió. Incluso su carácter se fue volviendo irritable y arisco hacia todos y todo. Tal fue su rabia que Jalid e incluso Ibn Arabi se marcharon de la ciudad sin poder despedirse de él, por temor a algún acto agresivo o a herirle al transmitirle la noticia de sus partidas. Se quedó solo, pero no se sintió abandonado. Sabía que fue él mismo el que había creado ésta situación. 

Al cabo de los años, llegó a sus oídos que un mago estaba reuniendo miles de libros en una isla perdida, llamada Alborani. De hecho, algunos capitanes de barcos que llegaban a El Cairo informaban de haber sido abordados por piratas de libros, en una zona marítima comprendida entre Al Andalus y el Magreb. La extraña historia de Alborani revivió su alma malicienta. Invirtió cada vez más esfuerzo en viajar de aquí y allá, visitando el puerto y hablando con todos los marinos que podía para averiguar más y más sobre ese misterioso lugar. Cuando tuvo un plan, ya había ahorrado suficiente dinero para dirigirse a la ignota isla, la cual lo llamaba como un poderoso imán. Decidió llegar hasta Milila, la ciudad portuaria más cercana a la isla y permanecer allí acechando a todo barco que arribase para poder así negociar una posible visita a la ansiada isla. Su corazón, emponzoñado por oscuros sentimientos fue recobrando cierta vitalidad, a pesar de volver a cambiar de ciudad y de ambiente. De nuevo se veía perdido entre ruidos, gritos y gentes extrañas. Muy alejado de las sagradas estancias plagadas de océanos de letras, donde él navegaba con maestría, ahora se perdía en mares procelosos que le provocaban terribles pesadillas.

Al fin, un barco capitaneado por un turco, llegó a la ciudad. Hakim conocía a todos los que podían contarle quién y cuándo había  atracado, de modo que pacientemente esperó al capitán y los marineros por los cafés, hasta poder crear un falso encuentro casual. Su estratagema le ayudó a desvelar al fin, el secreto fundamental que perseguía. El capitán llevaba provisiones regularmente a la isla y la defendía de los curiosos. Hakim le imploró que le llevase a ella. Le daría lo que quisiera. Le dijo que sería muy útil debido a sus conocimientos. El hombre llamado Turgut, se mantuvo muy cauto y le dijo que le daría una respuesta meses después de informar al sabio de la isla. No venían a Milila con frecuencia como era lógico. Los meses pasaron muy lentos, pero Hakim se mantuvo firme en su convicción de que su petición sería escuchada. 

Cuando al fin llegó el día, el turco apareció con una expresión enigmática. Se sentaron en un café frente al mar. Y muy serenamente, el hombre le dijo lo siguiente.

-Hakim, tengo que darte una respuesta como te prometí. Pero en realidad, la respuesta la tienes tú. Han ocurrido cosas horribles en Qurtuba hace unos años. Tienes la ocasión de reparar el daño hecho a la ciudad, si vuelves y recuperas algunos de los códices que no han sido destruidos. Así tendrás ocasión de abrazar una vez más a tu familia y ver a tus amigos. Si vuelves a Milila con los libros y te llevamos a Alborani, ya nunca más volverás a Al Andalus. Tienes que elegir. Piénsalo. Partimos en una semana. Te esperaré aquí mismo a la misma hora en siete días con tu decisión, para poder transmitírsela a Gibarian. Si decides ir a Qurtuba, te recogeremos aquí en el plazo de un año. 

-De acuerdo, nos veremos aquí en una semana, que Dios te bendiga, Turgut.

Hakim también se mostró hierático y reflexivo sin poder revelar un anticipo de su decisión. Se marchó con la mirada perdida. Atravesó la ciudad hasta llegar a su aposento y allí quedó durante siete días, pensando en qué le diría al capitán. 

lunes, octubre 30, 2023

El Escudero

El niño lo fue siguiendo durante varias leguas a una distancia prudencial. Parecía tener una fé ciega en que lo alcanzaría en un momento dado. De hecho, el perseguido no iba deprisa, pero él era solo un renacuajo. El caballero recorría el camino con su semental, embutido en su armadura, cargado de espadas y demás armamento militar, mientras que él, un pequeño gorrión descalzo y con solo unos harapos por ropaje, lo perseguía sigilosamente, como un duende de los bosques. 

El soldado había aparecido solo, por la aldea, llamando la atención de los niños inmediatamente. Iba cabizbajo y silencioso. Solo lo advirtieron gracias al bufar de su caballo y el choque de las herraduras contra el empedrado. La niebla lo dejó que se materializara allí en medio de la minúscula plaza, para asimismo desaparecer de igual modo tras abastecerse de algunas viandas. Pero el más pequeño de todo el pueblo no pudo sino seguirlo, sediento de curiosidad e hipnotizado por la poderosa figura de aquél gigante.

Dejaron atrás un apretado sotobosque tras el que se abrió un profundo valle. Al fondo estaba una abadía muy oscura, con una torre altísima en el centro de la misma. El niño estaba ya agotado, y se desvió al río para calmar su sed y aliviar sus piececitos. Para cuando reemprendió el camino, el gigante ya había llegado a la abadía. 

Los monjes lo recibieron en silencio y diligentemente. De alguna manera, debían  de estar  esperándolo. Se llevaron el corcel a las cuadras, mientras que él se dirigió a encontrarse con el abad. Algunos edificios estaban medio derruidos, incluyendo una iglesia antigua. El niño llegó mucho más tarde, y en medio de la oscuridad, casi a tientas, sólo pudo encontrar refugio allí, donde creyó que nadie podía verle. Al día siguiente, estaba muy débil, casi sin fuerzas. Estaba agazapado entre las ruinas, tiritando de frío. Cuando despertó se encontró en medio de una imagen sobrecogedora. El enorme soldado estaba rezando de rodillas frente al maltrecho altar. Las dos paredes que todavía sostenían un quebradizo techo era altísimas, y creaban un juego de luces fantasmagórico, que la bruma matutina no hizo sino enaltecer más aún. Parecía ensimismado en su meditación profunda, quizás recordando batallas o a una mujer a la que amó. Después de largo rato, aparecieron varios monjes, que avistaron al pequeño salvaje. Se lo echaron en los brazos, puesto que el chico estaba prácticamente sin aliento, muy demacrado y débil. Al llevarlo a la abadía, no pudo decir palabra alguna. Solo derramar unas lágrimas señalando al silencioso caballero que ahora se había girado hacia los monjes, dejando ver una cara barbuda, con una enorme cicatriz que le atravesaba la cara de un lado a otro. 

Los monjes lavaron y dieron un suculento desayuno al pequeño. También le dieron ropa nueva, aunque quizás algo más grande de lo debido. En ese momento comenzaron los cantos de maitines con bastante retraso debido a la inesperada aparición del niño. El caballero apareció en la abadía y escuchó junto al niño los cantos espirituales hasta que tras su conclusión, los monjes se retiraron hacia los huertos y zonas de trabajo para dar comienzo a las labores diarias. El eco de las voces todavía resonaban en lo alto de los infinitos arcos de piedra, cuando el abad y el guerrero hablaron en un lenguaje desconocido para el chico. El niño entendió de alguna manera, que el héroe reemprendería su viaje, y espontáneamente rompió a llorar en silencio. 

Él mismo se dio por derrotado y se marchó a casa sin decir adiós. Desecho y abandonado a su suerte, se entregó a su propia pena tratando de contener su llanto con gran esfuerzo. Al rato de caminar empezó a notar los sonidos secos de la cabalgadura y el golpeteo de los aceros. Sintió el poderoso aliento del caballo por encima de los hombros pero no quiso volverse. Al poco, el caballero ya estaba a su altura. De pronto sintió como si levitara, y se alzó hacia los cielos como por encanto. Cuando se dio cuenta, estaba montado delante del héroe, llevando las riendas del caballo. Dieron media vuelta y se adentraron en el infinito paisaje de las montañas nevadas que les llevarían a otro mundo. Sus almas se habían encontrado para proyectarse más allá de la imaginación y de los horizontes. Quién sabe cuántas aventuras correrían juntos. El pequeño mozalbete sonreía ahora hacia dentro, aprendiendo ya a vivir como un hombre.      


viernes, octubre 27, 2023

Gur

Domingo 25 de Mayo de 1681. Doce y Cuarto de la mañana, en un día brillante...el sol está todavía en el cénit dejando poca sombra en la ciudad. Pedro Calderón de la Barca, uno de los dramaturgos más importantes del Imperio, está en su lecho de muerte. El médico y un sacerdote abandonan la alcoba, y con él se queda a solas, un joven cura de su misma congregación, que el artista aceptó como pupilo hace sólo unos años. 

Pedro: -Voy a morir en seguida...no te vayas. Tengo algo importante que decirte. Ya me he despedido de todos, pero me quedas tú...

Gregorio: -No ha podido vuestra merced acabar con "La Divina Filotea"...si lo desea podría intentar  finalizar la obra...no sé si es eso lo que quiere decirme, perdóneme por mi vanidad...qué ridiculez acabo de proferir....lo siento mucho. -Se pone de rodillas frente al enfermo.

Pedro: -Gregorio, recuerdas mi obra "La Vida es Sueño"? 

Gregorio: -Por supuesto, ¿cómo no? es una de mis favoritas. Es una obra de  valor incalculable...reverendísimo padre...rezo por vos, que Dios lo acoja en su seno... -Sollozos-

Pedro: -Querido Gregorio, eres una promesa de la congregación y has aprendido conmigo el arte de la dramaturgia. Confío en tí todas mis ilusiones. Pero también quisiera contarte mis temores, antes de marcharme...que Dios me proteja...

Gregorio: -Estoy dispuesto a escucharle, padre, soy todo oídos, por favor...hábleme...despacio...

Pedro: -Con voz muy débil, casi inaudible ahora- Querido mío, quisiera confesarte que dicha obra fue  producto de un extraño sueño que tuve en la juventud...y que después se fue repitiendo de mil formas
diferentes...pensarás que estoy delirando...quizás lo estoy...pero necesito contarte ésta historia antes de reunirme con el Altísimo...

Gregorio: -Temblando de miedo- Por favor, está muy cansado, no tiene porqué, pero si es su deseo,         estoy aquí...

Pedro: -Turbado y con voz quebrada- Que Dios me perdone, pero de joven tuve ese sueño donde soñaba que mi vida era.... el sueño  de un gigante llamado Gur. El gigante era tan grande o más que éste mundo. Quizás para él, nuestro planeta no sea más que una idea salida de su cavernoso cerebro, y mis pensamientos no más que la breve historia de un personaje soñado por él mismo. Gur me ha perseguido durante  años en mis sueños, por las noches...contándome mi vida, adueñándose de ella...dictándome las historias que yo mismo cuento, mientras yo, como por encantamiento, le obedecí como un esclavo. Solo he contado al mundo lo que él me ha ido destilando, como si todo mi papel no hubiera sido más que el de un humilde escriba al dictado de un descomunal demonio de otro mundo...¡Qué horror! Nunca he osado preguntar a  nadie, si quizás Gur fuese la voz del Altísimo, o si quizás Gur fuera un ángel mandado por Él para probarme...he vivido entre la locura y la cordura desde entonces...con ésta ponzoña royendo mi corazón...Quizás sea un Genio maligno o el mismo Diablo, que ha jugado conmigo...ahora me siento traicionado por mi propia  ambición...Pero también creo que quizás sea todo un engaño de los sentidos, una paradoja de la inteligencia...solo que...poco a poco  y con los años he ido sintiendo con creciente fuerza, la sensación de vivir despierto cuando estoy soñando y dormir cuando estoy despierto, porque es sólo cuando estoy con Gur, cuando veo las cosas con más claridad. Su poder es inmenso y su visión de la humanidad es diáfana como la atmósfera tras la lluvia...no puedo respirar...todo se está volviendo oscuro...quizás Gur me lleve a los cielos...ya he vivido este momento antes...o lo he soñado...todo ya ocurrió, el tiempo es un absurdo...¡Jesús misericordiosoooo!....-Pedro cae hacia atrás con la boca y ojos abiertos, en posición decúbito supino.

Gregorio: -Señor...estoy confuso, no le entiendo muy bien. Perdóneme, quizás es un momento sagrado donde la fé le está poniendo a prueba. Aférrese al Señor...¡por favor se lo pido! -Junta sus manos desesperadamente y reza con los ojos muy cerrados-








martes, octubre 24, 2023

Culpad a Gilda, Chavales

La cantante vestía un extraño traje negro, algo anticuado que dejaba al descubierto los hombros. Se había desecho de unos guantes larguísimos mientras cantaba, y con ello y su cimbreante cintura, había hipnotizado a toda la audiencia. Porque sus brazos desnudos se habían transformado en piernas, y su boca...su boca se había tornado en otra cosa aún más inquietante. Tras la intervención, pareció perder los papeles y el dueño del local acabó dándole una tremenda bofetada, evitando la orgía que una marabunta de hombres en smoking trataban de materializar allí mismo. Todo era tan irreal. Tan sensual, que no podía tener nada que ver con su vida. Afortunadamente, algo le distrajo y se alejó de la televisión. 

Parece que el suelo tembló y todo el mundo quedó paralizado de terror. Él salió de la casa, olvidándose de todos los que estaban allí. Conforme se fue alejando de la ciudad que se rompía bajos sus pies, sus penas y confusión también se quedaron como ancladas allí, en la distancia. Iba tambaleándose al ritmo del seísmo, pero continuó andando hacia ninguna parte, sin miedo, sin memoria.

Ahora estaba perdido entre un profundo bosque de alcornoques. Conforme se adentraba en el corazón de la selva de corcho y las almohadas de hojas, el silencio se apoderó de su mente. Los árboles empezaron a mostrar su verdadera presencia. Su majestuosidad, les daba una particular resonancia. Él no sabía si quizás deliraba. Gilda se asomaba entre los claroscuros del sotobosque, allá al fondo. Sus brazos se movían a ritmo de una canción inexistente, y su cabello leonino afirmaba una feminidad rotunda. Quizás quería jugar al esconder.

El suelo era blando, como las nubes que poblaban la atmósfera. Le invitaba a continuar adentrándose más y más en lo desconocido. Siguió adelante, quizás persiguiendo a Gilda o alguna ninfa, que también quiso engañarlo.  Hasta que encontró un estanque. Y al lado del estanque un enorme y antiguo alcornoque. Tan alto que llegaba al infinito. Pensó que sería un lugar perfecto para colgarse del cuello. Pero al pensar en ello, el cielo se oscureció y el estanque frunció el ceño. El enorme árbol se quedó ahí, algo inquieto, sin saber qué hacer con sus grandes ramas como candelabros. Pasaron siglos, y vio pasar a otros hombres, que también quisieron colgarse desde los brazos del sagrado alcornoque. También vio pasar a muchas Gildas y a muchas ninfas. De hecho, pasaron muchos eones hasta que el estanque recobró su color original. Y al final, sus pensamientos le dejaron marchar. A través de las espesas copas, empezó a ver un claro y se dirigió a lo que podría ser una pradera. Pensó que no tenía sentido salir del bosque. Creyó que jamás volvería a ver a nadie, sintiendo una secreta euforia en su fuero interno. Pero al final encontró la claridad, la expansión de la luz y la desnudez de la tierra. Se sentó allí justo en el borde entre las torres arbóreas y la planicie durante horas, dejando que el firmamento descargara toda el agua dulce del mundo. La pradera se encharcó muy lentamente. Pero el hombre fue paciente. Se dio cuenta que las arenas de la pradera eran permeables y comprendió porqué allí en medio, los del pueblo habían construido un pozo. Sí, en medio de la nada. Ahora tenía sentido. En efecto, tras la lluvia vino el sol y tras el sol desapareció el enorme charco, que fue tragado sin prisas por las arenas de la pradera, como por arte de magia. Tras disfrutar del espectáculo tomó dirección sur y desapareció entre las colinas, dejando atrás el hermoso y oscuro bosque de alcornoques. Desde la altura quiso mirar por última vez a la linde de aquel océano verde y pudo otear la figura negra de Gilda, reclamándolo sin éxito. 

Siguió hasta caer exhausto, recordando de pronto de dónde venía. Supo que no era libre. Y se sintió presa de sus recuerdos, de sus obligaciones. Se sintió cargado de identidades y armaduras, trajes, gafas y corbatas. Al menos pudo escapar a otra dimensión gracias al terremoto. Había que culpar a Gilda de todo. Ella lo amaba, ella deseaba asumir toda la culpa. Lo alejó de su mundo. Lo irreal quiso saltar desde el vacío tubo de rayos catódicos hasta alcanzarlo y darle de lleno en su hipotálamo. Quién sabe cuando volverá a ser la víctima de los terremotos pélvicos de Gilda.  

domingo, julio 23, 2023

Aguasanta

Su hijo llegó a casa como siempre. A la hora que quiso y sin avisar. Pero también, acompañado por aspavientos y una voz atronadora, para así dejar claro que ella estaba en deuda, el mundo estaba en deuda con él. Y por eso podría hacer y deshacer a su voluntad, porque estaba lleno de ira y de reproches, y alguien tenía que absorver toda aquella retahíla de mentiras en pos de curar unos traumas que más que dolor para él, le generaban dividendos y derechos inalienables. Hoy Aguasanta no quiso callar y le respondió con calma. No se puso a su nivel. Su voz fue firme, sosegada, racional. El joven quedó sorprendido, quizás perplejo. Esa forma de hablar era nueva. Le comentó que no estaba bien que apareciera a la hora que le diera la gana, pero que si eso sucedía tenía que asumir ciertas responsabilidades. Eran cerca de las ocho de la tarde, así que si deseaba almorzar o cenar o cualquier cosa parecida, iba a tener que preparar él mismo la comida. Se marchó del salón muy tranquila hacia su dormitorio. El otro se quedó allí parado, maquinando una respuesta contundente contra la madre, pero con tanta dificultad que tuvo que darse más tiempo de lo acostumbrado antes de bramar como un descosido.


Se dio un poco de maquillaje y eligió ropa que hacía siglos que no se atrevía a llevar puesta. Cogió las llaves del coche y su móvil y se marchó sin dar más explicaciones, igual que lo hacía el golfo de su hijo. La prisión de menores, o mejor dicho, el centro de internamiento, lo había vuelto más atrevido y seguro de si mismo. Nada de arrepentimientos ni de promesas de cambio, sino todo lo contrario. Mientras meditaba sobre él, se dio cuenta que su mente había empezado a narrar su tragedia familiar de forma diferente. El psicólogo de la seguridad social le había dicho algo sobre sí misma que no conocía o a lo mejor había olvidado. Para variar, se había permitido dejar de engañarse, estaba llamando a las cosas por su nombre. Era el momento para tomar decisiones basadas en sus necesidades.


Era sábado por la tarde y el ayuntamiento de San Roque cerraba el festival de flamenco de verano con un recital donde el elenco era de mucha categoría. Entre los artistas se encontraba la Terremoto, Manuel de la Tomasa y Fernando Canela entre otros. Fue sola, porque no tenia amigos. Pudo aparcar cerca de la plaza de Toros sin problema. Hacía mucho más fresco que los días anteriores y el paisaje despejado del pueblo le subió el ánimo. Todo estaba muy limpio, los jardines muy verdes y la calle tranquila. Tenía tiempo de sobra así que se fue al casco antiguo y se tomó una cerveza y una tapa en el Depor, en la calle General Lacy, no muy lejos del museo de San Roque. Se permitió percatarse de las miradas y gestos dirigidos hacia ella de hombres y mujeres. Para su propia sorpresa, percibió que existía para los demás, y se sintió muy bien. Incluso cuando volvió hacia la plaza de Toros fue bamboleando las caderas, como cuando era más joven.


La gente fue llegando poco a poco a la plaza. Todo estaba dispuesto, incluso había un ambigú ya lleno de gente, donde una docena de camareros despachaban a diestro y siniestro pinchitos y cervezas. Se colocó muy cerca del escenario porque todavía era temprano. Había niños y mayores, como corresponde a un evento cultural andaluz, y por tanto la atmósfera era festiva. Aunque los artistas comenzaron algo tarde, todo el mundo se mostró paciente. Ella disfrutaba de su soledad como nunca antes. En cuanto empezó el cante, se dejó llevar por la música. Las voces masculinas la envolvieron, con las palmas y las guitarras de fondo, marcando el compás. Las figuras en el escenario eran constantemente dibujadas bajo la luz cambiante de los focos. El humo atmosférico trazaba infinitas fractales al ritmo de los láseres y el cante destilaba un néctar nuevo a cada estrofa, una ilusión y una sorpresa tras cada rima acertada, tras cada quejido amoroso. Cuando la Terremoto irrumpió en el escenario, Agusanta estaba sumergida en un océano de emociones que había redescubierto sin desearlo. 


Aprovechando un breve descanso se dirigió al ambigú para comprobar en las distancias cortas, el efecto de sus curvas y el color de su piel en los hombres que pedían en la barra. A través del lenguaje corporal de su improvisada audiencia, se permitió sentir que su cutis era de melocotón y sus ojos eras castañas enormes y brillantes.


Fue una noche maravillosa, y como toda Cenicienta, ella sabía que tenía que terminar por donde había empezado. Así que al llegar al barrio su carroza se convirtió en un Peugeot 205 con mil abolladuras y la reina de la fiesta se transformó en una madre abusada. De hecho, el muchacho la estaba esperando.


-¿Qué horas son éstas? ¡Pareces una puta!...Ella no tenía ganas de discutir. Solo de seguir sintiendo un poco más aquella nube de magia, una nube redonda, como una plaza de Toros. Como no le hizo caso, se puso cada vez más gallito hasta que le de dio un puñetazo en el hombro y después la empujó con mucha fuerza. Aguasanta se cayó y se golpeó la cara contra la mesa de cristal. En lugar de alimentar la pelea, se sacó el movil y mientras se dirigió a su cuarto llamó a los nacionales sin pestañear, tal y como le dijo el psicólogo. No se limpió, ni trató de disimular los golpes como había sucedido decenas de veces. Hoy no. La policía se llevó al hijo y ella se acostó con la boca con sabor a sangre y a triunfo. 

sábado, julio 01, 2023

La Doma y la Bestia

 


Prefiero confesar el trasfondo de esta historia desde un principio. Estoy aterrado, vivo con un constante temor. Quizás lo sé todo y no debería. Lo mejor para una persona es vivir y afrontar su presente sin mayor preocupación que resolver aquello que tiene literalmente entre manos. Yo nunca fui así. Al contrario, siempre he vivido el pasado, el futuro y lo peor de todo, he sufrido las más oscuras fantasías propias y ajenas como si fuesen latigazos autoinflingidos. Por eso tengo alma de escritor. El reguero de tinta que discurre con esta narración me lleva finalmente a un sentimiento ambivalente de culpa y odio. Sigue el reguero.


Anoche iba a ser mi último día de Feria. Una Feria que no he ansiado, igual que todo lo bueno que me rodea. Estar aquí es un esfuerzo, respirar un suplicio. Ahora que la vida me guiña un ojo, resulta que mis deseos se jubilaron anticipadamente. De hecho, dejo pasar lo que acontece con desdén, una y otra vez. Espero que todos me perdonen.


Al llegar al Real, me situé una vez más como buen sevillano, en un escenario potencialmente peligroso. Con desconfianza había atravesado las calles de los Remedios, al atardecer ya oscuras pero atiborradas de feriantes que como nerviosas hormigas iban sedientas de manzanilla y baile en dirección a sus casetas. Reconocí una vez más el escenario ferial, saturado de polvo y magia. Las luces de los farolillos y las mujeres enjaezadas en sus faralaes me hipnotizaban a mi pesar. Yo solo buscaba el origen de una amenaza. Al adentrarme entre los límites entre la Calle del Infierno y la ciudad de lona construida para el placer, pude reconocer varias furgonetas azules de la polícia que maniobraban para tomar posiciones. Su presencia me reconfortó. De hecho, me acerqué hacia ellas, para permitir que la cercanía de los uniformes me inyectaran un tranquilizante de corta duración. Disfruté de los ademanes y la autoridad de los uniformados. Incluso me sentí afortunado de poder ayudar a un agente que se había colocado mal su chaqueta. Su respuesta agradecida y masculina reverberó adecuadamente hasta activar la memoria de mi padre, un policía de pro.


Conforme avanzaba, me fui aproximando a Pascual Márquez, comprobando los movimientos de los hombres, sintiendo temor por ocasionales griteríos y potenciales amenazas sobre todo de muchachos jóvenes demasiado afectados por el alcohol y sobre todo ahogados en su propio Ego supurante. No ocurrió nada malo. Llegué hasta la caseta y saludé al guarda. Un hombre recio, aunque muy pequeño. Su estoicismo y bondad brotaba de su mirada seca, como el esparto. Le pregunté cómo le había ido el día y me dijo que se había desmayado del calor. Me dolió escuchar su relato sosegado, admitiendo sin rabia que la compañía de seguridad no permitía llevar calado un sombrero bajo el sol de justicia que había castigado la Feria toda la semana. Agradecido por compartir su dolor sereno, avancé hacia el interior de la caseta y paso a paso fui saludando a los feriantes todas caras conocidas, ninguna amiga. 


Mi mujer y mi hija me esperaban dentro. Llevaban todo el día festejando la vida. Pacientes y dulces me recibieron con vino y gambas. Me relajé comprobando que aquello no estaba atestado y me podía sentar donde quisiera. Elegí un ángulo visual hacia el exterior, con la espalda pegada a la pared. Me actualizaron sobre las incidencias del día, regalándome sonrisas y anécdotas sobre sus bailes que narraban como si acabaran de hacer la primera comunión. Querían arrancarme una sonrisa y les fui permitiendo que lo hicieran, mientras miraba el reloj de vez en cuando, ansiando volver a casa. Fueron pelando la amargura de mi psique, hasta ir dejando al aire un Yo algo menos paranoico. La niña se marchó con sus amigas a la Calle del Infierno, acompañadas por un adulto. Eso me hizo sentir menos preocupado, pero el estómago me daba punzadas. Un poco más tarde llegaron nuestros amigos de siempre, con los que nos tomamos vino y jamón, y nos hicimos fotos, mientras compartíamos nuestra perplejidad al comprobar que la vida avanza, los hijos maduran, mientras nosotros nos resistimos en vano a experimentar ese proceso del cual empezamos a estar más que hartos. En realidad, todo el mundo está perplejo en su interior, sólo pudiendo reconocer dicha perplejidad en soledad. Estamos viviendo un mundo sin tiempo, donde cada instante está ocurriendo a la vez que el otro o el de más allá. Nuestra niñez, está ahí en esa esquina, mientras que la adolescencia se encuentra al lado, cerca de la caseta, y la adultez, canosa, está sentada mirándolo todo con cara de desahucio. Con ello, la velada transcurrió dentro de lo razonable, con idas y venidas a varias casetas. Saludando a mucha gente, recibiendo miradas y guardándome el deseo en los bolsillos, como billetes de autobús arrugados que nunca podrán llevar a ningún sitio. Supongo que debo ser atractivo, pero ya es algo inútil. A pesar de todo, guardo a buen recaudo cada mirada, cada deseo, porque me hacen daño aunque también, por si acaso. El pecado me castiga, igual que el peligro. Soy un acumulador de dolor, que se arrastra por doquier absorbiéndolo como si fuera ectoplasma. Pero soy un pecador, como buen cristiano. Por tanto, hay que mantener toda la radioactividad a buen recaudo, como fuera alpechín. Para que no contamine las limpias aguas de la vida en sociedad.


La noche siguió avanzando y como es lógico hubo que seguir bebiendo y bailando. Algunos visitantes e invitados renovaron la sangre de la caseta, y también causaron controversia. Una gitana muy morena bailaba como una loca, cazando miradas, lanzando embrujos, hasta que su gitano se enfadó lo suficiente, que no fue mucho, porque iba muy aliñado de fino y de otros productos químicos y moléculas importadas de Colombia. El hombre me propinó una torta con la mano izquierda cosa que me sorprendió y también me agradó mucho. Fue como hacerme un enorme favor. Me sacó de un solo golpe toda la neurosis que tenía acumulada durante años en las venas, y dejó espacio para que la escasa testosterona que me quedaba brotara sin freno. Es de agradecer y también es un fenómeno paradójico que un drogata me curase de mi enfermedad mental a base de bofetadas. Aquella torta generosa como el beso de una madre, la disfruté a fondo. El infinito de mi pensamiento pudo analizarlo todo hasta la saciedad, y aunque fuesen milisegundos después cuando le lancé un directo de izquierda, en realidad todo ya había sucedido. El gitano se había labrado una noche truncada por él mismo, aunque fuera veinte años más joven que yo. Me propinó una patada muy original, debido a que también fue con la zurda, tras lo cual recibió cuatro o cinco ganchos que fueron un disfrute mayúsculo. Debí de reventarle los dientes y la nariz, pero para mí fue como cortar un cinco jotas, o servirme un exquisito paté de hígado de pato. Parece que entre los golpes, otros carcamales y jóvenes se unieron a la pelea, puesto que vi sillas y mesas volar por doquier. Las mujeres salieron a fuera corriendo y tras esto, vi a los hombres salir propulsados de un lado a otro por empujones y golpes titánicos, como si Neo o Morfeo estuviesen golpeando a varios malvados agentes de Matrix. De hecho, las paredes se rompían y caíamos a otra caseta y otra y otra. Rompíamos todo lo que había, sin respetar nada, ni las mesas repletas de jamón y catavinos. Al final cientos, miles de sevillanos se unieron a nuestra pelea, sacando lo mejor de nosotros mismos. Toda la Feria sucumbió al dios ancestral con fauces de acero, y tras la prueba, el miedo fue borrado de la faz de los hombres. Al fondo, las flamencas, en el albero, lloraban y gritaban, pero era un coro griego, necesario en toda tragedia.


Cuando aquello terminó, mis puños tenían el tamaño de guantes de boxeador, y mi corazón latía con plenitud, mi alma estaba limpia, serena. Conocí al fin la verdad tras el miedo. La paz de la guerra y el perdón después de la paranoia. La sangre bendecía nuestras caras y cuerpos. Todos estaban cansados e indiferentes ante la policía. Cuando llegaron todo el mundo parecían haber recibido una dosis masiva y colectiva de haloperidol. Eso son los milagros de la lucha, desconocidos para mí hasta ese momento. De hecho, seguimos bebiendo incluso, con risas rotas, pero risas al fín y al cabo. La destrucción dio paso a una emigración pacífica al barrio de Los Remedios a comer jeringos con chocolate con sabor sanguinolento. Los hombres me siguieron ciegamente, como indios inspirados por un Gandhi de la guerra. Dormí como nunca, con el pecho henchido, orgulloso de la sevillanía y el círculo de preguntas y respuestas sin fin, se cerró finalmente. El miedo quiso domar mi vida pero una bestia me salvó.

sábado, junio 17, 2023

Los Crímenes de Frankfurt




Era el final de la década de los sesenta, y él era un psicólogo bastante mediocre. Había acabado trabajando en la cárcel de Frankfurt, simplemente porque estaba cerca de su familia, en especial su madre, la cual siempre le preparaba unos goulash que le encantaban. Tenía una novia que procedía de la Alemania Oriental, cosa que le daba cierto aire de superioridad en la relación, o al menos eso creía él. De hecho, ya era bastante mayorcito como para llamarla novia, aunque ella fuera mucho más joven. Pero eso de envejecer era otro problema mucho más difícil de afrontar que la mediocridad y las ganas de quedar por encima de los demás.  

Estaba tan aburrido de todo que tenía preparado solicitar un año sin sueldo, para probar otra forma de vida. Quizás podría dedicar esa temporada a vaguear por algún país mediterráneo y hacerse pasar por un rico norteuropeo ocioso. Justo antes de llevar su solicitud al alcaide de la prisión, tendría que ver a un recién llegado y entonces casi habría terminado la jornada. 

El prisionero había ingresado tras una sentencia firme por varios asesinatos que habían tenido un impacto mediático importante. El hombre se había entregado meses después de su último crimen. La policía no había conseguido avanzar absolutamente nada en el caso. De hecho, sino se hubiese entregado, es dudoso que jamás hubieran dado con él. Por el contrario, la policía y muchos políticos daban saltos de alegría al saber que el monstruo de Frankfurt había sido atrapado. 

Cuando se encontró con él, aunque era alto y joven, vio a un individuo hundido y pusilánime. No hubo fuerzas magnéticas entre ellos de atracción o repulsión, sino un encuentro entre dos cuerpos casi inertes, sin fuerzas gravitatorias de ningún tipo, de modo que el psicólogo se enfocó mecánicamente en explorar la adaptabilidad del nuevo en la prisión, sin interesarse en la dinámica de su mundo interior. Si hubiese sido un psicólogo joven o quizás brillante, hubiera estado muy excitado esperando la llegada de aquél asesino. Pero no. Era cuestión de hacer un trabajo y nada más. De hecho, aunque no tuvo el más mínimo interés en el prisionero, el otro le confesó que tenía ideas suicidas, pero el psicólogo no se molestó en tomar nota alguna al respecto, ni comunicó el estado mental del preso a los funcionarios. Él estaba en otro lugar, quizás bajo un sol veraniego rodeado de mujeres en bikini. Cuando terminó la entrevista se dirigió directamente al despacho del alcaide a entregar la solicitud que había introducido cuidadosamente en un pulcro sobre. Se atusó el pelo antes de llamar a la puerta y le regaló una amplia sonrisa a su jefe. 

Tras su duro trabajo se marchó a casa de su madre, que tendría dispuesta la cena. Era invierno y hacía bastante frío. El paisaje nevado había transformado por completo en cuestión de horas, el barrio de casas de su madre, que sino fuese por el manto blanco parecería una especie de factoría de clones. Llegó de noche, aparcó descuidadamente el vehículo y se relamió pensando en la humeante cena que le esperaba a unos metros. Cuando entró por la puerta se encontró un montón de correo apilado en el taquillón de la entrada, y encima de todos los papeles un diario que tenía en la portada una foto del preso que había visto antes de terminar la faena. Lo miró con falsa indiferencia. En ese momento captó que la mirada de su madre estaba posada en él y se dio un mínimo susto que quiso disimular. La madre lo saludó con cara de cierta gravedad que él quiso ignorar. En la mesa le esperaba su hermano Gunther, el cual ya había empezado a comer. Se saludaron con un breve movimiento de cejas y todos se pusieron manos a la obra como animales estabulados. Tras acabar con la enorme bandeja de salchichas y beber varios vasos de Weissbier de la marca Franziskaner, Gunther se marchó a su habitación sin decir ni buenas noches. En realidad nadie intercambió palabra alguna durante la cena. 

Gunther era un tipo extraño. Trabajaba desde su habitación como contable de varios comercios del barrio. Aunque no llevaba el pelo rapado, tenía tatuajes que si estuvieran a la vista, cualquiera hubiera podido pensar que era un hooligan violento. Pero nadie de los alrededores sabía de su vida privada, excepto su madre. Ella cuidada de Gunther y conocía muy bien su mundo. De hecho, ella lo había educado para ser obediente y sumiso. Gunther había mamado e interiorizado la creencia de la superioridad absoluta de su estirpe, en un contexto social de tensión y dudas respecto a cómo poder seguir encajando tal delirio, tras la catástrofe vivida veinte años antes. Sin embargo, su hermano se había deshecho de tales asuntos negándolo y dedicándose a hurgar su propio inconsciente para tratar de encontrar alguna neurosis de tipo erótica, con la que distraer su más que insulsa existencia. 

El psicólogo ayudó a la madre a recoger la mesa y dejarlo todo limpio. Cuando se fue a despedir, su madre lo detuvo y le dijo que estaba preocupada por Gunther, haciendo un gesto hacia el periódico que una hora antes él había mirado con fingido desdén. Esperaba que su hijo mayor entendiera el significado de su gesto.

Köhler, el asesino en serie de Frankfurt, había estado en esa casa más de una vez, invitado por Gunther. Ambos habían ido de cacería en numerosas ocasiones junto a una serie de guerreros de la liberación, para liquidar de forma aislada e impulsiva, a todo inmigrante desprevenido que encontrasen por la calle, y así dejar salir algo de su rabia mientras hacían justicia social. Pero parece que a Köhler se le fue la olla y se entregó a la policía. Köhler era un imbécil que se había dejado llevar por la presión de grupo de sus compañeros, y que en realidad no tenía instinto asesino, ni sentimiento de superioridad. Lo había hecho por sentirse parte de algo mayor y más grande que él. De hecho, un año antes de entrar en prisión, lo habían expulsado del ejército por cometer pequeños delitos y meterse en líos. Algunos  cabezas rapadas que lo habían conocido en el ámbito castrense se apiadaron de él y lo rescataron de la más triste miseria. Gunther tuvo especial interés por ayudarle, dado que habían ido juntos al colegio.

La metedura de pata de Köhler fue apoteósica, ya que había una verdadera red de activistas implicados. Hubo que mover hilos. Se decidió que Köhler cargara con todos crímenes, bajo amenaza. Así no sólo libraba a Gunther, sino a toda la cadena de personajes más o menos conocidos y con más o menos poder político que promovían tales festines y otras actividades siniestras. Como tonto que era, Köhler fue obediente y el fiscal no puso pega alguna, lo mismo que la policía, para enchironarlo a él solamente. El caso ya había causado suficiente daño en la más que fragmentada sociedad germana, como para encima sacar trapos sucios del tercer Reich.

El psicólogo miró a su madre con ingenuidad vacuna. Tras un largo instante, captó el mensaje y se lanzó a abrazarla torpemente para calmarla. Le susurró al oído que no tenía que preocuparse de nada. 

Seis meses después partía hacia Barcelona con su novia, propulsándose hacia el soñado año sabático. Unos días antes se despidió de su madre en una cena memorable, en la que su adorado goulash fue la estrella de la noche. Justo antes de salir de casa emocionado, pudo comprobar de reojo que en lo alto de la torre de cartas había un diario con la portada indicando en letras grandes el suicidio de Köhler en prisión. Su caminar se vio afectado, y conforme volvía al coche agarrado a su novia se sintió cada vez más reconfortado, fuerte, y seguro de sí mismo. Antes de que la madre cerrara la puerta, se giró y le mandó un beso cariñoso desde la distancia. Gunther, que estaba asomado por la ventana de su cuarto, lo vio marchar y adentrarse lentamente en las fauces de la noche germánica. 

viernes, junio 16, 2023

El Hospital de los Cerebros


El doctor Galdar había conseguido un extraño triunfo. Su renombre le había supuesto llegar a todos los confines del reino, pero también iluminar los oscuros rincones del poder. No mucho después de haber alterado los ánimos de varios gerifaltes, y debido a sus cuestionables experimentos y descubrimientos científicos, fue invitado solemnemente a abandonarlo todo y exiliarse en una isla lejana. 

A su llegada a la isla, le esperaba el doctor Kraus. Tenía a su alrededor un selecto equipo de enormes jóvenes que miraban ominosamente a Galdar desde la zona de desembarque.

-¡Doctor Kraus! Me alegro de verle. Creo que no era necesario traer a tantos mozos a ayudarme con las maletas. Solo he traído dos... 

-Doctor Galdar, bienvenido a Aruca. Le encantará conocer su nueva residencia. 

El doctor Kraus recibió con frialdad la ironía de Galdar y tras su breve recibimiento condujo al hombre a un vehículo de color negro que esperaba a la salida del puerto. Una vez dentro del coche, Kraus se mostró más amable, quizás acusando el hecho de que su presa ya no podría escapar. 

-Doctor Galdar, su trabajo es impresionante. Tengo que decir que es un honor tenerlo entre nosotros. Nadie antes de usted, ha podido exponer con tal claridad las íntimas relaciones que existen entre la capacidad humana de mentir, y sus beneficios para la evolución humana. Sin embargo, es un tema tan complejo que dudo mucho que tenga algún impacto, más allá de unos cuantos expertos, como yo, por ejemplo. 

-Gracias doctor Kraus, pero guárdese su estúpida amabilidad para otra ocasión. Sus mentiras y falsedades, le han llevado a coronarse como director de un infame hospital psiquiátrico donde encierra a todo librepensante de éste país, al dictado de sus corruptos sátrapas. 

-Por favor, no se enfade, usted se ha ganado a pulso éstas vacaciones eternas. Verá qué rápido se acostumbra a su nueva vida. El hospital tiene unas vistas espectaculares. Es un lugar muy romántico. De hecho, se dice que muchos de sus residentes acaban enamorándose...

Kraus prosiguió su monólogo posiblemente hasta llegar al hospital. Para entonces Galdar estaba ya sumido en una especie de autohipnosis que había generado para resistir los poderosos medicamentos que le serían aplicados como una camisa de fuerza química. Al llegar, los grandes enfermeros que habían esperado con Kraus en el puerto, habían saltado rápidamente desde otro vehículo y formado una fila, para asegurarse que Galdar entraría por la puerta del siniestro hospital sin realizar ningún vano intento de escape. 

Cuando llegó a su habitación, se le fue entregado un uniforme y unas chanclas. Efectivamente, la ventana miraba hacia el mar. Era hermoso. Una de las paredes estaba forrada de estanterías y repleta de libros y material de escritura. Al menos sus captores se dignarían en dejarlo escapar con el pensamiento, se dijo a sí mismo. Al poco rato de llegar, varios de los enfermeros gigantes acudieron para administrarle una dosis de un fármaco experimental. Se trataba de un inhibidor de la actividad cortical, especialmente del área prefrontal ventromedial. Preparado para semejante invasión encefálica, se entregó a ella sin resistencia. Al cabo de un tiempo lo dejaron salir a las zonas comunes para así poder poco a poco trabar amistad con los otros cerebros del país. 

Al otro lado del océano, el país se derretía de júbilo. El Festival de la Libertad había dado su comienzo. Millones de personas se lanzaban a la calle a expresar su libre albedrío y disfrutar de si mismos gozando de todos los placeres que la vista, el gusto y el tacto pueden proporcionar. El rey había anunciado el fin del miedo, la ira y la tristeza. La felicidad triunfaría por fín y definitivamente. Los ciudadanos solo debían de tomar diariamente unos complementos alimenticios que les ayudarían a dejar para siempre atrás esas emociones tan repugnantes. El principio de una nueva humanidad estaba dispuesto como una deslumbrante alfombra roja ante el pueblo elegido, y ellos serían una vez más, por la gracia de Dios, los pioneros de semejante logro. 

El Dorado está en Casa


Después de once años perdido en medio de la mar océana, volvió al reino de los humanos. No se sabe porqué nuestro querido Dios, quiso darle esa existencia. Ni él mismo pudo comprender para qué pasó parte de su vida en un minúsculo archipiélago con unas cuantas palmeras. Pero era un hombre de su época. Un luchador, un soldado del imperio. Ni la más terrible soledad, ni la incomprensión de éste mundo, podía arrebatarle su vida. Para morir se requería algo más que eso.

No carece de ironía que el primer puerto donde puso el pie tras su largo destierro fuese Cartagena de Indias, allí donde se dirigía su patache antes de naufragar. Su emoción le hizo llorar a raudales un trece de Junio de 1534. Se dijo a sí mismo que nunca olvidaría ese día. Desde allí partió hacia España en donde encontró fortuna y casó con una mujer de Canarias, lugar donde decidió asentarse hasta su muerte. Eligió la isla de El Hierro, la más pequeña de todas las Canarias, quizás porque estaba más a poniente que ninguna otra. Desde allí dirigió sus empresas, que estaban todas dedicadas a la carrera de Indias. 

Cuando estaba a punto de morir, postrado ya, sus hijos y nietos le suplicaron que les contara cómo fue su vida en el banco de arena donde sobrevivió solo tantos años. En realidad, nunca quiso hablar de ello, y su familia supo de la historia por la fama que creció a su alrededor en las islas, no porque él estuviera dispuesto a hablar de aquello. Al fin, accedió a contar su aventura, justo antes de morir. Temblándole la voz, y después de mucho silencio, el hombre le dijo a sus vástagos que afortunadamente ya no se acordaba de nada. Todo el mundo se quedó perplejo. Nadie se atrevió a insistir, temiendo herir los sentimientos del anciano. Presintiendo lo extraño de su contestación, intentó aclarar con mucha dificultad, su respuesta. 

-(...) hijos míos, os aseguro que es verdad lo que digo. No recuerdo nada de aquella soledad, no me queda nada de aquél infierno. Creo que me he curado de semejante dolor con vuestra presencia, con la ayuda de vuestra madre y abuela. Decidí hace tiempo abandonar el pasado y así curar mis heridas, vivir con vosotros, amar ésta tierra. Eso es lo que tengo en mi corazón, eso es lo que me llevo. Soy prueba de que vale la pena vivir ahora y que todo lo malo no es nada, viendo cómo cada día me recordáis el gozo de vuestra compañía. Quizás precisamente por eso lo he olvidado todo. Porque desde entonces, nunca más he estado solo. Os doy las gracias por vuestra presencia, por compartir nuestras vidas. 

El hombre cerró los ojos, suspiró. Todos empezaron a llorar en silencio. En su mundo interior, puso rumbo a un lugar desconocido, una vez más, al mando de su patache. Sintió que en su último viaje su barco no se hundiría, y que al otro lado de su aventura le esperaría de nuevo, la gloria y el amor. 

sábado, marzo 25, 2023

La Verdad Más Terrible

Vivía en unas circunstancias paradójicas. En su país la gente se estaba esforzando cada vez más por distinguirse de alguna forma, los unos de los otros. Se ve que odiaban parecerse entre ellos, como si fuese pecado compartir genes o fuese una vulgaridad proceder de una estirpe milenaria. Había que inventarse uno así mismo todo el tiempo, para desvincularse del casposo y rancio pasado de patriarcas opresores y profundamente predecibles. Era un paradigma incuestionable. En su situación particular, y haciendo caso omiso de las modas imperantes, se comportaba como un vulgar hombre de clase media, cosa que espantaba a todo su vecindario, donde residían unos cinco mil quinientos géneros socialmente construidos. Quizás no reparaban en los detalles de dicho hombre, porque les daba una gran urticaria el simple hecho de hablar de él, un ser tan plebeyo. Pero por los detalles se perdieron algo completamente único y singular. Por ejemplo, nuestro hombre, no había llegado al trabajo todavía cuando ya había terminado su jornada. Parece una exageración, pero es un hecho verificado. También podía haber fallecido justo antes de despertar, por la mañana, y encontrarse así mismo hecho un verdadero difunto, sin poder haberse despedido de su esposa, dada la complicada situación de sufrir el inevitable rigor mortis. A partir de ahí, continuó ya catatónico por el resto de su existencia, cosa inadvertida para el resto de la comunidad. Hablando de esposas, no sabemos si le dieron una jubilación anticipada del matrimonio o es que obtuvo una incapacidad absoluta y permanente para ejercer dicha actividad social. Nunca estuvo presente en ningún registro oficial, de hecho, no consta en registro alguno su mera existencia, lo cual no es un misterio porque nació hombre y nunca pretendió cambiarse a un género algo más distinguido. Desafortunadamente, los padres no recuerdan haberlo criado, quizás se olvidaron de él dada la cantidad de presiones sociales que su familia ha tenido que afrontar a lo largo de los años. Fue desde un principio una vergüenza pública desde que se mostró terco ante los fallidos intentos de intentar educarle, ya en pre-escolar, para que escogiera un género, en lugar de aceptar el que le fue dado por la repugnante naturaleza. Por más que quiso ser activista en causas justas, fue expulsado sistemática y sucesivamente de todas las posibles ONG´s conocidas. Nadie podía soportarlo. Todo hay que decirlo, por el contrario, fue acogido en diversos partidos del país, pero él mismo optó por abandonar la vida política. Sintió que iba a llegar bastante lejos pero en un momento dado fue presa de un gran vértigo y una sensación de estar convirtiéndose en una especie de profético líder de masas, papel estelar al que tuvo que renunciar porque que le aterrorizó por completo poder derrocar al poder dominante. De hecho, cada acto de existencia se le reveló como una enorme carga, imposible de sostener. Sus rarezas eran sentidas subjetivamente como normalidad. No podía escapar de su normalidad. Por mucho que lo intentara. Una vergüenza nacional, por supuesto.

De esta guisa, decidió marchar hacia algún lugar y desapareció para no volver. Cuando ya no estaba en ningún sitio, miró atrás y se dio cuenta de que todo lo anterior tenía mucho sentido y a partir de entonces se sintió más sosegado, más confiado y seguro de sí mismo. La gente empezó a seguirlo y se encontró rodeado de admiradores. Dicha situación le fascinó durante un tiempo, hasta que fue suplantado por otro iluminado de origen asiático, más joven que él. 

Todo fue un puro fraude, porque en realidad siempre estuvo ocultando su verdadera identidad, cosa que nadie hubiera creído jamás. Sabía que no era bueno que los demás supieran exactamente cómo eran sus estados mentales. Siempre lo supo. Lo que agravó hasta el anti-climax fue comprobar que él mismo no era más que una versión convencional a escala cosmológica de un individuo orgánico, en un planeta hecho de rocas y metales cualquiera. En realidad, llegó a darse cuenta, que si miras al espacio, puedes ver que el cielo está plagado de estrellas, con sistemas planetarios. Eso no parece un gran descubrimiento, pero lo es. El universo es un sistema completamente homogéneo cosa que no es tan obvia cuando al otear el firmamento, casi todos acabamos perdiéndonos en el abismo del espacio. Igual que todas las estrellas son iguales al ojo desnudo, y están esparcidas homogéneamente por cientos de millones de galaxias, así lo están los planetas que orbitan alrededor de ellas e igualmente vulgares son todos los habitantes de las rocas que danzan como estúpidas mariposas nocturnas alrededor de las esferas de luz que vemos por la noche en el cielo. Con esto quiero decir, que un día fatídico percibió que solo era una mera manifestación repetida infinitamente, un clon indistinguible de miles de millones de seres exactamente igual que él, haciendo lo mismo que él, en cualquier otra región isótropa de éste cutre universo. Nunca quiso amargar a nadie con semejante verdad. Por eso ocultó su secreto entre estratos de convencionalidad hasta que se largó. El asiático que lo sustituyó continuó viviendo inconsciente de su extrema vulnerabilidad identitaria. Todos los demás siguieron existiendo sin saber realmente que no eran más que copias exactas de otros seres y que no se distinguían entre ellos más que un electrón de otro electrón. He ahí la respuesta de porqué los mundos tienen que existir cada uno en una región, con un enorme espacio entre ellos, para no interactuar y existir hasta el final, como reclusos atrapados en celdas de una enorme prisión,  y que no pueden verse, tocarse o escucharse. Jamás verán a sus hermanos, a sus gemelos, a sus dobles, triples, o cuádruples, que están esparcidos por doquier, como granos de arena en una playa cósmica. 

Y más terrible aún fue concluir que si su existencia no era más que un producto mecanizado de la mera interacción entre partículas, su mente por supuesto, no podría ser más que un vulgar ábaco glorificado por nuestra propia ignorancia. Supo que no había peor castigo que no ser nada, y es ser indistinguible de otros seres. Antes de desaparecer miró por un momento atrás y sintió una profunda empatía y compasión por los millones de payasos que en su inútil esfuerzo diario se desquiciaban tratando de aparentar ser de un nuevo género, negando la palmaria realidad...su tremenda y profunda vulgaridad sideral.

viernes, febrero 10, 2023

Calcinatio


Quisiera no existir de una vez por todas, pero poco a poco. Deseo desaparecer lentamente, examinando mi destrucción con deleite. Quisiera desvanecerme como lo hacen las gotas del rocío al amanecer, sin dejar rastro. Me atrae la idea de abandonar mi cuerpo y tornarme como las brasas de una hoguera antes de hacerme ceniza y humo. Quizás fuese mejor que nunca hubiese estado aquí, pero no fui yo quien me puso en este entuerto. Ahora que no lo puedo remediar, me presento avergonzado por trastocar el curso natural de las cosas, porque yo altero todo al tocarlo. Al mirarlo. Al sentirlo. Al pensarlo.

Mi pensar hiere, mis sentimientos son punzantes. Penetran la piel y surcan las venas de los seres que a mí se acercan. Concibo el mundo en mi interior y engendro hechos, anticipo el movimiento. Estoy preñado de mundos que no puedo dejar salir. Tengo que mantenerlos encarcelados. Por eso navego solo la mayor parte del tiempo. Os veo a todos de lejos, aunque me veis cerca de vosotros. No me conocéis aunque creéis inocentemente saber algo de mí. 

No sabes quién soy, no sabéis lo que crea mi mente. Vivís la vida como tiene que ser. Vuestros sentidos os guían y creéis a ciegas lo que atisbáis sin desear ir un palmo más allá, para descubrir que el mundo es otra cosa. 

La naturaleza es sabia. Dota a los seres animados de un talento maravilloso. Pueden ejercer su voluntad y en la concordia colectiva existir en plenitud. A mí me ha hecho sentarme al lado de todo ello como observador, y tomar consciencia de que el existir es algo que solo se produce cuando se asume la extrañeza, como posición de referencia frente al mundo, frente al otro. Observar lo que pasa, si, qué gran pasatiempo. Es un pozo sin fondo. Lo que pasa necesita ser interpretado. No puedo más que actuar sabiendo lo que cada acto significa. He vivido mil vidas. He pensado los sentimientos y sentido los pensamientos. He de ser castigado por querer saber. De hecho, estoy siendo castigado. Y lo merezco. 

Aquí me planto frente a tí, y te doy sentido, amenazando el Edén infinito en el que creías vivir. Dejo que existas, porque te estoy pensando. Cuando yo desaparezca, el mundo volverá a su punto de equilibrio. 

Antes de despedirme, quisiera desdibujar el tiempo. Observar lo que pasa es mi pasatiempo. Pero el tiempo no existe. Es solo una forma de hablar. Doy vueltas y vueltas a tu alrededor, mientras lo esté pensando. Pero en realidad estoy en todas partes y en ningún sitio a la vez. No he existido nunca. Quizás no exista. Deseo amarte y eso es lo que hago. Desde aquí. Siempre en movimiento. Un perpetuo quehacer, para darte vida, y para quitártela. 

sábado, febrero 04, 2023

El Sentido Sinsentido de los Sentimientos


La melancólica voz negra de Sarah Vaughan lo envolvía como una cortina de lluvia de otoño, protegiéndolo del más allá de su casa, y de la existencia del resto de los mortales. Desde pequeño se había dejado llevar por el embrujo de los diccionarios. Son libros que catapultan al lector curioso de palabra en palabra, de idea en idea, hacia conceptos y reflexiones indescriptibles y sobre todo inacabables. De ese modo había aprendido a navegar por la magia de las letras cuando el resto de su vida naufragaba bajo las inclemencias del caos familiar y el desarraigo propio de los arrabales de la ciudad. Las palabras tenían el poder bíblico de paralizar las fuerzas naturales que aplastan a los incautos y a los privados de alma, dejando pasar a nuestro protagonista a través de los fondos marinos del mar Rojo a la sombra de ominosas columnas de negras y amargas aguas. 

Su triunfo prometeico sobre su destino como mortal, le llevó alumbrado y valiente por doquier, sobre todo después de haberse liberado de sí mismo, cual lepidóptero abandonando su propia crisálida. Pero siempre sintió su anclaje imperecedero al solar donde brotó su vida, y por tanto acabó después de muchos años retornando a ese lugar, fiel a esa impronta a la que obedecen salmones y criaturas de todos los confines del orbe. 

Ahora en sus años provectos se detiene algunos sábados para retomar el viejo vicio y virtud de escrutar significados y palabras, ésta vez para engarzar un guión de un relato o para construir una imagen con sus plumas y lapiceros. Tiene alas para volar pero las guarda en el hangar del olvido, y conforme pasan los años, siente y resiente la esencia de su ser, que quedó lastrado en su estado larvario. Su indefensión se prolonga y proyecta hacia delante, por mil vueltas que la tierra le pueda dar al sol, así como él, fiel a su naturaleza de insecto nocturno, gire alrededor de un farol de ilusiones, a sabiendas que las postrimerías de su existencia le auguran un exitus infernal. 

Esta noche trataba de poner en pie una historia sobre un escritor maldito, siguiendo a la zaga de sus admirados artistas, cuyos trabajos adornaban todo el escritorio y poblaban su mente con sus geniales observaciones sobre la naturaleza humana. Sorbiendo de su taza de té verde, se vio a si mismo de pronto, como si pudiese contemplarse como un tercero; alguien ajeno y sujeto a su ojo omnisciente. Pudo advertir que su alma desnuda sentía una profunda vergüenza que ansiaba aplacar entregando cuanto antes una moneda a Caronte y saltando al fin hacia el inframundo. Esa necesidad siempre había estado presente, pero ahora se presentaba con sosiego y reclamando cada vez más convicción y dominio de la psique.

Envenenado por el desafecto de su padre, la locura de su madre y la ceguera emocional adquirida en el nido de sendas almas se pregunta ahora, qué papel interpreta hoy, pero encuentra que no desea ser ni actor ni audiencia, sino más bien ceniza o barro para alumbrar a otra alma que quiera existir. Examina el fondo de su inconsciente, y encuentra las sombras de sus progenitores, calcinadas por pretender emborracharse con el néctar del amor incondicional, ese brebaje mágico que pasa de forma impredecible de ser cura a tornarse tóxico. Y certifica con ello que anduvo todo el tiempo ciego y sordo y mudo, y que prosiguió atolondrado, cayendo, tropezando y volviendo a levantarse una y otra vez, hasta que encontró una mujer que lo amó. 

La mujer lo quiso tanto como a los padres de ella, y los padres de ella lo quisieron como un convidado de piedra. Ese no existir demandado por los suegros corrompió el amor a pesar de la tenacidad de ambos por quererse. Ahora no parece importar tanto, algunas heridas se curan y otras, se cierran a duras penas, pero se cierran de alguna manera. Eso es lo que todos le dicen para animarlo. Y de hecho, dado que de su nido matrimonial brotaron dos maravillosos ángeles de los que gozan padre y madre, -¿de qué puede uno quejarse? -se pregunta- pero después de pasar a un segundo plano viendo como sus angelicales almas han ido ascendiendo hacia la perfección y en su rectilíneo camino se aproximan ya a la juventud más virtuosa, él mismo se ve agonizando sin poder remediarlo. ¿Qué clase de corrosión acaba con el amor, la propia o la ajena? ¡Qué sinsentido!

-¿Qué significado puede tener la vida sino una oportunidad para seguir medrando? ¿Seré un desagradecido por no haber materializado mi sueño de amar con libertad, perdiendo de vista que en realidad he vivido? ¿Estaré repitiendo el desamor de mis padres y precipitándome a un inmerecido limbo moral? -Se preguntaba todo ello y más, mientras seguía diseccionando su propia alma, como si de un occiso se tratase. 

-Dale otra oportunidad  -dijo otro Yo, o quizás otra parte del Yo, algo remota y huidiza. Tras escuchar esa otra manifestación de sí mismo, abandonó su cuaderno y se dirigió hacia las hojas de grano medio, hechas con fibra de algodón, con las que normalmente construía previsibles mundos en blanco y negro. Con algunas dudas se dispuso a proyectar un paisaje imaginario donde dejar vagar su alma durante la noche hasta cuando el temple de su mano lo permitiese.    

miércoles, febrero 01, 2023

Momentos de Machirulos


Aprovecharon que Antxo venía hoy de Bilbao para estar juntos sin la presencia de hembras y recibir al anfitrión como debe ser. Era viernes y cogieron a las matriarcas descuidadas. Goyo sabía que durante el primer día lo mejor era agasajar al amigo del norte con la compañía de varios íncubos autóctonos para también planear las actividades del sábado. Los había reunido en casa con mucha ilusión. Estos encuentros eran cada vez menos frecuentes, y por tanto, generaban mayor delectación. La mujer de Goyo se había ido a un congreso a Madrid. Se coordinaron a la perfección para ignorarse el uno al otro durante un enjundioso fin de semana.


En el ambiente del piso de Sotogrande, dominaba el selvático verdor de las plantas decorativas que casaban maravillosamente con la paleta de colores de los papeles pintados, y los cuadros imitando a relieves renacentistas, naturalezas muertas y cornucopias. Tras actualizarse sobre las actividades laborales de cada uno de los presentes y de paso tomarse un vermut, pasaron a la terraza para almorzar. Era un piso bajo, dando el salón a una terraza sin muros, para poder disfrutar así de toda la belleza de un barrio atravesado por canales y poblado de embarcaciones deportivas. La música brotaba sutilmente de un diminuto altavoz. Eran los estudios Op. diez de Frederick Chopin, gestados en Varsovia a partir de 1892.


Fue un largo y pausado ágape para el grupo de varones en edad provecta.  La atmósfera estaba dominada por el aroma de los espárragos silvestres y los boletus aereus traidos por Anacleto directamente de los campos aledaños, frecuentada por el gustoso y largo contacto orofacial con una manzanilla en rama Solear de Barbadillo. Imperceptiblemente JJ y Goyo se fueron introduciendo en una discusión sobre asuntos de actualidad política, para acabar enzarzándose una vez más en esa clase de pelea dialéctica, la de las dos Españas, en la que se habla tanto que al final solo se escucha un barullo de voces broncas, y de la cual rebosa mucha testosterona. Al menos no hay víctimas, ni heridos, solo un leve tedio que se disipa conforme avanza el nivel etílíco en el cerebro. Estaban llegando al clímax de la lucha de clases cuando el viejo e incorruptible rojo de JJ derrochaba argumentos en pro del inocuo efecto de la masiva inmigración a Europa por parte de subsaharianos y otras huestes.


-...En Alemania, un país mucho más avanzado que el nuestro, hay quince millones de turcos, sí. ¡Quince millones de turcos! -Goyo estaba ya cansado de los interminables embites sociolistos, y ya pacientemente esperaba vencer al contrario por agotamiento. Solo escuchaba, manteniendo una cada vez más precaria facies hierática. Los otros dos que formaban parte del cuarteto, hastiados y con la mirada en el infinito se entregaron a un cada vez más enconado abuso del vino, como si fuese el fin del mundo. Hacía una tarde estupenda de Enero, y continuaron todavía en la terraza con copazos, bajo un tenue pero generoso sol invernal. No hacía ni gota de viento. Las fragancias del romero, la hierbabuena y la salvias que amenizaban el pequeño jardín de plantas aromáticas, mezcladas con el fondo salino, permanecían indefinidamente flotando en el ambiente, calmando así los ánimos y saneando las almas.


-No se puede comparar esa cantidad de inmigrantes con la que tenemos nosotros en nuestro país. Solo de sirios, en Alemania debe haber unos dos millones. Nosotros no tenemos más de veinticincomil sirios empadronados, aseveró JJ en su última y decisiva puntilla a la ya mortecina tertulia. -En un acto inconsciente de desesperación, o un lapsus linguae, el tercer amigo, Anacleto, sintió que un magma amorfo brotaba de su boca de forma incontrolada-.


-Kiyo, po en Sevilla hay muchos sirios en Semana Santa. -Hubo risas y después más ginebra, aunque se percibió que las gafas de Antxo se llenaron de vaho, revelando cierta confusión-


Gracias a la providencia, por fín se bajó el telón y se rindieron a los generosos abrazos de Morfeo allí mismo, sobre el mullido y limpio césped que daba al muelle privado. Las sombras de los mástiles eran ya muy alargadas cuando sus turbias consciencias salieron súbitamente a flote. Dios les devolvió el juicio con la ayuda de los ladridos de un chiuaua que acompañaba a una guiri ligera de ropa y que pasó por delante de los cuatro hombres escorados. Gracias a ello pudieron reanudar la marcha despacito, calentando los motores con un jamón setenta y cinco por ciento bellota y veinticinco mangalica. Para llevar a cabo dichos trabajos, fue propicio desplazarse a la cocina y poder catar también un El Veneno de Pepe Mendoza, inaugurando así la velada. Después darían cuenta de un Burdeos y de un Puglia porque todos estaban casados. Permítame que me explique. Goyo, el más avezado en el planeta de los vinos, asegura que visto que uno no puede ser promiscuo con las mujeres, al menos con el vino sí que se puede. No tiene sentido aceptar con resignación el tedio de beber siempre Rioja o Ribera del Duero, cuando hay tantas mujeres, perdón, vinos que probar. El muy granuja había encontrado su manera de doblegar las reglas o quizás jugar con otra baraja y así prolongar un poco más, la capacidad de sorprenderse, de estar vivo. No sabemos si tuvo que vender su alma al Maligno para poder continuar ad libitum su derrota en busca del néctar sagrado. El caso es que a sus cincuenta y dos años, parecía más vivaz que un crío chico.


Como se habían quedado algo tiesos en la terraza, se dispusieron ante el jamón de pie, como cuatro brujas alrededor de su caldero. Así podrían animarse mucho más y dejar atrás la rigidez muscular propia de la edad y de la siestecilla. Goyo cortaba y los convidados tenían que esforzarse en no desanimarlo, aligerando el plato constantemente. Al contemplar los restos mortales del gorrino de forma tan intensa, Goyo fue alcanzado por una epifanía.


-¡Qué sensación tan buena es cuando estás cortando el jamón con la pezuña hacia arriba! Parece que nunca se va a acabar. Sin embargo, todos los que estamos aquí, ya le hemos tenido que dar la vuelta. Y ahora cada vez que le metes mano, encuentras hueso a cada paso. Antxo, que era pescador profesional, se le quedó mirando perplejo sin decir palabra. No sabemos si entendió la alusión estilo Valdés Leal a la finitud del ciclo vital humano.


Estas disquisiciones existenciales sobre las postrimerías de la vida, dieron paso a reflexionar profundamente sobre las desgracias y torpezas de la juventud, momentos en los que hay jamón por doquier, pero no sabe uno por donde meter mano. Traducido al lenguaje académico, el maestro de ceremonias se entregó a la difícil tarea de exponer errores producto de la precocidad y de los absurdos juegos a los que nos somete la corteza límbica cuando más deberíamos de ir sosegados por la vida. Tal deriva filosófica tenía su explicación, puesto que tras toparse con la idea de la muerte, lo mejor es reírse de uno mismo.


-¡Qué tiempos aquellos! Mejor que no vuelvan nunca. A veces me vienen recuerdos que me dan náuseas. No lo entiendo. -Mientras tanto, los demás asentían con la cabeza, dando pábulo a que Goyo siguiera hablando y cortando más jamón- Me podía despertar en casa de alguien y no acordarme de absolutamente nada de lo que había pasado la noche anterior. En una ocasión me di cuenta que estaba acostado al lado de una mujer indescriptible. Un troll al lado de ella parecería una belleza parisina. Después de salir de allí lo más aprisa que pude con una resaca del quince, tardé lo más grande en encontrar el maldito coche. ¿Cómo podemos ser así? -todos se troncharon de risa, recordando en secreto los líos y demenciales entuertos en los que cada uno se había metido en sus años mozos-


-Pues, puestos a perderse, deja que te cuente lo que me pasó hace poco en un centro comercial -intervino Anacleto, desviando significativamente la temática tertuliana, mientras se calzaba un par de lonchas de jamón y un trago de vino- Me tuvo que llevar el guarda de seguridad con su moto por las distintas plantas del aparcamiento hasta finalmente dar con el vehículo. Pero claro, yo ya había dado por perdido el coche y había llamado en seguida a mi mujer para advertirle, de modo que cuando lo encontramos, tuve que soportar las risas de los guardas y más tarde la tortura de la máquina de regañar. Sí, la máquina de regañar se puso en marcha al llegar a casa. Que si le había dado un susto enorme, que si esto y lo otro...menudo día pasé.


-¡La máquina de regañar! ¡qué bueno, jajajaja! -JJ a estas alturas se retorcía de dolor y placer al mismo tiempo. Anacleto era un hombre tan escaso de estatura como de autoconfianza y por ambos motivos había declarado entrega sumisa a la femiviolencia de género al casarse, o eso creía JJ. Porque la femiviolencia de género es tan natural como la luz del día, y él tampoco estaba libre de la misma. Era un varón, es decir un incauto, de modo que la vida le había reservado a él la misma cantidad de abuso femenino que al otro, solo que JJ se divertía al contemplar la desgracia de Anacleto, el muy descastado.


Ya eran las diez y media, y la dueña de Anacleto lo llamó para reclamar su dominio total sobre su alma. El yugo hembrístico se dejó caer sobre los hombros de todos menos de Antxo, que estaba de visita. A JJ se le pusieron los vellos como escarpias, recordando que la suya estaría ahora mismo mirando el reloj y preguntándose por dónde andaría ese payaso de circo.


-Bueno, parece que es hora de irse -dijo nerviosamente Anacleto, a lo que Goyo contestó jocosamente-


-¡Jajaja!, la máquina de regañar se ha puesto en marcha


-Hijo puta eres, bueno me tengo que ir tíos -JJ aprovechó el momento y dijo que también se iba-


-Yo también me voy compañeros, que ya es hora -Antxo no comprendía la partida inminente de los autóctonos-


-¿JJ tú también te vas?


-Si Antxo, mi mujer tiene las manos bastante grandes. De hecho si junto mi palma contra la suya, me saca una falange, así que imagínate las hostias que puede dar -dijo JJ pensando que así le echaba un capote a Anacleto, revelando de esa manera su servidumbre al poder hembrístico.


-¡Jajajaja, hijo puta...bueno cabrones, iros ya que si no va a haber guantazos esta noche -Antxo zanjó la cuestión con un brindis de despedida alrededor de la pata de jamón, como Dios manda- ¡Mañana nos vemos aquí para salir a pescar y luego el arroz! ¡Venga venga Agur!

martes, diciembre 06, 2022

El Profesor

El profesor salió de su cueva para hacer unas compras y tomar aire fresco. Hacía semanas que no se le había ocurrido pensar en que afuera había algo parecido a un mundo "exterior", ajeno a él. Era normal, teniendo en cuenta que vivía en los bajos de una torre en el centro de la ciudad. Era un edificio construido en el siglo dieciocho, con muros gruesos, ideal para que el profesor pudiera continuar con su estilo de vida de ensimismamiento intelectual, con escasas distracciones. 

Al abrir la puerta sintió el saludo de la vieja ciudad, con sus distintivos sonidos, aromas y figuras estilizadas entrando y saliendo de las hermosas tiendas que deslumbraban con sus luces, colores y diseños, a todo bípedo del orbe. Al cruzar la puerta del mini-supermercado de la esquina, le salió al paso un joven bien parecido. Llevaba una bolsa en cada mano y se sintió algo incómodo en dicha situación, tal vulgar y mundana. Se vio a sí mismo como un cuadrúpedo cazado por sorpresa mientras abrevaba en su habitual estanque. 

-¡Profesor! ¡Qué alegría de verle! Le hacía en otro lugar, pero es un placer encontrarle en la ciudad. 

-Yo también me alegro de verte, Segismundo, -dijo el profesor con un tono algo taciturno-.  Pásate por casa hoy para cenar si no tienes otra cosa mejor que hacer. Tengo algo de prisa ahora. 

-¡Desde luego!, acepto la invitación, ¿a las nueve?

-Vente algo antes y cocinamos juntos, es mucho más divertido. 

-Perfecto, que así sea, allí estaré. ¡Hasta luego!

-¡Adiós Segismundo!

El profesor trató de acelerar un poco y así evitar algún otro encuentro similar. Repuso el frigorífico y la alacena, y tras ese gran esfuerzo más propio de las ardillas que de un bohemio, se dispuso a comer algo rápido para el almuerzo. Así podría aprovechar el resto de la tarde antes de que le visitara el joven Segismundo. 

Las horas pasaron como trenes de alta velocidad. Sonó el timbre en un mal momento. Estaba bastante concentrado. Pero se dio cuenta que siempre pasa igual. De hecho, se sintió agradecido de Segismundo, porque en virtud de su interés en verle, la tarde había sido bastante más provechosa sabiendo que alguien tendría que interrumpirle. Le dejó entrar en la casa, la cual se abría al visitante desde su entrada como una enorme guarida de piedra construida con bellísimos arcos y altos pilares que creaban una atmósfera enigmática y de gran tensión.

Segismundo había sido un buen alumno. De hecho, ahora era profesor asociado en la Facultad de Bellas Artes. En cambio el profesor era ya una pieza de museo. Ambos podrían representar la evolución natural de la vida; uno empezando a germinar y el otro esquivando la guadaña. El joven le preguntó sobre su último año y el viejo le contestó con vaguedad mientras se dirigieron a la cocina, la cual estaba abierta hacia el salón. El material artístico brotaba por doquier. Todo parecía estar dispuesto en una especie de orden caótico. Los cuadros poblaban las paredes. Los múltiples caballetes y poleas dispuestos por todo el espacio disponible, generaban una sensación de actividad intensa.

-Si, he estado recuperando material antiguo y escribiendo guiones para nuevos trabajos. Le enseñó los alimentos que iban a tomar y le asignó la tarea de preparar una ensalada.

-Profesor, me encanta su estilo. -Se detuvo un instante, para deleitarse en su pensamiento-. Es uno de los pocos que escribe guiones para pintar cuadros. -Prosiguió con su tarea de cortar zanahorias muy satisfecho de sí mismo, y con la vista periférica se dejó impregnar por las fuerzas magnéticas de los cuadros que reclamaban su atención. 

-El profesor estaba comprobando el estado de dos doradas a la sal que ya casi estarían listas. Después se fue a la bodega frigorífica para sacar un tinto de Arcos de la Frontera que le había gustado, y que deseaba compartir con el muchacho. Agarró un par de copas de la vitrina y se encaró con Segismundo, que ahora aderezaba la ensalada con vinagre de jerez y un aceite de oliva jienense de un verde mesmerizante. -Si, gracias, te lo agradezco. Eres alguien que realmente entiende mi trabajo. Me inspiro fundamentalmente a través de las relaciones con las personas. Me estuve psicoanalizando durante media vida para poder captar mi propio Yo y el de los demás. Ahora quiero pintar sobre el mal, y los peligros humanos que nos acechan. 

-¿Qué peligros nos acechan profesor? -Levantó la copa y tomó una impresión olfativa, la cual le brindó notas de ciruela negra y moras. Se quedó esperando a que el ínclito terminara de elaborar su reflexión.-

-Los ingleses son como la peste. Son un extraño conjunto de individuos, a los cuales no se sabe muy bien como clasificar. Serían como los virus, criaturas que no parecen vivas, pero que tampoco están muertas. No pertenecen al reino animal, yo diría que son como los hongos. Existen otros parecidos como los holandeses, alemanes y demás pseudo-humanos. En nuestro país, los psicópatas son las variantes más parecidas a ellos.  Y por cierto, hay que reconocer que los psicópatas no escasean por aquí...tenemos cierto parentesco a los ingleses, desgraciadamente. 

-Bueno, jeje, eso suena interesante, no sé si ellos pensarán lo mismo de nosotros. -Tomó un trago del Tesalia, dejándole un post-gusto a cacao.- A juzgar por la propaganda anglosajona que contamina todo el ámbito de la cultura y el circo mediático, usted ha tenido que sufrir a los ingleses de cerca para tenerles en esa consideración. 

-Peor que ser inglés, es querer ser  o parecer inglés. Eso le pasa a bastante gente. El mal gusto es necesario, pero hay que dejar dichas costumbres a los desviados y a los tontos, ellos no tienen remedio. Por otra parte, no hace falta alimentar lo feo, o lo grotesco. La maldad y la fealdad saben cuidarse de sí mismas. El mundo necesita tanta ética como belleza. Nunca es suficiente el bien existente. Hay que ir siempre profundizando en ello. Porque el mal se dedica a destruir lo bueno y como sabes, destruir es una acción mil veces más fácil que la acción constructiva. Lo siento mucho por mis buenos y escasos amiguetes ingleses. Vivir entre orcos debe ser tremendo. Yo puedo constatarlo en mi marcha por el desierto londinense en los años noventa. Nunca más volveré por aquella sórdida tierra. ¿Qué tal el vino? Tiene una mezcla de uvas curiosa; petit verdot, cabernet, tintilla de Rota... 

 -¡Está genial!, de verdad, muy completo. Entonces deduzco que tiene en el horno, a parte de un par de doradas, varios cuadros explorando el mal causado por los anglosajones. -El profesor le hizo la señal de que todo estaba preparado y se dirigieron a un espacio informalmente dispuesto para la pitanza. Todos los rincones del enorme estudio eran lugares apropiados para ponerse a dibujar, escribir o pintar. Segismundo disfrutaba como un crío de un lugar que estaba totalmente dedicado al arte, de arriba a abajo, de izquierda a derecha.

-Efectivamente hijo, el mal es un producto natural del mundo, no podemos rehuirlo. Hay que conocerlo y comprenderlo para poder superarlo. Pero siempre estará ahí acechando. Lo anglosajón es un mal cainita. Es la rabia ante la superioridad hispánica. La ambición de hurtar del imperio y de vivir a costa de él. Nosotros pagamos caro nuestra excesiva confianza. Dejamos que esas ratas pudrieran nuestro proyecto universal. El arte comprometido debería de reflejar la penetración del mal en nuestra sociedad. Y no precisamente de un mal sin sentido o un mal arbitrario. Sino del mal dirigido a destruir el corazón de la civilización occidental. Creo que voy a dedicarme a ello hasta que me lleve el diablo.

-El diablo no tiene cojones de entrar aquí, profesor. -Trató de evaluar el impacto de sus palabras, deteniéndose y mirando alrededor. Mientras tanto se introdujo un pedazo de la maravillosa dorada a la sal, en la boca. Los aromas volátiles de los óleos y otros productos químicos que cargaban el ambiente, se mezclaron con los de los alimentos creando una sensación singular. Tomó otro sorbo de Tesalia, tras lo cual el profesor le escanció todo el vino restante de la botella.-

-Es verdad, yo nunca invitaría al diablo a entrar en mi vida. Al menos conscientemente. Bueno, veo que te ha gustado la dorada. Acabemos con la ensalada que también está muy rica, te ha salido muy bien. ¿Qué te parece mi propuesta de trabajo entonces?

-Me parece genial, de verdad, creo que nos hemos dejado arrastrar por un falso progreso que ha tenido un liderazgo norte-europeo no cuestionado, y que realmente no conduce más que a un sinsentido. Esa gente ya no sabe por donde tirar, no sabe qué hacer. Tienen que innovar porque sí. No saben que hay que vivir. Y que la vida es lo que manda, lo que genera criterio. Se lo llevan cargando todo desde hace tanto tiempo que no sé si es un poco tarde para rebelarse. Hay que volver a lo mediterráneo y emanciparse de la barbarie. 

-Cuando uno ha tenido que vivir en sus carnes la clase de vida que esa gente lleva, te das cuenta de que realmente pertenecemos a mundos irreconciliables. Son profundamente autistas e incapaces de ver la ternura del ser, especialmente de la comunión con el Otro. Muchos de ellos luchan, saben que hay algo que no está bien. Viven en un mundo carente de amor. Lamentablemente, al crecer en ese ambiente, después es complicado adaptarse a un mundo más amable. No lo entienden, les resulta difícil ser amados y amar plenamente. 

-Supongo que su esposa, perdón, ex-mujer, hizo grandes esfuerzos por adaptarse. -tras la frase tomó un gran sorbo de vino, como para compensar una posible represalia.- 

-Ejem, si, es verdad. Ella al igual que yo, tratamos de acercarnos y querernos sin límites, pero la aventura nos ha hecho pedazos. Supongo que a mí sobre todo. Como londinense, y mujer moderna, quiso ligarme basándose en lo que le decía su bajo vientre o como ella dice; below the belt sort of feeling. Pero eso no es el matrimonio. Como te digo, son gente que reduce el amor al sexo, y la vida a la mera supervivencia. 

-¿Dónde vive ella ahora? 

-Justo encima de este apartamento. -dijo el profesor, señalando con el dedo índice hacia arriba, y con voz baja, como si ella fuera ahora a escuchar sus palabras. -Es que no la soporto, pero tampoco puedo vivir sin ella, honestamente. 

-Aaaah, entiendo. -Se sintió confundido, pero como tenía donde mirar y con qué estimular su mente, se dejó llevar por el espectáculo visual de los cuadros del apartamento, y así poder olvidar momentáneamente, el impasse de la situación-. 

Para cuando estaban más allá del bien y del mal, dándole sorbos a un amontillado llamado La Inglesa, alguien llamó desde una puerta interior. El profesor hizo un gesto de leve desazón, tras lo cual dijo; -¡Pasa! -Una bella mujer de unos cincuenta años apareció por una disimulada puerta que estaba en una esquina de la cocina. Llevaba una bata y un camisón de seda que le hacían tremendamente seductora. El joven se sintió traicionado por su reacción emocional e inmediatamente se sintió indispuesto e inquieto, pero trató de disimular.

-Perdona cielo pero no sabía que estabas acompañado, disculpadme, me marcho ya. -Dijo la mujer con un falso gesto de desprecio y una voz algo ronca pero tremendamente sensual.-

-No, no te preocupes, es un antiguo alumno, Alison, te presento a Segismundo. -El profesor hizo exactamente el mismo gesto facial, pero en versión masculina.-

-Encantada Segismundo. -Produjo una sonrisa incongruente, mezcla de desinterés a juzgar por la expresión de su boca, y de lascivia, si nos fijáramos sólo en sus ojos...  -y espero que el profesor no te esté indoctrinando con sus teorías conspiranoicas sobre los anglosajones...es difícil llevarle la corriente a un genio lunático. -Alison pronunció las frases lentamente, mirando al suelo, de modo que sus increíblemente largas y curvadas pestañas hipnotizaran al incauto de Segismundo. Para terminar, disfrutó lentamente de la palabra lunático, momento en el que clavó sus ojos en el desgraciado joven. Durante la fracción de segundo en que pronunció el fonema "lu" mostró su brillante y roja lengua. Segismundo se sintió atravesado por una atracción morbosa e inapropiada hacia la mujer o mejor dicho, ex-mujer del profesor.

-Encantado. Jeje, son ustedes algo especiales, creo que nunca he estado una una situación tan extraña. Mmm. No sé si tomaros en serio, ¡pero me lo estoy pasando genial! ¡Ja! -Produjo una sonrisa forzada y nada convincente.-  

-Eres muy diplomático Segismundo, me alegro que disfrutes de la velada. Cariño, ¿me pones una copa del vino que estáis tomando? Y....¿te importa que me una a vuestra conversación? Estaba un poco aburrida en el piso de arriba. Me he pasado el día entero sola. -Se sentó en un sillón frente a los dos hombres, mostrando unas piernas sensuales que brotaban del vestido encarnado como diabólicas y torneadas tentaciones.

-Te pondré una copa, no nos vamos a pelear por eso. Este hombre ya se iba, así que tomemos la última y después cada mochuelo a su olivo. -El vino tenía color caoba, como el pelo de la mujer. En nariz era punzante, con aromas de especias tostadas, recuerdos a madera y frutos secos. En boca, amplio, estructurado, y persistente. Ella cató el vino y lo saboreó despacio, aprovechando furtivamente cada ocasión, para captar vibraciones de Segismundo, mientras los dos hombres continuaban su perorata. 

Se supone que todo se iba a terminar en cuestión de unos minutos, pero no. Al final la mujer se acabó uniendo a la conversación. Los tres se enzarzaron en una disputa a tres bandas cada vez más abstracta y progresivamente más angosta. Segismundo tuvo la impresión de que ambos interlocutores lo intentaban atraer de alguna manera a su terreno, lanzaban preguntas o proponían un dilema para cazarlo, exponer sus debilidades o simplemente para gozar mientras él, se revolcaba panza arriba tratando de defenderse de las argucias de sus dos oponentes. ¿Quizás fue el amontillado, que lo hizo algo más desconfiado? Acabaron la botella y se bebieron otra de la misma bodega. Para cuando Segismundo intentó marcharse, estaba muy afectado por todo, incluyendo los caldos que había tomado. 

-Segismundooo, que buena charla hemos tenido. Te veo muy cansado, y es tarde, ¿porqué no te quedas a dormir? No creo que sea apropiado salir en tu estado al mundo real. Te traeré una manta. Ahora vuelvo.

-¡No se preocupe profesoorrr! bueno, da igual...¡Qué vergüenzaa! -dijo, mirando a Alison. Ella le devolvió una mirada lujuriosa. Al poco retornó el profesor con unas sábanas, mantas y almohada. 

-¡Ea, ahi tienes de todo! ponte cómodo. Yo me voy, mañana hablamos. No puedo tenerme en pie. !Au revoir!

Alison y Segismundo se quedaron solos tras la salida abrupta del profesor. Ella se levantó al momento, y se dirigió hacia el joven. Se aproximó tanto a él, que su pubis quedó a menos de un milímetro de su cara. En distancias tan cortas, la seda mostró toda su capacidad de hacer estragos en la voluntad. Y los aromas y las formas humanas más allá de lo soportable. Segismundo sintió que el mundo se le venía encima. Ella murmuró algo. Aunque pronunció palabras audibles, él creyó haberlas olido. Era un aroma a especias picantes, con un poco de vainilla. Un tiempo después, tras saborearse el uno al otro aquellas regiones en las que estás pensando, desaparecieron por la puerta secreta, sin saber en qué lio se acababan de meter. Pero así es la vida, mucho mejor que la ficción.