martes, noviembre 08, 2011


Café Rouge

Había salido de la unidad de rehabilitación varias veces durante breves periodos de tiempo. Tras unas horas debía de retornar a las afueras de la ciudad, donde le esperaba ese hospital oscuro y perdido entre bosques. A pesar del progreso de los últimos meses cada salida la hizo sentir cada vez más frágil y vulnerable. Por eso, me pidió que la próxima sesión consistiera en pasear por el centro de la ciudad. R era una mujer menuda y pálida, de aspecto demacrado y con andares de autómata. Todo en ella era escaso; desde su estatura corporal hasta su correspondiente medida intelectual. Sin embargo, emocionalmente hablando, su espíritu emergió en dicha salida a la calle. Ella floreció como un capullo en la aurora del día cuando entramos en la cafetería francesa y la invité a un pastel de chocolate y una infusión. Al poco de sentarnos, su nerviosismo restaba poder a sus movimientos. Sus dedos apenas ejercían fuerza suficiente para sostener la taza entre sus manos. Antes de entrar me dijo que temía ahogarse con la comida y que creía que todo el mundo sabía que ella estaba loca. Después de la batalla con la paranoia, consiguió a duras penas tragarse el pastel a toda prisa. R dejaba guiarse por mis instrucciones y fue capaz enfocar su mirada a los paseantes y a la bonita decoración del café. Sentada frente a mí, con esa postura casi fetal, me hizo sentir que estaba mirando hacia una proyección moderna de un personaje londinense de Oliver Twist. Al final, salió de aquél lugar con una sonrisa de triunfo. Cuando volvimos a la planta y ya todas las puertas y cerrojos nos resguardaban del mundo exterior, R confesó que se había sentido normal.