viernes, noviembre 13, 2009


Anécdota de un Experto en Calefacción

Todo hombre sabe que las mujeres tiene una obsesión por poner la calefacción alta, esto es sin duda un hecho comprobado. Sin embargo, yo nunca había ido más allá de mi propio hogar a la hora de pensar sobre este tema. La esposa siempre tiene la calefacción unos grados más de lo conveniente, y eso es simplemente uno de los fastidios de vivir con otra persona.

Esta semana el señor de la calefacción ha venido a nuestras oficinas porque la calefacción no funcionaba. Coincidí con Ian en la cocina y de manera espontánea comenzamos a hablar mientras nos tomábamos una bebida caliente. Después de explicarme el motivo de la avería y hacerme saber que la calefacción estaría arreglada muy pronto, le comenté a Ian que en realidad el hecho de que la calefacción no funcionara no era un asunto grave. De hecho los hospitales nacionales de Inglaterra siempre tienen la temperatura más alta de la cuenta. Para unos días que esto no ocurría, tampoco era para alarmarse. Después de este comentario, Ian observó que él tenía una teoría sobre dicho fenómeno. Ian me dijo que en los hospitales ingleses la temperatura media es de 25ºC en invierno y 15ºC en verano. Y que tal arbitrareidad es debido a que la mayoría del personal hospitalario es mujer. No tiene sentido que teniendo un medio controlado la temperatura media tenga que variar tanto a lo largo del año. Lo lógico sería que la temperatura media fuera de 21ºC todo el año. Pero al ser un sistema dominado por las féminas, esto se convierte en un mundo errático y caprichoso. Si esto fuera así, también los colegios y las guarderías deberían de funcionar igual.

El análisis me pareció interesante, y estuve a punto de decir que en realidad las mujeres tienen un problema de regulación de la temperatura, especialmente en sus extremidades. Esto hace que experimenten los cambios de temperatura de manera más brusca y les cueste por ejemplo, calentarse manos y pies en invierno. Evité mi observación por no quedar como un pedante, pero me volví hacia mi fría oficina con una sensación de haber colocado una de esas piezas del puzzle de la vida que aunque completamente diminuta, siempre agrada encontrar de vez en cuando.