miércoles, enero 09, 2013

Allí Donde la Casualidad No Existe


Ambos eran psicólogos, consumados tertulianos y amigos de toda la vida. Uno era miembro de un partido político y el otro era un crítico de sofá. Uno era un consumado poeta y el otro un junta letras. La lista de discordancias era interminable. Un ejemplo más tangible que podria reflejar lo poco que tenían en común sería el decir que uno era un forofo de su equipo local y el otro un alérgico a todo lo relacionado con la testosterna y el entretenimiento de masas. Cada uno con sus ideas dispares siempre se llevaron bien, pero al atravesar el ecuador de sus vidas notaron una afinidad creciente. 

Un día en que el fóbico al deporte vino de visita a la ciudad del futbolero, éste invitó al otro a ver un partido juntos. -¿Quieres venir conmigo?, iba a ir solo y pensé si te apetecería acompañarme- El otro no encontró una razón ilógica para negarse. -No puedo dejar a mi amigo solo...para una vez que estoy en la ciudad- pensó mientras asentía al teléfono. Al fin y al cabo, ya casi no tenían tiempo de estar a solas. Cargados de hijos y de obligaciones, cualquier oportunidad para compartir un momento juntos se había convertido en un placer a degustar como un plato exquisito.

El segundo psicólogo, como siempre llegó puntual. Tuvo que esperar a las puertas del estadio a su amigo.  La espera le dio ocasión a reflexionar sobre lo que veía alrededor: Vendedores de pipas y otras golosinas anunciando grandes ofertas y por su puesto aficionados abrigados con bufandas luciendo la insignia local. Eran gentes de todas las edades y circulaban de un lado a otro como nerviosas hormigas esperando el momento para agolparse a las puertas de su santuario. Pudo escuchar a diversos grupos de personas hablando en otras lenguas mientras esperaban a sus amigos. Esto le dio que pensar. Una ciudad tan señera que no atrae espectadores para su castizo teatro era sin embargo capaz de atraer a extranjeros a participar en  un pasatiempo tan soso y predecible como una hamburgesa del McDonalds.  El psicólogo pensó que esta tendencia a la trivialización de la vida cultural era un signo de nuestros tiempos. Justo a tiempo el primer psicólogo llegó sudando y algo avergonzado. Para entonces las masas de aficionados ya habían desaparecido de los aledaños del campo y la entrada fue por tanto fácil y sin obstáculos. Se había olvidado de las entradas y volvió a casa a recogerlas. Ya dentro del estadio el segundo psicólogo se sorprendió de lo agradable del ambiente y de la cordialidad de los espectadores, a pesar de las estrecheces de los asientos y del frío reinante. Los espectadores eran en su mayoría aficionados del equipo local, lo cual daba un aspecto homogéneo al estadio. No tardaron mucho en vociferar sus opiniones sobre la dinámica del partido y de manera gradual dichas voces comenzaron a corear casi al unísono opiniones al parecer generalizadas sobre la popularidad del presidente y del entrenador del equipo. Era como si una ciudad verbalizara a voz en grito a su alcalde lo que la ciudad requería. Como era de esperar no hubo respuesta de la autoridad. En cualquier caso los espectadores continuaron cada vez más enfadados con sus cánticos y críticas las cuales se extendieron a los jugadores y a los contrincantes. Ambos equipos parecían hacer uso de sus habilidades y no desistían de su empeño en encajar algún gol, pero la percepción generalizada era que el equipo local ´debía´de ganar. Era como si no hubiera lugar para la suerte en las mentes de los espectadores. Ser campeón parecía ser el único resultado aceptable del torneo. Al final y para alivio del estadio entero incluyendo supongo a su presidente y al entrenador, el equipo local consiguió marcar casi al final de la segunda parte. Hubo una relajación general y la crispación acumulada en los minutos anteriores pareció disolverse de inmediato. Los dos psicólogos se abrazaron y el primer psicólogo pareció más aliviado que contento. El segundo psicólogo desarrolló su última reflexión mientras tomaban una cerveza en un bar: los seres humanos tienen fobia a la causalidad, a la estadística y a todo aquello que los empequeñece. Era igual de probable que cualquiera de los dos equipos resultara vencedor, pero factores contextuales habrán hecho al equipo residente más decidido, más presionado para ganar y esto incrementó las ocasiones en las que se acercaron a la portería contraria lo cual a su vez incrementó las posibilidades de gol. Mientras elucubraba, el primer psicólogo habló de la falta de convicción en su equipo para asumir una autoimagen de ganadores. Ninguno de los dos prestó atención alguna a lo que decía su amigo, pero ambos se sintieron justamente en el mejor sitio posible. La vida los había alejado y acercado muchas veces, como si de almejas arrastradas por la marea se trataran. Pero ambos sentían que no podía ser cuestión de suerte que fueran tan buenos amigos. Tras una larga y reconfortante charla se despidieron con un profuso abrazo. El segundo psicólogo se marchó de la ciudad con las baterías cargadas y con la extraña sensación de que por alguna razón no podía ser casual que fueran amigos. A pesar de su racionalidad, había sido presa de la supersticiosa creencia que impregnaba esa parte de la ciudad. Percibió tal efecto de manera subconsciente, pero se dejó llevar por esa agradable sensación sabiendo aliviado que sería un estado temporal.