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domingo, enero 26, 2025

Todos somos Bulgákov

El ángel se sintió traicionado por sus propios pensamientos y quiso acudir a algún paladín que le salvara de sus propias dudas. Pero no pudo. Volvió sus ojos a la Tierra para atemperar su aflicción. Pensó que quizás contemplando con sigilo, la miseria de algún humano encontraría alguna respuesta. Así no tendría que perturbar la paz perpetua de los ángeles y los cielos. Por ello bajó de los confines del firmamento y entró sigilosamente en la casa de un sacerdote de una ciudad europea. 

El hombre intentaba extraer alguna respuesta del sacerdote, algo que pudiera calmar su pena. Mientras tanto el ángel escuchaba con atención entre las sombras. 

-Si, la tristeza nos abruma, padre. Nos es difícil olvidar a nuestro hijo y, por añadidura, atravesamos tiempos muy duros. Pensaba que el tiempo curaría las heridas y ya ve...

El hombre guardó silencio, y se quedó pensativo, quizás esperando el aliento del viejo sabio. 

-No podemos hacer nada -balbució turbado el sacerdote. Es la voluntad de Dios. -Sus blancas manos cayeron pesadamente como palomas abatidas en una cacería, sobre los libros que estaban desparramados por toda la mesa. 

El hombre lanzó una pregunta sin saber cuántos escuchaban su plegaria en aquél oscuro estudio. -¿Terminará esto alguna vez? ¿Será mejor lo que ocurra? 

En ese momento el tiempo quedó congelado. El ángel salió de las sombras y se interpuso entre el sacerdote y el joven. Los examinó a través de un espacio divino sin poder ser visto. Quiso estar entre ellos y sentir el dolor y la confusión de aquellas almas perdidas en el fragor del presente contínuo. Ejercitando su enorme poder, materializó entre sus manos la enorme baraja de posibles futuros, de opciones que aquellos que observaba tenían ante sí. Todos los pensamientos y acciones de los dos hombres estaban escritos en aquella infinita baraja. Cada uno sacaría una carta y el mundo proseguiría en presente continúo. Sólo él, el ángel, conocía desde sus recónditas brumas celestiales, que todo está escrito menos el presente. Y que el mundo existe como un abanico que se abre y se cierra frenético, dejando a todos atónitos, frente a un futuro que solo genera interrogantes a  los mortales. 

El ángel prestó mucha atención a los libros que atestaban la habitación, los atuendos de los hombres, la atmósfera y la tenue luz del atardecer que dibujaba bellos claroscuros en las caras de sendos cristianos. Quedó prendado de la contundencia de la escena, de su profunda realidad y de la exquisitez de aquel íntimo diálogo. Se guardó para sí aquella escapada secreta, y abandonó instantáneamente el presente congelado de los hombres. Retornó así a la seguridad y paz celestial, pero al cabo de un tiempo infinito, el convidado de piedra volvió a reexaminar sus pensamientos. No experimentó calma ni sosiego. Más al contrario, percibió el mazazo de sus conclusiones, como si los engranajes de su mente hubiesen movido una pesada manilla que implacable, y a pesar de su lentitud y parsimonia, clavase de un golpe, el avance de la duda sobre su destino. 


martes, diciembre 05, 2023

La Moratoria

Efrasio y su hijo Avicena estaban en un viaje interestelar que aunque no los había estrellado letalmente contra ningún meteorito u otro objeto celeste, sí que había salido horriblemente mal. Se supone que tenían previsto transportar a miles de pasajeros que debían recoger en el sistema solar Amil C. Pero en el transcurso de que tuviese lugar el deseado evento, sucedió algo imprevisto. Se habían desplazado muy lejos para llevar a cabo un cabotaje muy especial, y era la primera vez que Avicena participaba en una aventura de esta categoría. El chico debía tener unos dieciséis años y según las leyes educativas de la época, la prioridad era su vocación, por tanto, se le permitía pasar a realizar actividades de seguimiento de profesionales veteranos para después de unos años, volver a estudiar teoría y obtener su título de oficial de astronomía. Avicena había nacido en las inmediaciones de Próxima Centauri. No había conocido el planeta Tierra. Hacía muchas generaciones que su familia había dejado atrás el sistema Solar primigenio. La historia humana seguía hacia adelante, pero más allá de los confines del Sol y sus planetas. Al fin, la simiente humana se había podido desligar de su jaula de oro, de su nido primordial, para poder adentrarse por el oscuro espacio interestelar de la Vía Láctea.

Padre e hijo se encontraban bastante perplejos ante la situación. Acostumbraban a hablar de ciencia y filosofía, y debido a que al fin y al cabo, vivían en una nave espacial, tenían mil y una ocasiones para encontrarse en medio de largas tertulias, mientras se dirigían a recoger a los pasajeros que les esperaban a varias horas-luz de distancia. Había en efecto, mucho tiempo para intercambiar ideas, pero sobre todo, para realizar observaciones astronómicas alucinantes, por el espacio interestelar. La gigantesca nave, que tenía varios kilómetros de largo, llevaba incorporada una gran tecnología para poder acumular datos de aquella región del espacio. Ellos estaban encargados de asegurarse que todos los instrumentos hacían su trabajo, los cuales  eran controlados remotamente por un ejército de astrofísicos del Instituto de Astronomía de Andalus, la ciudad de donde procedían. 

Las más recientes discusiones entre padre e hijo estaban relacionadas con la expansión del universo y la posibilidad de que algunos retazos de esa inflación que ha experimentado el cosmos en sus momentos iniciales, pudiese haber generado algunas anomalías locales y otras de más largo alcance que fuesen responsables de su accidentado viaje. Pero Avicena era extremadamente inteligente, y tenía sus propias preocupaciones científicas. Como muchacho atrevido, hoy le había preguntado a su padre qué pensaba sobre la existencia de vida humana en otros planetas desconocidos. Efrasio le contestó con gusto, siempre orgulloso de que su hijo tuviese curiosidad y la expresase abiertamente:

-Creo que en relación con lo que hemos estado hablando, el universo es o puede ser, un lugar isótropo, es decir, es igual por todos lados, independientemente de a dónde mires, todo es exactamente igual. Por lo que respecta a la existencia de vida, a grandes rasgos y siguiendo la lógica de la materia y los fenómenos físicos, si hay vida, entonces la debe de haber por todos lados donde haya materia. Debe de encontrarse en todas las direcciones, allí donde haya planetas y soles, y yo diría que de la misma forma y manera en que se nos presenta a nosotros...

Avicena se quedó pensativo, y después se le ocurrió imaginar todo tipo de variantes humanas, asunto que no pudo contener y tuvo que compartir con su padre...Efrasio le contestó de una forma proporcional y contenida...

-En efecto, puede que haya seres como nosotros con cuatro brazos, o mujeres con seis pechos, pero esencialmente eso no cambiaría nada. La arquitectura fundamental debe ser la misma. Igual que las estrellas, los planetas y las galaxias responden a los mismos parámetros y procesos subyacentes...allí donde mires, todo lo que ves, debe de estar fabricado de la misma manera...Por otra parte, y saliendo por peteneras, te diría que incluso en nuestra cultura antigua ya se adelantaron a todo eso de la diversidad biológica, aunque a lo mejor fuese una forma hiperbólica de entender la epopeya humana...según parece, los gigantes llamados Hecatonquiros que defendieron a Zeus contra Cronos, tenían cien brazos y cincuenta cabezas...y no me voy a extender en mencionarte los muchos personajes mitológicos que conoces de sobra, mitad hombres, mitad caballos o cabras...En cualquier caso, esto lo digo porque creo que quizás sean formas inconscientes de reflejar a través de la psique colectiva, una dinámica cósmica pero en versión terrícola. 

Avicena ignoró la parte más pedante narrada por su padre, y se enfocó en lo que le interesaba -Pero papá, eso significa que somos más vulgares de lo que pensamos....

-Efectivamente, y ¡qué observación tan brillante! En cualquier caso, es muy posible que a nadie le apetezca pensar mucho en eso. Tiene que ser bastante desagradable para la mayoría, sentir que su propia existencia es vivida exactamente igual, por seres que experimentan las mismas emociones que nosotros, en miles de millones de partes del cosmos, miles de millones de planetas...¡qué vulgaridad!...

-Es verdad, no suena nada apetecible pensar, que en realidad los humanos seamos criaturas abundantes, como átomos de hidrógeno, e indistinguibles los unos de los otros. Es decir, que nuestra vida pueda no ser especial de ninguna de las maneras...-Avicena se quedó absorto, asombrado de la agudeza de sus propios pensamientos.

-Efectivamente hijo...pero muy a pesar de eso, nos sentimos únicos e importantes, y lucharemos contra el hecho de que no seamos más que clones, por siempre jamás. A propósito de cuestiones peliagudas. Como ya sabes, el ordenador científico ha arrojado una serie de conclusiones respecto a lo que nos ha ocurrido...nos hemos perdido tras sufrir una leve turbulencia y creo que va a ser momento de que hable con el resto de la tripulación, porque de momento somos nosotros los que sabemos lo que ha pasado, pero el resto de la tripulación está en Babia. He pensado en que hagamos una reunión mientras almorzamos con los oficiales. ¿Quieres estar presente?

-De acuerdo papá.

-Además hay algo adicional que contar, pero que no te he revelado todavía. Creo que te va a gustar bastante, pero me la quiero reservar para cuando hablemos a la tripulación...

A Avicena se le iluminaron los ojos....se quedó absorto, tratando de imaginar qué podía ser...Pero tendría que esperar un poco. Tras varias horas, terminaron las labores de mantenimiento de los aparatos astronómicos y se fueron al salón comedor donde Efrasio había convocado a los oficiales de abordo. Había un oficial por cada departamento, de modo que se encontraban en una mesa redonda de veinte comensales y una mesa igual pero más pequeña de unos diez ocupantes, para los jóvenes que quisieran escuchar la discusión. Todos eran hijos de los oficiales o bien familiares indirectos. Efrasio habló en andaluz para todos, ya que el castellano era la lengua internacional espacial. Todo el mundo entendería el andaluz...era el inglés neyorquino del mundo moderno. 

-Queridos compañeros, os he convocado esta tarde para daros la última estimación del ordenador astronómico. Antes de daros las noticias he tenido una reunión bastante larga con los científicos de mi departamento, con los que he discutido en profundidad los datos, hasta que todos hemos alcanzado un consenso. Han sido muchas horas de trabajo, bajo presión y mucho nerviosismo como podéis entender. Todos estamos muy confusos. En cualquier caso, quisiera definitivamente afirmar que hemos experimentado una especie coletazo errático inflacionario que localmente, es decir, por donde pasábamos en ese momento, nos ha lanzado a una región extrema del cosmos a la que no es técnicamente posible llegar por medios humanos. Hemos tenido que viajar a velocidades superiores a la de la luz, por un estiramiento anormal del espacio, lo que nos ha hecho caer por la cuneta, por decirlo así, y derrapar hasta un paraje por completo desconocido. Estamos literalmente en la vecindad de una estrella muy parecida al Sol, lo cual no es nada de extraño, ya que el Sol es una estrella bastante común, como sabéis. Lo único de peculiar es que hemos estimado su edad, y al parecer está en un periodo crítico, en el que puede que experimente una expansión inesperada en cualquier momento y absorba a todos los planetas circundantes. Curiosamente, estamos muy cerca de uno de esos periodos críticos...y para colmo creemos que hay vida en el planeta que tenemos a unos días de distancia. Os pido permiso para realizar una exploración del mismo, ya que es la primera vez que la humanidad se enfrenta al potencial encuentro con otras formas de vida. Hemos visitado muchos mundos en los últimos miles de años, pero nuestra civilización humana nunca había encontrado nada parecido, según indica el ordenador. Hace siglos un físico llamado Alcubierre, ya predijo la posibilidad de viajar a velocidades hiperlumínicas, pero sus elucubraciones se consideraron ciencia ficción...

-Doctor Efrenio, disculpe mi interrupción. Creo que lo que comparte con nosotros es sin duda un hallazgo científico sin precedentes, pero como capitán de esta nave, entienda que me siento abrumado al saber que estamos más allá de las cartas astrónomicas, en un posible universo paralelo donde la luz de nuestra galaxia nunca ha llegado, ni llegará jamás. Creo que es momento de llorar y tomar consciencia de que nunca volveremos a ver Próxima Centauri, La Tierra o ni siquiera a nuestros seres queridos. Honestamente, creo que no nos interesa lo más mínimo el conocer a otras formas de vida, o lo que quiera que exista ahí abajo...-Su tono de voz se fue quebrando conforme iba hablando y el capitán Gastón Faubert, de origen argentino, tuvo que parar de hablar debido al torrente de lágrimas que asomaban por sus mejillas, y el nudo que se le había formado en la garganta.

-Tiene usted razón señor Gastón. Lo siento mucho, creo que he ido demasiado rápido. Quizás debemos de tomarnos las cosas un poco más despacio. En cualquier caso, solicito permiso para reunirme con los oficiales de mayor rango del ejército, de psicología, medicina y de astrobiología para planear una visita al planeta. Por cierto, si no os importa, he bautizado al planeta con el nombre de Barbate. Un pueblo del sur de Andalucía, la Andalucía de nuestros antepasados...Todos aceptaron la propuesta. Psicología sabía de antemano las intenciones del doctor Efrasio, pero hubo que aparentar cierta espontaneidad...

Hicieron una votación y se aprobó la preparación de un contingente excepcional de exploración de Barbate. También se aprobó un plan para informar a la tripulación de la situación, con psicología tomando el mando del plan y otro plan para estudiar la posibilidad de analizar con detalle las ondas gravitatorias locales con el objetivo de un posible retorno al punto de partida, con el liderazgo de los astrofísicos.   

La hueste elegida, consistía en un grupo heterogéneo de robots, ciborgs, militares, científicos y oficiales médicos. Descendieron en varias naves que llevaban armas pesadas y escudos electromagnéticos. Lo que encontraron les hizo palidecer. Todos llevaban cámaras insertadas en sus cuerpos....con lo cual Efrasio y Avicena tenían un seguimiento directo 24/7, de las aventuras del equipo explorador. 

Los astrónomos de la nave se encerraron en su departamento, con toneladas de alimentos y mantas, creando una especie de pequeño búnker que pronto apestaría a tigre, como es lógico. No querían abandonar las pantallas. Sentían que iban a dejar a sus compañeros abandonados si no tenían contacto visual constante con ellos. Avicena estaba alucinado....Los exploradores liderados por los inmortales robots y los ciborgs, iban abriendo camino. Todo parecía extrañamente familiar. Plantas que parecían árboles o hierba. Bosques, lagos y mares. Cielos azules y nubes blancas. Pronto aparecieron aves y animales que pastaban o que parecían predadores. Después de varios días sin grandes incidencias decidieron hacer un campamento más estable y con estrictas medidas de seguridad. Se apostaron allí y dejaron que los ciborgs ampliaran el radio de exploración. Varios grupos biónicos se dirigieron a los diferentes puntos cardinales partiendo del campamento. La nave nodriza había lanzado varios satélites y cientos de drones, para cubrir por GPS la actividad de los exploradores en todo momento. De ese modo, y cubriendo todas las eventualidades, al fin hicieron contacto con inteligencias extraterrestres...El niño se acordó de las sabias palabras de su padre...un mundo isotrópico, igual al norte, que al sur, que al este o al oeste.

Fueron momentos apoteósicos. Increíble para todos y cada uno de ellos. Tanto los de la nave nodriza como los del campamento base. Los ciborgs tomaron posiciones a varios kilómetros de lo que parecía una aldea y unos habitantes de la misma totalmente sedentarios. Tenían animales para pastoreo y terrenos de cultivo. Recintos amurallados, escasa tecnología y una vida más bien ruda, pero atemperada por emociones y sentimientos propios de un espíritu humano...Fue una especie de extraño espejismo. Los humanos sólo habían visto la vida de la Edad Media de la Tierra en las películas y aquello era como una vuelta al pasado...una extraña vuelta a un pasado que podían ver y oler. 

Los ciborgs hicieron de perfectos ojeadores. Tomaron notas detalladas de los hábitos y cultura de los humanoides que poblaban aquella aldea y reportaron con fidelidad todo lo que vieron sus avezados cerebros electrónicos. Posteriormente, hicieron contacto con más aldeas y áreas urbanas, pero dado que aquél grupo fue descubierto primero, decidieron poner todo su esfuerzo en estudiarlos a ellos con más ahínco. Aquello parecía definitivamente un viaje en el tiempo, lo cual creó una gran confusión y extraña angustia en todos los hombres. No sabían si quizás estaban en la Tierra, aunque realmente no tuviese ningún sentido pensarlo. En sus mentes era imposible concebir el volver al pasado exactamente en su propio planeta de origen, cuando en realidad lo que habían hecho era alejarse muchísimo en el tiempo y el espacio. Pero la confusión los llenó de dudas y disforia. 

Tras varios meses de observaciones con las cuales habían analizado las características anatómicas, funcionales y psicológicas de aquellos seres, los humanos decidieron acercarse ellos mismos al pueblo, pertrechados con trajes especiales y bajo la celosa protección de sus robots. El aire era respirable, pero se mantenían aislados por cuestiones de seguridad microbiológica. De modo que si salían al exterior iban enfundados en unos equipos que a parte de ser perfectamente estancos, creaban una total transparencia, lo cual los hacía completamente invisibles para los ojos de las criaturas autóctonas. De este modo, los ojeadores humanos se infiltraron como espías de otra dimensión en las vidas de aquellos pueblerinos....Lo que veían y escuchaban no dejaba de sorprenderlos. Cada día suponía el registro y la constatación de la universalidad de la Historia. Cada hallazgo era cotejado por los equipos multidisciplinares de la nave nodriza, que aunque no eran ni mucho menos antropólogos o expertos en ciencias humanas, se documentaron con las bases de datos disponibles para cotejar los hallazgos empíricos con sus enciclopedias. Todo sucedía tal y como se narraba en las bases de datos. Avicena no salía de su asombro. Los niños de la aldea eran una delicia de observar. Los adultos, con sus rituales y rutinas suponían un disfrute y un contínuo reto moral a los silenciosos observadores, por muchos motivos. Sus enfermedades, disputas y tragedias eran vividas, necesitando una gran dosis de autocontrol. Espiarlos suponía crear una experiencia para la cual ninguno se había preparado, ni siquiera los psicólogos. Averiguar sus intimidades, desvelar sus mentiras y engaños, era como levantar la última barrera de la mente humana a su propio autoconocimiento. 

Al cabo de un año, todos sentían un gran cariño por los aldeanos. Era difícil no entrar a interactuar con ellos. Tanto los exploradores como los de la nave nodriza los veían ya como si fueran sus tatarabuelos, o como si fueran personajes de cuento que habían decidido materializarse en un parque temático. Habían estudiado al detalle su lenguaje y podían traducir al instante su lenguaje oral. Dada la falta de peligros significativos y bajo el control robótico, todos los de la nave pudieron hacer visitas y después retornar sanos y salvos a la seguridad de la nave nodriza que orbitaba fielmente alrededor del planeta Barbate. Descender al planeta era como ir a las vacaciones más increíbles jamás soñadas. Y más aún para el joven Avicena y sus amigos adolescentes. Después de estudiar la aldea, a la cual llamaron "La Viña" por los viñedos que tenían, visitaron muchas otras aldeas e incluso ciudades. El planeta Barbate había abierto los corazones de los hombres del espacio a un nuevo modo de concebir la realidad. Aún así, supieron contenerse y no dejarse llevar por los impulsos. Hubo muchas discusiones de carácter ético en cuanto a los derechos que podrían tener o no tener de interferir, biológica, psicológica y culturalmente con aquellos seres extraterrestres.

Entre tanta emoción, papá y Avicena, como buenos astrónomos, acabaron recordando que debían de retornar a comerse el coco con el asunto de la extraña causa que los propulsó a velocidades hiperlumínicas más allá del universo conocido. Efrasio y el equipo, tras varios meses de obsesión por aprender de Barbate, fueron retornando a sus estudios y cálculos que les permitiese entender las causas de su viaje por el espacio-tiempo. Hicieron un acuerdo con los demás departamentos de reunirse periódicamente para informar de los progresos. Los psicólogos habían recomendado que era necesario proporcionar medios para gestionar el impasse existencial en el que se veían inmersos y para ellos el primer paso era normalizar su situación dedicándose a observar el microcosmos humanoide de Barbate. Pero no debían quedarse estancados en eso. 

-Papá, supongo que vas a dar tu próximo informe ya mismo. Me pregunto si me puedes dar un adelanto. Estoy preocupado con todo lo que está pasando. Tengo sentimientos encontrados, ¿sabes? No sé si deberíamos quedarnos aquí y mezclarnos con esas gentes. Podríamos ayudarles y hacer sus vidas más fáciles. No sé, ¿tú qué piensas?

-Hijo, la verdad es que planteas algo tentador sin duda alguna. Pero lo que tengo para compartir no trae más que confusión a la ya difícil situación...la estrella que calienta a Barbate va a experimentar una expansión importante, en los próximos meses. Está llegando a un punto de inflexión que supone el fin de Barbate tal y como lo conocemos. Notamos grandes cambios en la actividad de la corona y en capas inferiores que nos dicen que la catástrofe es inminente...

-No puede ser...todo nos pasa a nosotros...nos perdemos en el espacio, nos encontramos con gente a las que no podemos hablar, ni relacionarnos con ellas y ahora que les tenemos cariño van a ser achicharradas por un mezquino sol moribundo y egoísta...-Avicena rompió a llorar con la mirada perdida.

-Lo siento Avicena -dijo su padre con voz temblorosa- yo tampoco lo entiendo. Tengo más noticias sobre las anomalías inflacionarias del espacio que pueden clarificar algo de lo que nos pasó al llegar aquí, pero esto que te cuento es más urgente....creo que es todo lo que debo de divulgar por el momento. 

-Vale papi, si quieres háblame sobre lo que has encontrado. Tengo la impresión de que te vas a referir al comienzo del universo para explicarme lo que nos ha pasado...

-Hijo eres un as. Es cierto, tengo que hablarte sobre el comienzo del universo... Cuando el universo se formó, el nivel energético era tan grande que quizás aquello se parecía bastante a lo que ocurre en los modernos aceleradores de partículas...las cosas se manifestaban de forma que la gravedad y los estados cuánticos estaban más integrados. Quizás haya habido burbujas de ese estado inicial que no hayan acabado de evolucionar como el resto de las regiones, y nos hemos tropezado con algún área del universo todavía bastante cargado de energía primigenia, quizás en forma de energía oscura. Esa región particularmente activa ha podido cogernos a nosotros por medio, justo cuando ha experimentado un estirón....lo mismo hemos sido nosotros los que lo hemos alimentado con el gran tamaño de nuestra nave y su poderoso campo magnético. Para explicarte de forma simple lo que ha podido pasar te doy el ejemplo de la superficie de un papel, como el espacio de referencia donde vivimos. Ahora coges ese papel y lo doblas y doblas, como cuando hacemos un origami. En realidad estás creando un cuerpo de tres dimensiones, con un objeto de dos dimensiones. El moverte a través de ese espacio bidimensional, no te permite ver el camino que tomas a través del cuerpo tridimensional, pero si por la razón que fuese, por esa extraña cantidad extra de energía que se encuentra concentrada en alguna región del espacio, se uniesen algunos puntos de esa superficie doblada, puede que apareciéramos en un punto geográfico muy apartado de nuestra geografía original, aunque en realidad, desde el punto de vista del cuerpo tridimensional, estuviésemos más o menos por el mismo sitio. No sé si me explico...Eso me lleva a tener que buscar otra área de gran energía para retornar a un punto geográfico similar por el cual llegamos hasta aquí. Tenemos que afinar con nuestros detectores de materia oscura si queremos volver a casa...pero esto supone hacer un experimento que puede poner en grave peligro la vida de los tripulantes de ésta nave...

-Me parece una idea bastante sensata papá, vale la pena arriesgarse. Creo que te entiendo perfectamente. Estás hablando de una anomalía que se muestra a través de un fleco del espacio-tiempo que desafía la teoría física. Es normal que debe de haber algo que corrija las expectativas normales, puesto que lo normal no sirve para explicar la física que conocemos. Disculpa mis digresión, pero en realidad eso no es lo que me preocupa, porque confío plenamente en tí. Mi preocupación es, que si hemos conocido a la gente de esa aldea, y sabemos que su sol va a crecer y crecer hasta freir Barbate y carbonizar a esos amigos galácticos sin que jamás tengan oportunidad de escapar, sería una pena que no pudiéramos llevárnoslos de aquí...papá. 

Avicena había estado observando desde hacía meses y con la ayuda de los ciborgs, el comportamiento y la vida de un niño y su padre. El los había bautizado con nombres propios, como si los conociera. Al niño lo había bautizado como Yénego y al padre Galín, basándose en la fonética natural de los lugareños. Avicena había aprendido mucho sobre la vida y la cultura de Yénego, pero no se daba cuenta que lo observaba en silencio, como un fantasma que a través de tecnologías incomprensibles para los aldeanos, y que en realidad por motivos paralelos a lo que sucedía a nivel físico, las leyes psicológicas habían traído a juntar dimensiones y mundos, por plegamientos que la misma naturaleza y sus caprichos pueden permitir, pero que quizás, son realmente ominosos y difíciles de comprender. Efrasio se dio cuenta de dichos peligros, y consultó con el departamento de psicología acerca de la profunda obsesión de su hijo con Yénego y Galín. Uno de los psicólogos jóvenes, llamado Habi, que en realidad cuidaba ya de Avicena, se interesó por la situación, y estableció un seguimiento particularmente cercano del muchacho. Efrasio, en su capacidad racional, vio para su asombro un caleidoscopio de observadores y observados, que le produjo un cierto grado de niebla mental y confusión. Pero quizás no había vuelta atrás. 

-La mente está programada de tal manera, que somos presa de paradojas que debemos de aceptar. Esto se decía Efrasio a sí mismo para contener su emociones. Habi percibió junto con Efrasio, que dichas paradojas parecían estar escritas dentro del mismo código fuente de la mente y del universo. La geometría del afecto llevaba a Avicena a amar a Yénego, aunque sus mentes fueran islas lejanas. 

En su inmensa ignorancia, Yénego vivía en términos terráqueos en algún punto entre la Edad Antigua y la Edad Media, no importaba si mil años más o menos. Era una edad remota, inaccesible, quizás insoportable para una mente super-avanzada y desligada de las propiedades fisicoquímicas de la naturaleza desnuda. Avicena en cambio, nunca había estado en contacto directo con un bosque, o un lago. De hecho, aunque había estado allí mismo, entre las praderas y estepas de Barbate, seguía enfundado en su traje protector, entubado para filtrar microorganismos nocivos y evitar cualquier peligro. Jamás había acariciado a un perro lleno de pulgas, ni había contraído enfermedad alguna. El frío nunca le había mordido las orejas, y las heridas nunca se le habían infectado...Quizás hubiese una barrera infranqueable para establecer una posible amistad o relación con Yénego, pero paradójicamente, la relación existía de algún modo y para Efrasio y Javi, esa era un aspecto desquiciante de sus realidades. En verdad, todos los implicados se mantenían dislocados en los bordes de sus propios sistemas de referencia. Asomados a la frontera de la ciencia, cada uno desde un ángulo, los protagonistas de esta historia estaban al filo de ver qué había más allá. Si el universo era uno, debería de existir una sola verdad subyacente, o al menos eso pensaban. 

Habi y Efrasio debían de responder al ansioso deseo de Avicena, y el tiempo iba en su contra. Analizaron la situación y encontraron graves problemas con los que lidiar. Llevarse solo a unos cuantos aldeanos sería muy traumático para ellos y aunque fuera la aldea entera la que decidieran traer a la nave, todo constituiría un rapto o secuestro horripilante. Se verían como víctimas indefensas, incapaces de comprender porqué motivo eran sustraídos de su mundo y llevados en un carro celestial hacia el foso más profundo del cosmos. Tardarían décadas en vislumbrar las razones más simples por las que se encontraban en manos de una civilización superior. Y su posible asimilación cultural podría dejar marcas y trastornos indelebles en aquellas criaturas...Prolongar sus vidas con una moratoria de esa clase, quizás no fuese una solución...¿o sí? ¿Era eso peor que dejarlos morir? ¿Acaso debían jugar a ser dioses, o deberían comportarse como humanos y llevarse a todos los que pudiera acoger la titánica nave nodriza? Ahora quedaban sólo semanas para que el sol explotara arrasando todo el sistema de planetas. La nave tendría que partir de inmediato para no ser alcanzada por el avance frenético de una estrella en expansión. Durante los últimos días antes de alejarse de Barbate, tuvieron la suerte de encontrar las ecuaciones adecuadas para explicar cómo pudieron llegar allí, lo que les permitió trazar un plan de retorno. En esos momentos de gran ansiedad, el consejo de especialistas y oficiales se reunió, ésta vez sin los jóvenes. Tomaron un decisión firme y unilateral.  




jueves, noviembre 02, 2023

La Respuesta

Para Hakim, el mundo era un lugar insuficientemente bello por decirlo de forma ladina. Quizás el orbe estaba demasiado recargado de eventos y de escenarios difíciles de tolerar para él. La gente hablaba demasiado o quizás demasiado alto. La luz era cegadora, los colores estridentes y los olores penetrantes. Era un joven abrumado por la vida, por sus propios sentimientos. No se sabe si es que era de los que miraba al sol de frente, o es que había nacido para vivir entre las sombras.

Por eso había pasado de estar jugando con los otros niños todo el día, a ir perdiendo el interés. Casi sin darse cuenta se fue dedicando más y más a leer o incluso a escribir. Con los años, que volaban raudos, su afición por lo estético y lo armonioso fue creciendo, y el tiempo dedicado a la contemplación fue ganando espacio en un estilo de vida cada vez más dominado por el distanciamiento de lo inmediato y lo fugaz.

A veces se le podía encontrar en la mezquita, rezando solo, bajo la protección de un profundo silencio y el enorme laberinto de columnas y arcos que lo defendían de un mundo exterior cruel y muchas veces incomprensible. Le gustaba ir vestido de un pulcro blanco, lo cual contrastaba a la perfección con su cabello azabache y sus brillantes ojos verdes. 

Un amigo de su padre le consiguió un trabajo en el zoco de la ciudad, donde podría ganar algo de dinero. Aunque el lugar era hermoso, lleno de color y emociones, Hakim sufría al tener que soportar el griterío y el caos propio de un hervidero de vida como ese. Escondía bajo las cajas y sacos de especias sus preciados escritos y libros de dibujo a los que dedicaba todo el tiempo que podía. En su fuero interno, estaba ilusionado con poder algún día dedicarse a dar clases en la gran biblioteca y conocer a los sabios que venían de todo el Islam, para poder aprender un lenguaje nuevo o acceder a libros secretos e importantes. 

Una mañana se disponía a desplegar su puesto de venta, cuando un señor mayor se aproximó a él. Era muy temprano, y no era normal tener un comprador antes de prepararlo todo. El hombre debía ser extranjero porque hablaba árabe en lugar de romance andalusí. Tenía una planta soberbia y una voz quebrada, le dijo que necesitaba varias bolsas de frutos secos, hierbas frescas y especias y las quería preparadas para más tarde. Hakim obedeció sin rechistar, perplejo ante su inaudito cliente. Le pareció una persona misteriosa y de modales exquisitos. Conforme los viandantes y compradores fueron inundando el zoco, y la mercadería estaba ya a la vista, se fue sintiendo más ansioso a la espera de la vuelta a del hombre. Los vendedores parlanchines y la mezcla de olores y sonidos le mareaban ese día más que nunca. Siempre anhelaba tener un poco de paz, pero curiosamente, mientras aguardaba al misterioso caballero, decidió rezar agradecido al recordar que todos los días ahorraba un poco de dinero y al mismo tiempo ayudaba a sus padres. 

Cuando el señor apareció, el pedido estaba convenientemente preparado. Ahora Hakim se percató de lo alto que era y del efecto tan elegante que sus largos brazos y piernas creaba en sus gestos y movimientos. Los dos mostraron un interés mutuo. El hombre se llamaba Jalid. Y al hablar pausadamente con el joven, le pareció un crío muy noble para ocuparse de un trabajo tan mundano. Se sintió turbado por esos pensamientos y quiso saber más sobre él. Jalid era originario del El Cairo y estaba en Al Andalus para estudiar todos los libros de botánica que se encontraban en la biblioteca de la ciudad. En su conversación advirtió el talento del muchacho y lo convenció para que le enseñara sus trabajos. Jalid quedó impresionado por los escritos y dibujos del joven. El magnetismo entre ambos creció desde ese momento y ambos emprendieron una buena amistad. 

Semanas después, Jalid presentó a Hakim al bibliotecario principal, el cual también gozó con la vista de las maravillosas e intrincadas imágenes que el niño hacía crecer por sus cuadernos. Estaban repletos de plantas de todas las formas posibles. Se le ofreció un puesto de escribano y dibujante de incunables andalusíes. Su tarea iba a ser el copiar y mejorar con la ayuda de sus dibujos, todos los papiros y documentos escritos de la antigüedad que estaban en posesión de la biblioteca. Desde entonces, Hakim dedicó toda su atención a la preciada tarea de cultivar iniciales, letras, palabras y frases adornándolas con maravillosos motivos florales y colores que podían revivir las ideas de los mejores y más remotos sabios que la Tierra había dado a luz. 

Entregado a su sagrado ritual de dibujante y amanuense, se convirtió en el hombre más feliz del mundo. Jalid encontró un fiel amigo y dedicado estudioso de las artes plásticas. Ambos iban a rezar a la mezquita, siempre de blanco. La gente llegó a pensar que eran padre e hijo.

Un día se anunció la llegada de Ibn Arabi a la ciudad. Fue una noticia muy especial, digna de celebración por parte de los amigos y varios allegados de la gran biblioteca. Desafortunadamente, esto no fue bien recibido por algunos, porque el místico y sabio era demasiado laxo para el gusto de la mayoría. A partir de ahí, comenzaron a haber tensiones y roces entre Hakim y los demás. Meses después del anuncio apareció el sabio por la ciudad. Al fin acudió a la biblioteca ante una gran expectación. Le acompañaban varios hombres santos, y pudo dar varias conferencias entre los miles de códices y entre cientos de espectadores, que quedaron igual que Hakim, prendados con su iluminadora visión del Cosmos y la posible misión de los humanos en dicho espacio. Después de tal trascendente aprendizaje, las ideas y palabras del maestro rebotaban en la imaginación del joven como un eco eterno. El amor lo empapó por completo, como una lluvia torrencial, implacable. Se sintió pleno, inseminado de un afecto supremo, celestial, algo nunca antes visto o sentido por su espíritu. Su corazón se sintió liberado, descubierto al fin. Sintió su alma desnuda, a la vista de todos. Sin embargo, tras ello se notó a si mismo algo resquebrajado y mustio, especialmente ante la inminente partida de Ibn Arabi. Anticipando una catástrofe, le suplicó acompañarlo junto a los otros hombres que hacían de cortejo. Curiosamente, en su continuo devenir, Ibn Arabi marcharía pronto a El Cairo. Para Jalid era una oportunidad para volver a casa supervisar el progreso de sus negocios, y al mismo tiempo llevar al muchacho con él, y ayudarle en el viaje y la estancia en una ciudad nueva. Al fin y al cabo, Hakim jamás había cruzado las murallas de Qurtuba. 

Recorrieron la costa africana en barco, y semanas después arribaron al fin en el destino. La experiencia fue agotadora, pero también un giro total a su forma de entender el mundo. Todo era diferente, pero reconocía que desde que Ibn Arabi llegó a su vida, se tornó más maduro y su personalidad más retraída y ascética. En la distancia empezó a captar un profundo dolor tras haber dejado atrás a su familia, a su ciudad, y todo lo que conocía. La ansiedad le podía, a pesar de gozar de la protección de Jalid y todo eran preocupaciones ¿Qué haría ahora sin su metódica entrega al dibujo y la escritura? ¿Cómo podría vivir sin el silencio y la quietud de la atmósfera de la biblioteca más grande del mundo? El vacío y la incertidumbre ocupaban un espacio emocional creciente, en constante lucha con su desarrollo espiritual. Pero el maestro le advertía con frecuencia, de la necesidad de superar las dualidades y él seguía férreamente sus indicaciones, su camino, dondequiera que hubiese que ir. 

Jalid no se sentía libre de abandonarlo en El Cairo y menos aún dejarlo marchar a donde el santo varón decidiera. La situación empeoró cuando semanas después de llegar a la ciudad del Nilo, les llegaron noticias de que la biblioteca de Qurtuba había sido destruida en medio de una espiral de violencia y caos político. Hakim nunca había prestado atención alguna a la compleja realidad social en la que vivía y aquella noticia le partió el alma en dos. Desde entonces su rostro se volvió pálido y sus ojos perdieron su característico brillo y vivacidad.  A pesar de que mantenía contacto epistolar con la familia y los amigos, cosa que le proporcionaba cierta tranquilidad, tuvo que soportar el saber de la muerte de algunos debido al tumulto y la violencia contra la biblioteca. Gracias a Dios, Ibn Arabi y Jalid estaban a su lado, y le daban fuerzas y orientación para no perder el control. Hakim estaba perdido. Su alma vagaba en pena, destruido por el horror incomprensible, y por más que buscaba sosiego espiritual o intelectual, su mente sufría de una melancolía y pérdida irreparables. En aquellas circunstancias, sintió terror y no supo si podría volver a Qurtuba o si quería continuar viajando con el sabio Ibn Arabi.

Un día que decidió perderse por los limites de El Cairo, acabó llegando a las grandes pirámides y a la Esfinge. Se quedó allí absorto. La mudez de la Esfinge le ayudó a recobrar el aliento. Su figura inescrutable le proporcionó alguna respuesta. Quizás el tiempo acabaría con todo al fin, y podría haber perdón y redención. No era el momento adecuado para sentir odio y un instinto asesino contra sus enemigos, pero ¿cuándo es adecuado sentir un odio desatado? 

Jalid percibió la amargura y los sentimientos encontrados de Hakim. Jalid tendría que reemprender su trabajo de investigador y marcharía a Bagdad muy pronto. Gracias a su influyente posición, le ayudó a encontrar trabajo en la biblioteca de El Cairo. Pero Hakím no se entregó a ello de la misma forma que antes. Su trabajo se volvió errático y la calidad de sus trabajos se resintió. Incluso su carácter se fue volviendo irritable y arisco hacia todos y todo. Tal fue su rabia que Jalid e incluso Ibn Arabi se marcharon de la ciudad sin poder despedirse de él, por temor a algún acto agresivo o a herirle al transmitirle la noticia de sus partidas. Se quedó solo, pero no se sintió abandonado. Sabía que fue él mismo el que había creado ésta situación. 

Al cabo de los años, llegó a sus oídos que un mago estaba reuniendo miles de libros en una isla perdida, llamada Alborani. De hecho, algunos capitanes de barcos que llegaban a El Cairo informaban de haber sido abordados por piratas de libros, en una zona marítima comprendida entre Al Andalus y el Magreb. La extraña historia de Alborani revivió su alma malicienta. Invirtió cada vez más esfuerzo en viajar de aquí y allá, visitando el puerto y hablando con todos los marinos que podía para averiguar más y más sobre ese misterioso lugar. Cuando tuvo un plan, ya había ahorrado suficiente dinero para dirigirse a la ignota isla, la cual lo llamaba como un poderoso imán. Decidió llegar hasta Milila, la ciudad portuaria más cercana a la isla y permanecer allí acechando a todo barco que arribase para poder así negociar una posible visita a la ansiada isla. Su corazón, emponzoñado por oscuros sentimientos fue recobrando cierta vitalidad, a pesar de volver a cambiar de ciudad y de ambiente. De nuevo se veía perdido entre ruidos, gritos y gentes extrañas. Muy alejado de las sagradas estancias plagadas de océanos de letras, donde él navegaba con maestría, ahora se perdía en mares procelosos que le provocaban terribles pesadillas.

Al fin, un barco capitaneado por un turco, llegó a la ciudad. Hakim conocía a todos los que podían contarle quién y cuándo había  atracado, de modo que pacientemente esperó al capitán y los marineros por los cafés, hasta poder crear un falso encuentro casual. Su estratagema le ayudó a desvelar al fin, el secreto fundamental que perseguía. El capitán llevaba provisiones regularmente a la isla y la defendía de los curiosos. Hakim le imploró que le llevase a ella. Le daría lo que quisiera. Le dijo que sería muy útil debido a sus conocimientos. El hombre llamado Turgut, se mantuvo muy cauto y le dijo que le daría una respuesta meses después de informar al sabio de la isla. No venían a Milila con frecuencia como era lógico. Los meses pasaron muy lentos, pero Hakim se mantuvo firme en su convicción de que su petición sería escuchada. 

Cuando al fin llegó el día, el turco apareció con una expresión enigmática. Se sentaron en un café frente al mar. Y muy serenamente, el hombre le dijo lo siguiente.

-Hakim, tengo que darte una respuesta como te prometí. Pero en realidad, la respuesta la tienes tú. Han ocurrido cosas horribles en Qurtuba hace unos años. Tienes la ocasión de reparar el daño hecho a la ciudad, si vuelves y recuperas algunos de los códices que no han sido destruidos. Así tendrás ocasión de abrazar una vez más a tu familia y ver a tus amigos. Si vuelves a Milila con los libros y te llevamos a Alborani, ya nunca más volverás a Al Andalus. Tienes que elegir. Piénsalo. Partimos en una semana. Te esperaré aquí mismo a la misma hora en siete días con tu decisión, para poder transmitírsela a Gibarian. Si decides ir a Qurtuba, te recogeremos aquí en el plazo de un año. 

-De acuerdo, nos veremos aquí en una semana, que Dios te bendiga, Turgut.

Hakim también se mostró hierático y reflexivo sin poder revelar un anticipo de su decisión. Se marchó con la mirada perdida. Atravesó la ciudad hasta llegar a su aposento y allí quedó durante siete días, pensando en qué le diría al capitán. 

lunes, octubre 30, 2023

El Escudero

El niño lo fue siguiendo durante varias leguas a una distancia prudencial. Parecía tener una fé ciega en que lo alcanzaría en un momento dado. De hecho, el perseguido no iba deprisa, pero él era solo un renacuajo. El caballero recorría el camino con su semental, embutido en su armadura, cargado de espadas y demás armamento militar, mientras que él, un pequeño gorrión descalzo y con solo unos harapos por ropaje, lo perseguía sigilosamente, como un duende de los bosques. 

El soldado había aparecido solo, por la aldea, llamando la atención de los niños inmediatamente. Iba cabizbajo y silencioso. Solo lo advirtieron gracias al bufar de su caballo y el choque de las herraduras contra el empedrado. La niebla lo dejó que se materializara allí en medio de la minúscula plaza, para asimismo desaparecer de igual modo tras abastecerse de algunas viandas. Pero el más pequeño de todo el pueblo no pudo sino seguirlo, sediento de curiosidad e hipnotizado por la poderosa figura de aquél gigante.

Dejaron atrás un apretado sotobosque tras el que se abrió un profundo valle. Al fondo estaba una abadía muy oscura, con una torre altísima en el centro de la misma. El niño estaba ya agotado, y se desvió al río para calmar su sed y aliviar sus piececitos. Para cuando reemprendió el camino, el gigante ya había llegado a la abadía. 

Los monjes lo recibieron en silencio y diligentemente. De alguna manera, debían  de estar  esperándolo. Se llevaron el corcel a las cuadras, mientras que él se dirigió a encontrarse con el abad. Algunos edificios estaban medio derruidos, incluyendo una iglesia antigua. El niño llegó mucho más tarde, y en medio de la oscuridad, casi a tientas, sólo pudo encontrar refugio allí, donde creyó que nadie podía verle. Al día siguiente, estaba muy débil, casi sin fuerzas. Estaba agazapado entre las ruinas, tiritando de frío. Cuando despertó se encontró en medio de una imagen sobrecogedora. El enorme soldado estaba rezando de rodillas frente al maltrecho altar. Las dos paredes que todavía sostenían un quebradizo techo era altísimas, y creaban un juego de luces fantasmagórico, que la bruma matutina no hizo sino enaltecer más aún. Parecía ensimismado en su meditación profunda, quizás recordando batallas o a una mujer a la que amó. Después de largo rato, aparecieron varios monjes, que avistaron al pequeño salvaje. Se lo echaron en los brazos, puesto que el chico estaba prácticamente sin aliento, muy demacrado y débil. Al llevarlo a la abadía, no pudo decir palabra alguna. Solo derramar unas lágrimas señalando al silencioso caballero que ahora se había girado hacia los monjes, dejando ver una cara barbuda, con una enorme cicatriz que le atravesaba la cara de un lado a otro. 

Los monjes lavaron y dieron un suculento desayuno al pequeño. También le dieron ropa nueva, aunque quizás algo más grande de lo debido. En ese momento comenzaron los cantos de maitines con bastante retraso debido a la inesperada aparición del niño. El caballero apareció en la abadía y escuchó junto al niño los cantos espirituales hasta que tras su conclusión, los monjes se retiraron hacia los huertos y zonas de trabajo para dar comienzo a las labores diarias. El eco de las voces todavía resonaban en lo alto de los infinitos arcos de piedra, cuando el abad y el guerrero hablaron en un lenguaje desconocido para el chico. El niño entendió de alguna manera, que el héroe reemprendería su viaje, y espontáneamente rompió a llorar en silencio. 

Él mismo se dio por derrotado y se marchó a casa sin decir adiós. Desecho y abandonado a su suerte, se entregó a su propia pena tratando de contener su llanto con gran esfuerzo. Al rato de caminar empezó a notar los sonidos secos de la cabalgadura y el golpeteo de los aceros. Sintió el poderoso aliento del caballo por encima de los hombros pero no quiso volverse. Al poco, el caballero ya estaba a su altura. De pronto sintió como si levitara, y se alzó hacia los cielos como por encanto. Cuando se dio cuenta, estaba montado delante del héroe, llevando las riendas del caballo. Dieron media vuelta y se adentraron en el infinito paisaje de las montañas nevadas que les llevarían a otro mundo. Sus almas se habían encontrado para proyectarse más allá de la imaginación y de los horizontes. Quién sabe cuántas aventuras correrían juntos. El pequeño mozalbete sonreía ahora hacia dentro, aprendiendo ya a vivir como un hombre.      


viernes, octubre 27, 2023

Gur

Domingo 25 de Mayo de 1681. Doce y Cuarto de la mañana, en un día brillante...el sol está todavía en el cénit dejando poca sombra en la ciudad. Pedro Calderón de la Barca, uno de los dramaturgos más importantes del Imperio, está en su lecho de muerte. El médico y un sacerdote abandonan la alcoba, y con él se queda a solas, un joven cura de su misma congregación, que el artista aceptó como pupilo hace sólo unos años. 

Pedro: -Voy a morir en seguida...no te vayas. Tengo algo importante que decirte. Ya me he despedido de todos, pero me quedas tú...

Gregorio: -No ha podido vuestra merced acabar con "La Divina Filotea"...si lo desea podría intentar  finalizar la obra...no sé si es eso lo que quiere decirme, perdóneme por mi vanidad...qué ridiculez acabo de proferir....lo siento mucho. -Se pone de rodillas frente al enfermo.

Pedro: -Gregorio, recuerdas mi obra "La Vida es Sueño"? 

Gregorio: -Por supuesto, ¿cómo no? es una de mis favoritas. Es una obra de  valor incalculable...reverendísimo padre...rezo por vos, que Dios lo acoja en su seno... -Sollozos-

Pedro: -Querido Gregorio, eres una promesa de la congregación y has aprendido conmigo el arte de la dramaturgia. Confío en tí todas mis ilusiones. Pero también quisiera contarte mis temores, antes de marcharme...que Dios me proteja...

Gregorio: -Estoy dispuesto a escucharle, padre, soy todo oídos, por favor...hábleme...despacio...

Pedro: -Con voz muy débil, casi inaudible ahora- Querido mío, quisiera confesarte que dicha obra fue  producto de un extraño sueño que tuve en la juventud...y que después se fue repitiendo de mil formas
diferentes...pensarás que estoy delirando...quizás lo estoy...pero necesito contarte ésta historia antes de reunirme con el Altísimo...

Gregorio: -Temblando de miedo- Por favor, está muy cansado, no tiene porqué, pero si es su deseo,         estoy aquí...

Pedro: -Turbado y con voz quebrada- Que Dios me perdone, pero de joven tuve ese sueño donde soñaba que mi vida era.... el sueño  de un gigante llamado Gur. El gigante era tan grande o más que éste mundo. Quizás para él, nuestro planeta no sea más que una idea salida de su cavernoso cerebro, y mis pensamientos no más que la breve historia de un personaje soñado por él mismo. Gur me ha perseguido durante  años en mis sueños, por las noches...contándome mi vida, adueñándose de ella...dictándome las historias que yo mismo cuento, mientras yo, como por encantamiento, le obedecí como un esclavo. Solo he contado al mundo lo que él me ha ido destilando, como si todo mi papel no hubiera sido más que el de un humilde escriba al dictado de un descomunal demonio de otro mundo...¡Qué horror! Nunca he osado preguntar a  nadie, si quizás Gur fuese la voz del Altísimo, o si quizás Gur fuera un ángel mandado por Él para probarme...he vivido entre la locura y la cordura desde entonces...con ésta ponzoña royendo mi corazón...Quizás sea un Genio maligno o el mismo Diablo, que ha jugado conmigo...ahora me siento traicionado por mi propia  ambición...Pero también creo que quizás sea todo un engaño de los sentidos, una paradoja de la inteligencia...solo que...poco a poco  y con los años he ido sintiendo con creciente fuerza, la sensación de vivir despierto cuando estoy soñando y dormir cuando estoy despierto, porque es sólo cuando estoy con Gur, cuando veo las cosas con más claridad. Su poder es inmenso y su visión de la humanidad es diáfana como la atmósfera tras la lluvia...no puedo respirar...todo se está volviendo oscuro...quizás Gur me lleve a los cielos...ya he vivido este momento antes...o lo he soñado...todo ya ocurrió, el tiempo es un absurdo...¡Jesús misericordiosoooo!....-Pedro cae hacia atrás con la boca y ojos abiertos, en posición decúbito supino.

Gregorio: -Señor...estoy confuso, no le entiendo muy bien. Perdóneme, quizás es un momento sagrado donde la fé le está poniendo a prueba. Aférrese al Señor...¡por favor se lo pido! -Junta sus manos desesperadamente y reza con los ojos muy cerrados-








martes, octubre 24, 2023

Culpad a Gilda, Chavales

La cantante vestía un extraño traje negro, algo anticuado que dejaba al descubierto los hombros. Se había desecho de unos guantes larguísimos mientras cantaba, y con ello y su cimbreante cintura, había hipnotizado a toda la audiencia. Porque sus brazos desnudos se habían transformado en piernas, y su boca...su boca se había tornado en otra cosa aún más inquietante. Tras la intervención, pareció perder los papeles y el dueño del local acabó dándole una tremenda bofetada, evitando la orgía que una marabunta de hombres en smoking trataban de materializar allí mismo. Todo era tan irreal. Tan sensual, que no podía tener nada que ver con su vida. Afortunadamente, algo le distrajo y se alejó de la televisión. 

Parece que el suelo tembló y todo el mundo quedó paralizado de terror. Él salió de la casa, olvidándose de todos los que estaban allí. Conforme se fue alejando de la ciudad que se rompía bajos sus pies, sus penas y confusión también se quedaron como ancladas allí, en la distancia. Iba tambaleándose al ritmo del seísmo, pero continuó andando hacia ninguna parte, sin miedo, sin memoria.

Ahora estaba perdido entre un profundo bosque de alcornoques. Conforme se adentraba en el corazón de la selva de corcho y las almohadas de hojas, el silencio se apoderó de su mente. Los árboles empezaron a mostrar su verdadera presencia. Su majestuosidad, les daba una particular resonancia. Él no sabía si quizás deliraba. Gilda se asomaba entre los claroscuros del sotobosque, allá al fondo. Sus brazos se movían a ritmo de una canción inexistente, y su cabello leonino afirmaba una feminidad rotunda. Quizás quería jugar al esconder.

El suelo era blando, como las nubes que poblaban la atmósfera. Le invitaba a continuar adentrándose más y más en lo desconocido. Siguió adelante, quizás persiguiendo a Gilda o alguna ninfa, que también quiso engañarlo.  Hasta que encontró un estanque. Y al lado del estanque un enorme y antiguo alcornoque. Tan alto que llegaba al infinito. Pensó que sería un lugar perfecto para colgarse del cuello. Pero al pensar en ello, el cielo se oscureció y el estanque frunció el ceño. El enorme árbol se quedó ahí, algo inquieto, sin saber qué hacer con sus grandes ramas como candelabros. Pasaron siglos, y vio pasar a otros hombres, que también quisieron colgarse desde los brazos del sagrado alcornoque. También vio pasar a muchas Gildas y a muchas ninfas. De hecho, pasaron muchos eones hasta que el estanque recobró su color original. Y al final, sus pensamientos le dejaron marchar. A través de las espesas copas, empezó a ver un claro y se dirigió a lo que podría ser una pradera. Pensó que no tenía sentido salir del bosque. Creyó que jamás volvería a ver a nadie, sintiendo una secreta euforia en su fuero interno. Pero al final encontró la claridad, la expansión de la luz y la desnudez de la tierra. Se sentó allí justo en el borde entre las torres arbóreas y la planicie durante horas, dejando que el firmamento descargara toda el agua dulce del mundo. La pradera se encharcó muy lentamente. Pero el hombre fue paciente. Se dio cuenta que las arenas de la pradera eran permeables y comprendió porqué allí en medio, los del pueblo habían construido un pozo. Sí, en medio de la nada. Ahora tenía sentido. En efecto, tras la lluvia vino el sol y tras el sol desapareció el enorme charco, que fue tragado sin prisas por las arenas de la pradera, como por arte de magia. Tras disfrutar del espectáculo tomó dirección sur y desapareció entre las colinas, dejando atrás el hermoso y oscuro bosque de alcornoques. Desde la altura quiso mirar por última vez a la linde de aquel océano verde y pudo otear la figura negra de Gilda, reclamándolo sin éxito. 

Siguió hasta caer exhausto, recordando de pronto de dónde venía. Supo que no era libre. Y se sintió presa de sus recuerdos, de sus obligaciones. Se sintió cargado de identidades y armaduras, trajes, gafas y corbatas. Al menos pudo escapar a otra dimensión gracias al terremoto. Había que culpar a Gilda de todo. Ella lo amaba, ella deseaba asumir toda la culpa. Lo alejó de su mundo. Lo irreal quiso saltar desde el vacío tubo de rayos catódicos hasta alcanzarlo y darle de lleno en su hipotálamo. Quién sabe cuando volverá a ser la víctima de los terremotos pélvicos de Gilda.  

domingo, julio 23, 2023

Aguasanta

Su hijo llegó a casa como siempre. A la hora que quiso y sin avisar. Pero también, acompañado por aspavientos y una voz atronadora, para así dejar claro que ella estaba en deuda, el mundo estaba en deuda con él. Y por eso podría hacer y deshacer a su voluntad, porque estaba lleno de ira y de reproches, y alguien tenía que absorver toda aquella retahíla de mentiras en pos de curar unos traumas que más que dolor para él, le generaban dividendos y derechos inalienables. Hoy Aguasanta no quiso callar y le respondió con calma. No se puso a su nivel. Su voz fue firme, sosegada, racional. El joven quedó sorprendido, quizás perplejo. Esa forma de hablar era nueva. Le comentó que no estaba bien que apareciera a la hora que le diera la gana, pero que si eso sucedía tenía que asumir ciertas responsabilidades. Eran cerca de las ocho de la tarde, así que si deseaba almorzar o cenar o cualquier cosa parecida, iba a tener que preparar él mismo la comida. Se marchó del salón muy tranquila hacia su dormitorio. El otro se quedó allí parado, maquinando una respuesta contundente contra la madre, pero con tanta dificultad que tuvo que darse más tiempo de lo acostumbrado antes de bramar como un descosido.


Se dio un poco de maquillaje y eligió ropa que hacía siglos que no se atrevía a llevar puesta. Cogió las llaves del coche y su móvil y se marchó sin dar más explicaciones, igual que lo hacía el golfo de su hijo. La prisión de menores, o mejor dicho, el centro de internamiento, lo había vuelto más atrevido y seguro de si mismo. Nada de arrepentimientos ni de promesas de cambio, sino todo lo contrario. Mientras meditaba sobre él, se dio cuenta que su mente había empezado a narrar su tragedia familiar de forma diferente. El psicólogo de la seguridad social le había dicho algo sobre sí misma que no conocía o a lo mejor había olvidado. Para variar, se había permitido dejar de engañarse, estaba llamando a las cosas por su nombre. Era el momento para tomar decisiones basadas en sus necesidades.


Era sábado por la tarde y el ayuntamiento de San Roque cerraba el festival de flamenco de verano con un recital donde el elenco era de mucha categoría. Entre los artistas se encontraba la Terremoto, Manuel de la Tomasa y Fernando Canela entre otros. Fue sola, porque no tenia amigos. Pudo aparcar cerca de la plaza de Toros sin problema. Hacía mucho más fresco que los días anteriores y el paisaje despejado del pueblo le subió el ánimo. Todo estaba muy limpio, los jardines muy verdes y la calle tranquila. Tenía tiempo de sobra así que se fue al casco antiguo y se tomó una cerveza y una tapa en el Depor, en la calle General Lacy, no muy lejos del museo de San Roque. Se permitió percatarse de las miradas y gestos dirigidos hacia ella de hombres y mujeres. Para su propia sorpresa, percibió que existía para los demás, y se sintió muy bien. Incluso cuando volvió hacia la plaza de Toros fue bamboleando las caderas, como cuando era más joven.


La gente fue llegando poco a poco a la plaza. Todo estaba dispuesto, incluso había un ambigú ya lleno de gente, donde una docena de camareros despachaban a diestro y siniestro pinchitos y cervezas. Se colocó muy cerca del escenario porque todavía era temprano. Había niños y mayores, como corresponde a un evento cultural andaluz, y por tanto la atmósfera era festiva. Aunque los artistas comenzaron algo tarde, todo el mundo se mostró paciente. Ella disfrutaba de su soledad como nunca antes. En cuanto empezó el cante, se dejó llevar por la música. Las voces masculinas la envolvieron, con las palmas y las guitarras de fondo, marcando el compás. Las figuras en el escenario eran constantemente dibujadas bajo la luz cambiante de los focos. El humo atmosférico trazaba infinitas fractales al ritmo de los láseres y el cante destilaba un néctar nuevo a cada estrofa, una ilusión y una sorpresa tras cada rima acertada, tras cada quejido amoroso. Cuando la Terremoto irrumpió en el escenario, Agusanta estaba sumergida en un océano de emociones que había redescubierto sin desearlo. 


Aprovechando un breve descanso se dirigió al ambigú para comprobar en las distancias cortas, el efecto de sus curvas y el color de su piel en los hombres que pedían en la barra. A través del lenguaje corporal de su improvisada audiencia, se permitió sentir que su cutis era de melocotón y sus ojos eras castañas enormes y brillantes.


Fue una noche maravillosa, y como toda Cenicienta, ella sabía que tenía que terminar por donde había empezado. Así que al llegar al barrio su carroza se convirtió en un Peugeot 205 con mil abolladuras y la reina de la fiesta se transformó en una madre abusada. De hecho, el muchacho la estaba esperando.


-¿Qué horas son éstas? ¡Pareces una puta!...Ella no tenía ganas de discutir. Solo de seguir sintiendo un poco más aquella nube de magia, una nube redonda, como una plaza de Toros. Como no le hizo caso, se puso cada vez más gallito hasta que le de dio un puñetazo en el hombro y después la empujó con mucha fuerza. Aguasanta se cayó y se golpeó la cara contra la mesa de cristal. En lugar de alimentar la pelea, se sacó el movil y mientras se dirigió a su cuarto llamó a los nacionales sin pestañear, tal y como le dijo el psicólogo. No se limpió, ni trató de disimular los golpes como había sucedido decenas de veces. Hoy no. La policía se llevó al hijo y ella se acostó con la boca con sabor a sangre y a triunfo. 

sábado, junio 17, 2023

Los Crímenes de Frankfurt




Era el final de la década de los sesenta, y él era un psicólogo bastante mediocre. Había acabado trabajando en la cárcel de Frankfurt, simplemente porque estaba cerca de su familia, en especial su madre, la cual siempre le preparaba unos goulash que le encantaban. Tenía una novia que procedía de la Alemania Oriental, cosa que le daba cierto aire de superioridad en la relación, o al menos eso creía él. De hecho, ya era bastante mayorcito como para llamarla novia, aunque ella fuera mucho más joven. Pero eso de envejecer era otro problema mucho más difícil de afrontar que la mediocridad y las ganas de quedar por encima de los demás.  

Estaba tan aburrido de todo que tenía preparado solicitar un año sin sueldo, para probar otra forma de vida. Quizás podría dedicar esa temporada a vaguear por algún país mediterráneo y hacerse pasar por un rico norteuropeo ocioso. Justo antes de llevar su solicitud al alcaide de la prisión, tendría que ver a un recién llegado y entonces casi habría terminado la jornada. 

El prisionero había ingresado tras una sentencia firme por varios asesinatos que habían tenido un impacto mediático importante. El hombre se había entregado meses después de su último crimen. La policía no había conseguido avanzar absolutamente nada en el caso. De hecho, sino se hubiese entregado, es dudoso que jamás hubieran dado con él. Por el contrario, la policía y muchos políticos daban saltos de alegría al saber que el monstruo de Frankfurt había sido atrapado. 

Cuando se encontró con él, aunque era alto y joven, vio a un individuo hundido y pusilánime. No hubo fuerzas magnéticas entre ellos de atracción o repulsión, sino un encuentro entre dos cuerpos casi inertes, sin fuerzas gravitatorias de ningún tipo, de modo que el psicólogo se enfocó mecánicamente en explorar la adaptabilidad del nuevo en la prisión, sin interesarse en la dinámica de su mundo interior. Si hubiese sido un psicólogo joven o quizás brillante, hubiera estado muy excitado esperando la llegada de aquél asesino. Pero no. Era cuestión de hacer un trabajo y nada más. De hecho, aunque no tuvo el más mínimo interés en el prisionero, el otro le confesó que tenía ideas suicidas, pero el psicólogo no se molestó en tomar nota alguna al respecto, ni comunicó el estado mental del preso a los funcionarios. Él estaba en otro lugar, quizás bajo un sol veraniego rodeado de mujeres en bikini. Cuando terminó la entrevista se dirigió directamente al despacho del alcaide a entregar la solicitud que había introducido cuidadosamente en un pulcro sobre. Se atusó el pelo antes de llamar a la puerta y le regaló una amplia sonrisa a su jefe. 

Tras su duro trabajo se marchó a casa de su madre, que tendría dispuesta la cena. Era invierno y hacía bastante frío. El paisaje nevado había transformado por completo en cuestión de horas, el barrio de casas de su madre, que sino fuese por el manto blanco parecería una especie de factoría de clones. Llegó de noche, aparcó descuidadamente el vehículo y se relamió pensando en la humeante cena que le esperaba a unos metros. Cuando entró por la puerta se encontró un montón de correo apilado en el taquillón de la entrada, y encima de todos los papeles un diario que tenía en la portada una foto del preso que había visto antes de terminar la faena. Lo miró con falsa indiferencia. En ese momento captó que la mirada de su madre estaba posada en él y se dio un mínimo susto que quiso disimular. La madre lo saludó con cara de cierta gravedad que él quiso ignorar. En la mesa le esperaba su hermano Gunther, el cual ya había empezado a comer. Se saludaron con un breve movimiento de cejas y todos se pusieron manos a la obra como animales estabulados. Tras acabar con la enorme bandeja de salchichas y beber varios vasos de Weissbier de la marca Franziskaner, Gunther se marchó a su habitación sin decir ni buenas noches. En realidad nadie intercambió palabra alguna durante la cena. 

Gunther era un tipo extraño. Trabajaba desde su habitación como contable de varios comercios del barrio. Aunque no llevaba el pelo rapado, tenía tatuajes que si estuvieran a la vista, cualquiera hubiera podido pensar que era un hooligan violento. Pero nadie de los alrededores sabía de su vida privada, excepto su madre. Ella cuidada de Gunther y conocía muy bien su mundo. De hecho, ella lo había educado para ser obediente y sumiso. Gunther había mamado e interiorizado la creencia de la superioridad absoluta de su estirpe, en un contexto social de tensión y dudas respecto a cómo poder seguir encajando tal delirio, tras la catástrofe vivida veinte años antes. Sin embargo, su hermano se había deshecho de tales asuntos negándolo y dedicándose a hurgar su propio inconsciente para tratar de encontrar alguna neurosis de tipo erótica, con la que distraer su más que insulsa existencia. 

El psicólogo ayudó a la madre a recoger la mesa y dejarlo todo limpio. Cuando se fue a despedir, su madre lo detuvo y le dijo que estaba preocupada por Gunther, haciendo un gesto hacia el periódico que una hora antes él había mirado con fingido desdén. Esperaba que su hijo mayor entendiera el significado de su gesto.

Köhler, el asesino en serie de Frankfurt, había estado en esa casa más de una vez, invitado por Gunther. Ambos habían ido de cacería en numerosas ocasiones junto a una serie de guerreros de la liberación, para liquidar de forma aislada e impulsiva, a todo inmigrante desprevenido que encontrasen por la calle, y así dejar salir algo de su rabia mientras hacían justicia social. Pero parece que a Köhler se le fue la olla y se entregó a la policía. Köhler era un imbécil que se había dejado llevar por la presión de grupo de sus compañeros, y que en realidad no tenía instinto asesino, ni sentimiento de superioridad. Lo había hecho por sentirse parte de algo mayor y más grande que él. De hecho, un año antes de entrar en prisión, lo habían expulsado del ejército por cometer pequeños delitos y meterse en líos. Algunos  cabezas rapadas que lo habían conocido en el ámbito castrense se apiadaron de él y lo rescataron de la más triste miseria. Gunther tuvo especial interés por ayudarle, dado que habían ido juntos al colegio.

La metedura de pata de Köhler fue apoteósica, ya que había una verdadera red de activistas implicados. Hubo que mover hilos. Se decidió que Köhler cargara con todos crímenes, bajo amenaza. Así no sólo libraba a Gunther, sino a toda la cadena de personajes más o menos conocidos y con más o menos poder político que promovían tales festines y otras actividades siniestras. Como tonto que era, Köhler fue obediente y el fiscal no puso pega alguna, lo mismo que la policía, para enchironarlo a él solamente. El caso ya había causado suficiente daño en la más que fragmentada sociedad germana, como para encima sacar trapos sucios del tercer Reich.

El psicólogo miró a su madre con ingenuidad vacuna. Tras un largo instante, captó el mensaje y se lanzó a abrazarla torpemente para calmarla. Le susurró al oído que no tenía que preocuparse de nada. 

Seis meses después partía hacia Barcelona con su novia, propulsándose hacia el soñado año sabático. Unos días antes se despidió de su madre en una cena memorable, en la que su adorado goulash fue la estrella de la noche. Justo antes de salir de casa emocionado, pudo comprobar de reojo que en lo alto de la torre de cartas había un diario con la portada indicando en letras grandes el suicidio de Köhler en prisión. Su caminar se vio afectado, y conforme volvía al coche agarrado a su novia se sintió cada vez más reconfortado, fuerte, y seguro de sí mismo. Antes de que la madre cerrara la puerta, se giró y le mandó un beso cariñoso desde la distancia. Gunther, que estaba asomado por la ventana de su cuarto, lo vio marchar y adentrarse lentamente en las fauces de la noche germánica. 

viernes, junio 16, 2023

El Hospital de los Cerebros


El doctor Galdar había conseguido un extraño triunfo. Su renombre le había supuesto llegar a todos los confines del reino, pero también iluminar los oscuros rincones del poder. No mucho después de haber alterado los ánimos de varios gerifaltes, y debido a sus cuestionables experimentos y descubrimientos científicos, fue invitado solemnemente a abandonarlo todo y exiliarse en una isla lejana. 

A su llegada a la isla, le esperaba el doctor Kraus. Tenía a su alrededor un selecto equipo de enormes jóvenes que miraban ominosamente a Galdar desde la zona de desembarque.

-¡Doctor Kraus! Me alegro de verle. Creo que no era necesario traer a tantos mozos a ayudarme con las maletas. Solo he traído dos... 

-Doctor Galdar, bienvenido a Aruca. Le encantará conocer su nueva residencia. 

El doctor Kraus recibió con frialdad la ironía de Galdar y tras su breve recibimiento condujo al hombre a un vehículo de color negro que esperaba a la salida del puerto. Una vez dentro del coche, Kraus se mostró más amable, quizás acusando el hecho de que su presa ya no podría escapar. 

-Doctor Galdar, su trabajo es impresionante. Tengo que decir que es un honor tenerlo entre nosotros. Nadie antes de usted, ha podido exponer con tal claridad las íntimas relaciones que existen entre la capacidad humana de mentir, y sus beneficios para la evolución humana. Sin embargo, es un tema tan complejo que dudo mucho que tenga algún impacto, más allá de unos cuantos expertos, como yo, por ejemplo. 

-Gracias doctor Kraus, pero guárdese su estúpida amabilidad para otra ocasión. Sus mentiras y falsedades, le han llevado a coronarse como director de un infame hospital psiquiátrico donde encierra a todo librepensante de éste país, al dictado de sus corruptos sátrapas. 

-Por favor, no se enfade, usted se ha ganado a pulso éstas vacaciones eternas. Verá qué rápido se acostumbra a su nueva vida. El hospital tiene unas vistas espectaculares. Es un lugar muy romántico. De hecho, se dice que muchos de sus residentes acaban enamorándose...

Kraus prosiguió su monólogo posiblemente hasta llegar al hospital. Para entonces Galdar estaba ya sumido en una especie de autohipnosis que había generado para resistir los poderosos medicamentos que le serían aplicados como una camisa de fuerza química. Al llegar, los grandes enfermeros que habían esperado con Kraus en el puerto, habían saltado rápidamente desde otro vehículo y formado una fila, para asegurarse que Galdar entraría por la puerta del siniestro hospital sin realizar ningún vano intento de escape. 

Cuando llegó a su habitación, se le fue entregado un uniforme y unas chanclas. Efectivamente, la ventana miraba hacia el mar. Era hermoso. Una de las paredes estaba forrada de estanterías y repleta de libros y material de escritura. Al menos sus captores se dignarían en dejarlo escapar con el pensamiento, se dijo a sí mismo. Al poco rato de llegar, varios de los enfermeros gigantes acudieron para administrarle una dosis de un fármaco experimental. Se trataba de un inhibidor de la actividad cortical, especialmente del área prefrontal ventromedial. Preparado para semejante invasión encefálica, se entregó a ella sin resistencia. Al cabo de un tiempo lo dejaron salir a las zonas comunes para así poder poco a poco trabar amistad con los otros cerebros del país. 

Al otro lado del océano, el país se derretía de júbilo. El Festival de la Libertad había dado su comienzo. Millones de personas se lanzaban a la calle a expresar su libre albedrío y disfrutar de si mismos gozando de todos los placeres que la vista, el gusto y el tacto pueden proporcionar. El rey había anunciado el fin del miedo, la ira y la tristeza. La felicidad triunfaría por fín y definitivamente. Los ciudadanos solo debían de tomar diariamente unos complementos alimenticios que les ayudarían a dejar para siempre atrás esas emociones tan repugnantes. El principio de una nueva humanidad estaba dispuesto como una deslumbrante alfombra roja ante el pueblo elegido, y ellos serían una vez más, por la gracia de Dios, los pioneros de semejante logro. 

El Dorado está en Casa


Después de once años perdido en medio de la mar océana, volvió al reino de los humanos. No se sabe porqué nuestro querido Dios, quiso darle esa existencia. Ni él mismo pudo comprender para qué pasó parte de su vida en un minúsculo archipiélago con unas cuantas palmeras. Pero era un hombre de su época. Un luchador, un soldado del imperio. Ni la más terrible soledad, ni la incomprensión de éste mundo, podía arrebatarle su vida. Para morir se requería algo más que eso.

No carece de ironía que el primer puerto donde puso el pie tras su largo destierro fuese Cartagena de Indias, allí donde se dirigía su patache antes de naufragar. Su emoción le hizo llorar a raudales un trece de Junio de 1534. Se dijo a sí mismo que nunca olvidaría ese día. Desde allí partió hacia España en donde encontró fortuna y casó con una mujer de Canarias, lugar donde decidió asentarse hasta su muerte. Eligió la isla de El Hierro, la más pequeña de todas las Canarias, quizás porque estaba más a poniente que ninguna otra. Desde allí dirigió sus empresas, que estaban todas dedicadas a la carrera de Indias. 

Cuando estaba a punto de morir, postrado ya, sus hijos y nietos le suplicaron que les contara cómo fue su vida en el banco de arena donde sobrevivió solo tantos años. En realidad, nunca quiso hablar de ello, y su familia supo de la historia por la fama que creció a su alrededor en las islas, no porque él estuviera dispuesto a hablar de aquello. Al fin, accedió a contar su aventura, justo antes de morir. Temblándole la voz, y después de mucho silencio, el hombre le dijo a sus vástagos que afortunadamente ya no se acordaba de nada. Todo el mundo se quedó perplejo. Nadie se atrevió a insistir, temiendo herir los sentimientos del anciano. Presintiendo lo extraño de su contestación, intentó aclarar con mucha dificultad, su respuesta. 

-(...) hijos míos, os aseguro que es verdad lo que digo. No recuerdo nada de aquella soledad, no me queda nada de aquél infierno. Creo que me he curado de semejante dolor con vuestra presencia, con la ayuda de vuestra madre y abuela. Decidí hace tiempo abandonar el pasado y así curar mis heridas, vivir con vosotros, amar ésta tierra. Eso es lo que tengo en mi corazón, eso es lo que me llevo. Soy prueba de que vale la pena vivir ahora y que todo lo malo no es nada, viendo cómo cada día me recordáis el gozo de vuestra compañía. Quizás precisamente por eso lo he olvidado todo. Porque desde entonces, nunca más he estado solo. Os doy las gracias por vuestra presencia, por compartir nuestras vidas. 

El hombre cerró los ojos, suspiró. Todos empezaron a llorar en silencio. En su mundo interior, puso rumbo a un lugar desconocido, una vez más, al mando de su patache. Sintió que en su último viaje su barco no se hundiría, y que al otro lado de su aventura le esperaría de nuevo, la gloria y el amor. 

miércoles, febrero 01, 2023

Momentos de Machirulos


Aprovecharon que Antxo venía hoy de Bilbao para estar juntos sin la presencia de hembras y recibir al anfitrión como debe ser. Era viernes y cogieron a las matriarcas descuidadas. Goyo sabía que durante el primer día lo mejor era agasajar al amigo del norte con la compañía de varios íncubos autóctonos para también planear las actividades del sábado. Los había reunido en casa con mucha ilusión. Estos encuentros eran cada vez menos frecuentes, y por tanto, generaban mayor delectación. La mujer de Goyo se había ido a un congreso a Madrid. Se coordinaron a la perfección para ignorarse el uno al otro durante un enjundioso fin de semana.


En el ambiente del piso de Sotogrande, dominaba el selvático verdor de las plantas decorativas que casaban maravillosamente con la paleta de colores de los papeles pintados, y los cuadros imitando a relieves renacentistas, naturalezas muertas y cornucopias. Tras actualizarse sobre las actividades laborales de cada uno de los presentes y de paso tomarse un vermut, pasaron a la terraza para almorzar. Era un piso bajo, dando el salón a una terraza sin muros, para poder disfrutar así de toda la belleza de un barrio atravesado por canales y poblado de embarcaciones deportivas. La música brotaba sutilmente de un diminuto altavoz. Eran los estudios Op. diez de Frederick Chopin, gestados en Varsovia a partir de 1892.


Fue un largo y pausado ágape para el grupo de varones en edad provecta.  La atmósfera estaba dominada por el aroma de los espárragos silvestres y los boletus aereus traidos por Anacleto directamente de los campos aledaños, frecuentada por el gustoso y largo contacto orofacial con una manzanilla en rama Solear de Barbadillo. Imperceptiblemente JJ y Goyo se fueron introduciendo en una discusión sobre asuntos de actualidad política, para acabar enzarzándose una vez más en esa clase de pelea dialéctica, la de las dos Españas, en la que se habla tanto que al final solo se escucha un barullo de voces broncas, y de la cual rebosa mucha testosterona. Al menos no hay víctimas, ni heridos, solo un leve tedio que se disipa conforme avanza el nivel etílíco en el cerebro. Estaban llegando al clímax de la lucha de clases cuando el viejo e incorruptible rojo de JJ derrochaba argumentos en pro del inocuo efecto de la masiva inmigración a Europa por parte de subsaharianos y otras huestes.


-...En Alemania, un país mucho más avanzado que el nuestro, hay quince millones de turcos, sí. ¡Quince millones de turcos! -Goyo estaba ya cansado de los interminables embites sociolistos, y ya pacientemente esperaba vencer al contrario por agotamiento. Solo escuchaba, manteniendo una cada vez más precaria facies hierática. Los otros dos que formaban parte del cuarteto, hastiados y con la mirada en el infinito se entregaron a un cada vez más enconado abuso del vino, como si fuese el fin del mundo. Hacía una tarde estupenda de Enero, y continuaron todavía en la terraza con copazos, bajo un tenue pero generoso sol invernal. No hacía ni gota de viento. Las fragancias del romero, la hierbabuena y la salvias que amenizaban el pequeño jardín de plantas aromáticas, mezcladas con el fondo salino, permanecían indefinidamente flotando en el ambiente, calmando así los ánimos y saneando las almas.


-No se puede comparar esa cantidad de inmigrantes con la que tenemos nosotros en nuestro país. Solo de sirios, en Alemania debe haber unos dos millones. Nosotros no tenemos más de veinticincomil sirios empadronados, aseveró JJ en su última y decisiva puntilla a la ya mortecina tertulia. -En un acto inconsciente de desesperación, o un lapsus linguae, el tercer amigo, Anacleto, sintió que un magma amorfo brotaba de su boca de forma incontrolada-.


-Kiyo, po en Sevilla hay muchos sirios en Semana Santa. -Hubo risas y después más ginebra, aunque se percibió que las gafas de Antxo se llenaron de vaho, revelando cierta confusión-


Gracias a la providencia, por fín se bajó el telón y se rindieron a los generosos abrazos de Morfeo allí mismo, sobre el mullido y limpio césped que daba al muelle privado. Las sombras de los mástiles eran ya muy alargadas cuando sus turbias consciencias salieron súbitamente a flote. Dios les devolvió el juicio con la ayuda de los ladridos de un chiuaua que acompañaba a una guiri ligera de ropa y que pasó por delante de los cuatro hombres escorados. Gracias a ello pudieron reanudar la marcha despacito, calentando los motores con un jamón setenta y cinco por ciento bellota y veinticinco mangalica. Para llevar a cabo dichos trabajos, fue propicio desplazarse a la cocina y poder catar también un El Veneno de Pepe Mendoza, inaugurando así la velada. Después darían cuenta de un Burdeos y de un Puglia porque todos estaban casados. Permítame que me explique. Goyo, el más avezado en el planeta de los vinos, asegura que visto que uno no puede ser promiscuo con las mujeres, al menos con el vino sí que se puede. No tiene sentido aceptar con resignación el tedio de beber siempre Rioja o Ribera del Duero, cuando hay tantas mujeres, perdón, vinos que probar. El muy granuja había encontrado su manera de doblegar las reglas o quizás jugar con otra baraja y así prolongar un poco más, la capacidad de sorprenderse, de estar vivo. No sabemos si tuvo que vender su alma al Maligno para poder continuar ad libitum su derrota en busca del néctar sagrado. El caso es que a sus cincuenta y dos años, parecía más vivaz que un crío chico.


Como se habían quedado algo tiesos en la terraza, se dispusieron ante el jamón de pie, como cuatro brujas alrededor de su caldero. Así podrían animarse mucho más y dejar atrás la rigidez muscular propia de la edad y de la siestecilla. Goyo cortaba y los convidados tenían que esforzarse en no desanimarlo, aligerando el plato constantemente. Al contemplar los restos mortales del gorrino de forma tan intensa, Goyo fue alcanzado por una epifanía.


-¡Qué sensación tan buena es cuando estás cortando el jamón con la pezuña hacia arriba! Parece que nunca se va a acabar. Sin embargo, todos los que estamos aquí, ya le hemos tenido que dar la vuelta. Y ahora cada vez que le metes mano, encuentras hueso a cada paso. Antxo, que era pescador profesional, se le quedó mirando perplejo sin decir palabra. No sabemos si entendió la alusión estilo Valdés Leal a la finitud del ciclo vital humano.


Estas disquisiciones existenciales sobre las postrimerías de la vida, dieron paso a reflexionar profundamente sobre las desgracias y torpezas de la juventud, momentos en los que hay jamón por doquier, pero no sabe uno por donde meter mano. Traducido al lenguaje académico, el maestro de ceremonias se entregó a la difícil tarea de exponer errores producto de la precocidad y de los absurdos juegos a los que nos somete la corteza límbica cuando más deberíamos de ir sosegados por la vida. Tal deriva filosófica tenía su explicación, puesto que tras toparse con la idea de la muerte, lo mejor es reírse de uno mismo.


-¡Qué tiempos aquellos! Mejor que no vuelvan nunca. A veces me vienen recuerdos que me dan náuseas. No lo entiendo. -Mientras tanto, los demás asentían con la cabeza, dando pábulo a que Goyo siguiera hablando y cortando más jamón- Me podía despertar en casa de alguien y no acordarme de absolutamente nada de lo que había pasado la noche anterior. En una ocasión me di cuenta que estaba acostado al lado de una mujer indescriptible. Un troll al lado de ella parecería una belleza parisina. Después de salir de allí lo más aprisa que pude con una resaca del quince, tardé lo más grande en encontrar el maldito coche. ¿Cómo podemos ser así? -todos se troncharon de risa, recordando en secreto los líos y demenciales entuertos en los que cada uno se había metido en sus años mozos-


-Pues, puestos a perderse, deja que te cuente lo que me pasó hace poco en un centro comercial -intervino Anacleto, desviando significativamente la temática tertuliana, mientras se calzaba un par de lonchas de jamón y un trago de vino- Me tuvo que llevar el guarda de seguridad con su moto por las distintas plantas del aparcamiento hasta finalmente dar con el vehículo. Pero claro, yo ya había dado por perdido el coche y había llamado en seguida a mi mujer para advertirle, de modo que cuando lo encontramos, tuve que soportar las risas de los guardas y más tarde la tortura de la máquina de regañar. Sí, la máquina de regañar se puso en marcha al llegar a casa. Que si le había dado un susto enorme, que si esto y lo otro...menudo día pasé.


-¡La máquina de regañar! ¡qué bueno, jajajaja! -JJ a estas alturas se retorcía de dolor y placer al mismo tiempo. Anacleto era un hombre tan escaso de estatura como de autoconfianza y por ambos motivos había declarado entrega sumisa a la femiviolencia de género al casarse, o eso creía JJ. Porque la femiviolencia de género es tan natural como la luz del día, y él tampoco estaba libre de la misma. Era un varón, es decir un incauto, de modo que la vida le había reservado a él la misma cantidad de abuso femenino que al otro, solo que JJ se divertía al contemplar la desgracia de Anacleto, el muy descastado.


Ya eran las diez y media, y la dueña de Anacleto lo llamó para reclamar su dominio total sobre su alma. El yugo hembrístico se dejó caer sobre los hombros de todos menos de Antxo, que estaba de visita. A JJ se le pusieron los vellos como escarpias, recordando que la suya estaría ahora mismo mirando el reloj y preguntándose por dónde andaría ese payaso de circo.


-Bueno, parece que es hora de irse -dijo nerviosamente Anacleto, a lo que Goyo contestó jocosamente-


-¡Jajaja!, la máquina de regañar se ha puesto en marcha


-Hijo puta eres, bueno me tengo que ir tíos -JJ aprovechó el momento y dijo que también se iba-


-Yo también me voy compañeros, que ya es hora -Antxo no comprendía la partida inminente de los autóctonos-


-¿JJ tú también te vas?


-Si Antxo, mi mujer tiene las manos bastante grandes. De hecho si junto mi palma contra la suya, me saca una falange, así que imagínate las hostias que puede dar -dijo JJ pensando que así le echaba un capote a Anacleto, revelando de esa manera su servidumbre al poder hembrístico.


-¡Jajajaja, hijo puta...bueno cabrones, iros ya que si no va a haber guantazos esta noche -Antxo zanjó la cuestión con un brindis de despedida alrededor de la pata de jamón, como Dios manda- ¡Mañana nos vemos aquí para salir a pescar y luego el arroz! ¡Venga venga Agur!