Aquellos eran los años en que fresco como una lechuga sufría
la siega del país de la picaresca. Durante esos ‘entonces’ si me arrancaban
pedazos de mí, me volvían a crecer como los cangrejos. Supongo que era el deseo
de vivir. 'La vida', sin embargo, ya me
daba indicios de que eso de ‘vivir’ no iba a ser mi destino si decidía
continuar en aquella parte del mundo durante mucho más tiempo, pero de eso me dí cuenta poco a poco y
tardé en reaccionar.
En una de esas instancias en las que yo me encontraba sin
trabajo y con mucha actividad voluntaria que hacer (es decir toda la ‘vida’ de
adulto de la cual tengo memoria antes de emigrar), me engañaba a mí mismo
pensando que así ganaría experiencia, y que tras muchos cursos, formación y psicoterapia
para los pobres y sin cobrar, encontraría un puesto como Dios manda. Hice
cursos, gané experiencia y demás, pero nunca me sirvieron de nada. Tardé años en
recuperarme del gran palo que sufrí debido a mi obstinada visión heroica de mi
existencia.
Mi madre que es una psicóloga frustrada, hacía un sostenido
esfuerzo por mantener mi autoestima con sus propios métodos, en lo que por
entonces se conocía como una sociedad con niveles gigantescos de paro ‘estructural’.
Quería ayudarme y claro, ella sabía que uno no puede ser un psicólogo de verdad
sino tiene pacientes. Un día me dijo que después de haber hablado mucho con una
de esas amigas que ella se echaba en sus salidas de tapitas con ‘el Calvo’, había
decidido derivármela a mí, a su Alter
Ego, el Aprendiz de Psicólogo Clínico.
‘El Calvo’ era un viudo con un bigote estrellado en medio de
su cara que hacía de compañero sentimental de mi madre, viuda también. El bigotudo
y empedernido fumador, era un cínico y mediocre sujeto que parecía haber salido
de una película de Alfredo Landa y que se entretenía gruñendo y poniendo falta
a todo menos a lo más casposo y hortera de nuestra querida ciudad. Y como había
que fastidiar y yo no coincidía en ningún modo con lo que él consideraba un
modelo de ciudadano, me puse al alcance de su afilado pico, el cual estaba decorado
con plumones amarilleados por la nicotina. Cada vez que me veía no podía evitar
el tener que vomitarme encima con uno de sus excrementos mentales (como si de
una lechuza se tratara) sobre lo absurdo de la profesión de Psicoterapeuta/Psicólogo
Clínico. -¡Pero vamos a ver! ¿Cómo se puede curar a una persona hablando?- Yo me ahogaba de rabia con
sus comentarios faltos de respeto y decoro. Ahora que soy más mayor y que el
hombre pasó a mejor vida, ya tengo una respuesta para él. Como digo, yo soy muy
lento. Al Calvo le hubiera dicho que: –Hombre, curar no sé si se puede curar con palabras, pero ¡joder! me estás vacilando con las tuyas, así que si algún día tienes el interés
en ser más cortés y sensato a lo mejor se te ocurre dejar de hacer daño con tu
verborrea, porque sino voy a tener que elegir entre darte un mazazo en tu calva
o acudir a un Psicólogo Clínico para que me cure de tu ponzoña, y la verdad es
que la primera opción me tienta mucho- El pobre, ha tenido la suerte de
desaparecer de este mundo a tiempo, para no tener que aguantar el desfogue de
mi rabia tardía.
Volvamos al tema, que ya me estaba desviando. El caso es que
tras su oferta de ayudar a una pobre mujer que sufría por el maltrato de su
marido, yo muy puesto y profesional acepté la oferta de mi madre. Me acordé del señor Freud, y de las clases
de psicoanálisis de la facultad. Sigmund Freud era un héroe. Al principio de su
carrera había visto pacientes sin cobrarles un duro, y al final después de
mucho esfuerzo se convirtió en el paradigma del Psicólogo Clínico. También estaba el hecho de que mi madre había
sido abusada por mi padre. Por tanto había una doble conexión. Doble motivo
para ayudar, para continuar siendo un Quijote sin hidalguía. No me lo pensé
mucho y concertamos una cita. Lo de la posibilidad de cobrar por la sesión se
lo dejé al destino.
La señora parecía una dama de Elche, toda cubierta de joyas doradas con motivos
religiosos. Tenía una expresión egregia, magnificada por la ‘permanente’ con la que su peluquera de barrio había decidido moldear su dañado cabello rubio de bote. Para resumir, el retrato que tenía enfrente daba unos aires de limpiadora de hospital venida a
más. Yo la dejé hablar para que ganara confianza. Pero lo que pensé iba a ser
una breve descripción introductoria de su problema se convirtió en una retahíla
interminable e insufrible. Al principio tuve una gran compasión por ella. Su
marido no le hablaba, no tenía ternura ni interés en ella. Decía que el hombre
tenía una ‘personalidad doble’ cosa que yo nunca había escuchado, ni he visto
en los veinte años que llevo dedicándome al oficio. Todo parecía dramático y
era fácil empatizar con la doña, que sufría del abandono y ostracismo de su negligente
marido. Pero para mi sorpresa, me fui dando cuenta que ella no reaccionaba a
mis intentos de comunicar empatía, ni a mis esfuerzos por aclarar un
determinado asunto, ni a nada parecido a un mínimo diálogo. Era como si yo
fuera un cadáver al que ella tuviera que velar, un testigo pasivo de una
crónica o monólogo que resumiera su vida con un Mario al que nunca pudo
cantarle las cuatro verdades.
Ella seguía y seguía hablando, inundando la habitación con
un mar de palabras vacías y la letanía de quejas y defectos que encontraba en
su marido. Yo me sentía cada vez más anegado y con cada una de sus palabras me
iba costando más y más tenerme a flote hasta que acabé por hundirme en un
profundo océano de soledad y tristeza. Esto continuó así durante una eternidad.
Al final todo lo que quedó de mí fueron las dos esferas de mis ojos apuntando a la ominosa sirena. Todo lo demás
se había disuelto en ese magma ácido y oceánico de recriminaciones e
injusticias. Creo que fueron alrededor de tres horas cuando abruptamente dejó
de hablar y dijo que ya había terminado. Se despidió de mí con una sonrisa de
alivio y satisfacción, pero no recuerdo si me dio las gracias o fui yo el que se
las dí a ella. Por supuesto, no sacó de su bolso ni una estampita de alguna de
las múltiples vírgenes que colgaban de sus cadenas de oro. El cerrar del grifo de
su boca y el abrir de la puerta para dejarla marchar, permitió que el océano de
palabras vanas que anegaba mi mente y la habitación entera, fueran poco a poco
retirándose dificultosamente para dejar a la vista una playa de afilados
pedruscos negros en donde reposaban mis quebrados restos mortales.
De este modo concluyó mi intervención y nunca más la volví a
ver. Mi madre no volvió a mencionármela. Y creo que nunca más me recomendó a
otra de sus desgraciadas amigas. Supongo que ella quedó satisfecha con mi
prueba de fuego ya que a partir de entonces instigó el hecho de que los
honorarios son algo más que una recompensa material. Como reflexión, debo
confesar que con el tiempo le he dado algo de razón a ‘el Calvo’. A lo mejor es
que la Psicología Clínica cura sin hablar.
Como añadidura, ahora que me planteo el volver a esa tierra
devota de sordos santos y vírgenes, me pregunto si tendré que reencontrarme con
mis viejos pacientes de bolsillos vacíos y cuellos repletos de alhajas, y con
ese paro estructural que es tan grande y viejo como la catedral.