sábado, septiembre 25, 2010


Soy Una Buena Persona

Suzanne era una mujer entrada en años pero sana y activa. Casada desde hacía muchos años todavía tenía el ímpetu y las ganas de hacer cosas, como por ejemplo ir a la piscina o viajar. Suzanne era una típica inglesa que amaba el té y los gatos. A pesar de su timidez, vegetarianismo y amor por lo doméstico, le gustaba mucho ver mundo, pasear y por su puesto nadar.

Su estricto sentido de lo correcto y del 'bien' le obligaba a recordarle a todo el mundo las normas de comportamiento sin importarle si tenía que abochornar a alguien. Gran amante de los animales, detestaba a los vecinos con niños porque los padres ponían repelente de gatos en sus jardines, pero ella no percibía que las heces de sus gatos podían hacer daño alguno a nadie. Para ella los animales tenían derechos inalienables, supongo como los suyos. Quizás su pérdida de fertilidad le hacía repeler de algún modo a las parejas en su etapa 'productiva'. Por ejemplo, antes de irse de viaje a París para el fin de semana, se quejó de que una pareja se metió en la piscina con sus niños pequeños 20 minutos antes de que empezara la hora de los niños, a pesar de que no había nadie más usándola (a parte de ella misma, claro). El padre el espetó que él trabajaba muchas horas al día y no se dio cuenta de tan ridícula cosa. Aunque Suzanne era suficientemente inteligente, sólo captó subliminalmente la indirecta de que el joven le estaba pagando su pensión y ella tenía todo el tiempo del mundo para hacer lo que quisiera como persona retirada. Esto no la alteró lo más mínimo y le respondió fríamente al joven que mirase las condiciones del contrato del gimnasio. Acto seguido se fue a su casa olvidando el incidente de inmediato y se preparó para el viaje a París. Se reunió puntualmente con su grupo de 'elderly people' y alegremente se fueron a St Pancras Station a tomar el Eurostar. Allí había una gran cola y con los nervios el grupo acabó colándose delante de una pareja con niños. Sin embargo, el estricto código ético de Suzanne pasó por alto este hecho. Más adelante, ella se quedó rezagada y tuvo casi que correr para colocarse detrás de sus compañeros para subir al tren. En este caso, Suzanne llevaba una maleta con ruedas y al situarse delante de otra familia con bebés y carrito, le torció el tobillo al bebé para poder colarse delante de la familia. La madre le llamó la atención y Suzanne se hizo literalmente la 'sorda'. Pero el error fue demasiado grave, ya que su estricta disciplina inglesa había acabado por romperle el tobillo al bebé. Cuando el padre le zampó una patada en el culo que le rompió el coxis y algún que otro hueso de mayor tamaño ya no hubo manera de reconciliar su conciencia ética con la realidad de su egoísmo hipócrita. Los insultos antifranceses que profirió contra el agresor no evitaron una grave convalecencia y por su puesto no aliviaron su desmayo ante la pérdida del litigio en los juzgados. Suzanne murió por suicidio poco tiempo después debido a su desinterés por vivir en una silla de ruedas. Se la despidió de este planeta como a una verdadera británica; sin dramas y sin lágrimas. De hecho sólo fueron al funeral unos cuantos carcas como ella. El resto de sus amigos estaban demasiado ocupados viajando o yendo al gimnasio.