viernes, diciembre 23, 2011

Icaro Chamuscado




Icaro era un niño que quiso volar muy muy lejos. Pasaba todo el día pensando cómo podía sobrevolar las montañas o incluso llegar a la Luna o las estrellas. Icaro trabajaba sin descanso en su taller, construyendo alas y máquinas que pudieran elevarle cada vez más y más alto. Después de muchos años de estudio y de grandes proyectos, Icaro se hizo un hombre. Para entonces ya había logrado varias hazañas, como sobrevolar mares y desiertos. Sin embargo, él seguía tan apasionado por sus máquinas como cuando de niño vio por primera vez un dibujo de un hombre sobrevolando una ciudad. Un día y tras largos trabajos, Icaro finalizó la construcción de un cohete que le lanzó tan lejos que atravesó la atmósfera. Al fin alcanzó a tocar la Luna y las estrellas en su frenético viaje cósmico. El cohete alcanzó tal velocidad que Icaro sintió que su cuerpo ardía. Desde la Tierra los observadores pudieron ver cómo Icaro y el cohete se transformaban en una bola de fuego. Al caer a la Tierra, todos fueron corriendo a saludarlo y darle la enhorabuena, sin embargo, Icaro se levantó del suelo  cabizbajo y con los hombros hundidos. El joven sintió una enorme vergüenza al verse completamente chamuscado como un trozo de carbón frente a sus admiradores. Todos gritaban: -¡Icaro! ¡Icaro! ¡lo has conseguido!- sin importarles el aspecto de su héroe. Mientras la gente se arremolinaba para saludarlo Icaro se mantuvo en silencio, como absorbido por sus emociones hasta que de pronto dijo: -estoy muy cansado- y acto seguido se marchó a casa sin decir más. Su gesta turbó a todos de tal manera que al narrar aquél día, nadie de los que allí contemplaron a Icaro alcanzar el cielo pudieron incluir en la historia su inesperada respuesta. A partir de entonces, Icaro decidió nunca más volar y dedicó el resto de su vida a enseñar a otros sus conocimientos.