sábado, noviembre 12, 2011

El Dentista Asesino


Después de muchas diatribas acabó pidiendo una cita. Ella no sabía si aquella clínica dental era un agujero para  abusadores o un escondrijo para psicópatas. Pero en el fondo sentía un profundo miedo de ser liquidada con precisión científica. Una imagen de horror empezó a formarse en su mente conforme se iba acercando paso a paso a la clínica: limpia y certeramente un individuo en bata blanca la clavaba una aguja en su boca y con una siniestra sonrisa se despedía de ella.  El hombre le decía; -tranquila, todo pasará pronto-, y poco a poco todo a su alrededor se desvaneció. Cuando M llegó a la puerta del dentista, sus piernas temblaban como un flan y su corazón parecía querer salir de su pecho a toda prisa. Todo se fue ralentizando y casi como en una película de cine mudo, gesticuló algo a la recepcionista. Su cara perdió toda expresividad humana y se convirtió en un trozo de cartón. El dentista apareció enfundado en un traje verde de cirujano y con una actitud comprensiva la llevó a una habitación privada. M balbuceó que había venido a consultarle sobre unos implantes, pero que en realidad no estaba segura de si quería hacerse algún arreglo bucal. Después de un breve intercambio de palabras el dentista recaló suficientes datos como para tomar en serio la ansiedad de M. La invitó a venir una vez más para hablar tranquilamente sobre el tema y poco después me llamó a mí para consultar sobre la salud mental de la paciente. Yo le dije que la vería sin problemas si a ella le parecía bien. Cuando M reapareció por la clínica, seguía aterrorizada por los mismos pensamientos. Lo que mi colega había percibido como ansiedad, en realidad era algo más. La paranoia burbujeaba en su mente como una botella de cava recién descorchada. Por suerte, M tuvo el valor de sentarse frente a mí durante muchas ocasiones para desvelar su sólida creencia de que el señor dentista iba a convertirla en el conejillo de indias de un experimento letal. A través de sus miedos M reveló un gran valor y capacidad de supervivencia, y sus traumas vividos mostraron en nuestras sesiones cuáles eran los cimientos de su catastrófica forma de pensar. Los resortes que disparaban la alerta y el pánico en la mente de M, se fueron desactivando. Hoy, M va a ver a su dentista para realizar el primer implante. Me pregunto qué ocurrirá.