domingo, enero 13, 2013

El Silencio de la Madre


El hijo le preguntó al padre sobre las estrellas, los planetas y las galaxias. Como padre, el hombre se sintió importante y agradecido de que un niño de cinco años, su hijo, tuviera ese interés más allá de la realidad inmediata de su pequeño mundo infantil. El chiquillo hablaba con seguridad, pero sobre todo con curiosidad, ejerciendo con plenitud esa facultad en muchos atrofiada. En un momento dado, la conversación adoptó de algún modo un tono en el que los cuerpos celestes fueron objeto de tal apreciación que el padre no pudo evitar darles un ánima. -Es cierto que los dioses no existen-, pensó el padre, -pero los sentimientos y sobre todo las creencias si que existen. Y los seres humanos las necesitan como el aire y el agua-. Por eso el padre le dijo a su hijo, que el Sol era el  padre de todos nosotros, y la Tierra era la madre. -Ellos nos crearon, y siguen creando vida especialmente en primavera-, narró con deleite a su infante. En el fondo de la habitación relucía un azulejo en donde se representaba el sol de ocho rayos. Su presencia en el centro de dicha pieza se irradiaba multiplicando su patrón regular hacia el observador. Mientras el padre continuaba explicando la inextricable relación entre las esferas y los hombres, y el niño hacía más preguntas, el azulejo parecía cargarse poco a poco de magnetismo. El padre miraba al azulejo de vez en cuando como buscando un punto de apoyo para continuar contando más y más cosas sobre los hombres y las estrellas. 

Pasaron los años y el niño creció. El padre continuó siempre guiando a su hijo el cual pasó a ser un adolescente y  más tarde un adulto. Un día ya de mayor, volvió a casa de su padre de visita, y reconoció el azulejo. Al estar siempre ahí, nunca había reparado conscientemente en él. Pero aquél día, por algún motivo la estrella de ocho rayos le llamó la atención lo suficiente como para generar una vez más, inquietud e interés. Aquella sorprendente figura todavía estaba en el salón, colgada en el mismo lugar. Dado que siempre había estado allí y que de pronto se dio cuenta de su presencia y de la relevancia de su significado, quedó absorto durante un tiempo, como intentando buscarle el sentido a algo especial que había percibido al contemplar su geometría. Después de un lapso de tiempo, se acercó a su padre y compartió con él una revelación que experimentó tras su reflexión. -Papá, creo que después de muchos años de vivir en presencia de esta estrella he comprendido porqué los andaluces tienen dicha figura al alcance de la vista allá por donde vayan. El padre algo perplejo le pregunto al hijo, -¿porqué, porqué crees que está por todas partes hijo?- El hijo le contestó: -para que los andaluces nunca nos sintamos solos. Miremos donde miremos nuestro padre está cuidando de nosotros-. Los dos miraron al azulejo, el cual irradiaba con fuerza la forma de ocho puntas. La madre que escuchaba la conversación vio cómo del azulejo emanaba esa figura seminal. Ella pensó para sí mísma, el porqué de la repetición de la figura y su expansión contínua. Pero no dijo nada. A su mente acudió el día en que ella misma diseñó el dibujo. En ese momento el padre le recordaba  a su hijo que el azulejo fue creado tras su nacimiento.