sábado, junio 17, 2023

Los Crímenes de Frankfurt




Era el final de la década de los sesenta, y él era un psicólogo bastante mediocre. Había acabado trabajando en la cárcel de Frankfurt, simplemente porque estaba cerca de su familia, en especial su madre, la cual siempre le preparaba unos goulash que le encantaban. Tenía una novia que procedía de la Alemania Oriental, cosa que le daba cierto aire de superioridad en la relación, o al menos eso creía él. De hecho, ya era bastante mayorcito como para llamarla novia, aunque ella fuera mucho más joven. Pero eso de envejecer era otro problema mucho más difícil de afrontar que la mediocridad y las ganas de quedar por encima de los demás.  

Estaba tan aburrido de todo que tenía preparado solicitar un año sin sueldo, para probar otra forma de vida. Quizás podría dedicar esa temporada a vaguear por algún país mediterráneo y hacerse pasar por un rico norteuropeo ocioso. Justo antes de llevar su solicitud al alcaide de la prisión, tendría que ver a un recién llegado y entonces casi habría terminado la jornada. 

El prisionero había ingresado tras una sentencia firme por varios asesinatos que habían tenido un impacto mediático importante. El hombre se había entregado meses después de su último crimen. La policía no había conseguido avanzar absolutamente nada en el caso. De hecho, sino se hubiese entregado, es dudoso que jamás hubieran dado con él. Por el contrario, la policía y muchos políticos daban saltos de alegría al saber que el monstruo de Frankfurt había sido atrapado. 

Cuando se encontró con él, aunque era alto y joven, vio a un individuo hundido y pusilánime. No hubo fuerzas magnéticas entre ellos de atracción o repulsión, sino un encuentro entre dos cuerpos casi inertes, sin fuerzas gravitatorias de ningún tipo, de modo que el psicólogo se enfocó mecánicamente en explorar la adaptabilidad del nuevo en la prisión, sin interesarse en la dinámica de su mundo interior. Si hubiese sido un psicólogo joven o quizás brillante, hubiera estado muy excitado esperando la llegada de aquél asesino. Pero no. Era cuestión de hacer un trabajo y nada más. De hecho, aunque no tuvo el más mínimo interés en el prisionero, el otro le confesó que tenía ideas suicidas, pero el psicólogo no se molestó en tomar nota alguna al respecto, ni comunicó el estado mental del preso a los funcionarios. Él estaba en otro lugar, quizás bajo un sol veraniego rodeado de mujeres en bikini. Cuando terminó la entrevista se dirigió directamente al despacho del alcaide a entregar la solicitud que había introducido cuidadosamente en un pulcro sobre. Se atusó el pelo antes de llamar a la puerta y le regaló una amplia sonrisa a su jefe. 

Tras su duro trabajo se marchó a casa de su madre, que tendría dispuesta la cena. Era invierno y hacía bastante frío. El paisaje nevado había transformado por completo en cuestión de horas, el barrio de casas de su madre, que sino fuese por el manto blanco parecería una especie de factoría de clones. Llegó de noche, aparcó descuidadamente el vehículo y se relamió pensando en la humeante cena que le esperaba a unos metros. Cuando entró por la puerta se encontró un montón de correo apilado en el taquillón de la entrada, y encima de todos los papeles un diario que tenía en la portada una foto del preso que había visto antes de terminar la faena. Lo miró con falsa indiferencia. En ese momento captó que la mirada de su madre estaba posada en él y se dio un mínimo susto que quiso disimular. La madre lo saludó con cara de cierta gravedad que él quiso ignorar. En la mesa le esperaba su hermano Gunther, el cual ya había empezado a comer. Se saludaron con un breve movimiento de cejas y todos se pusieron manos a la obra como animales estabulados. Tras acabar con la enorme bandeja de salchichas y beber varios vasos de Weissbier de la marca Franziskaner, Gunther se marchó a su habitación sin decir ni buenas noches. En realidad nadie intercambió palabra alguna durante la cena. 

Gunther era un tipo extraño. Trabajaba desde su habitación como contable de varios comercios del barrio. Aunque no llevaba el pelo rapado, tenía tatuajes que si estuvieran a la vista, cualquiera hubiera podido pensar que era un hooligan violento. Pero nadie de los alrededores sabía de su vida privada, excepto su madre. Ella cuidada de Gunther y conocía muy bien su mundo. De hecho, ella lo había educado para ser obediente y sumiso. Gunther había mamado e interiorizado la creencia de la superioridad absoluta de su estirpe, en un contexto social de tensión y dudas respecto a cómo poder seguir encajando tal delirio, tras la catástrofe vivida veinte años antes. Sin embargo, su hermano se había deshecho de tales asuntos negándolo y dedicándose a hurgar su propio inconsciente para tratar de encontrar alguna neurosis de tipo erótica, con la que distraer su más que insulsa existencia. 

El psicólogo ayudó a la madre a recoger la mesa y dejarlo todo limpio. Cuando se fue a despedir, su madre lo detuvo y le dijo que estaba preocupada por Gunther, haciendo un gesto hacia el periódico que una hora antes él había mirado con fingido desdén. Esperaba que su hijo mayor entendiera el significado de su gesto.

Köhler, el asesino en serie de Frankfurt, había estado en esa casa más de una vez, invitado por Gunther. Ambos habían ido de cacería en numerosas ocasiones junto a una serie de guerreros de la liberación, para liquidar de forma aislada e impulsiva, a todo inmigrante desprevenido que encontrasen por la calle, y así dejar salir algo de su rabia mientras hacían justicia social. Pero parece que a Köhler se le fue la olla y se entregó a la policía. Köhler era un imbécil que se había dejado llevar por la presión de grupo de sus compañeros, y que en realidad no tenía instinto asesino, ni sentimiento de superioridad. Lo había hecho por sentirse parte de algo mayor y más grande que él. De hecho, un año antes de entrar en prisión, lo habían expulsado del ejército por cometer pequeños delitos y meterse en líos. Algunos  cabezas rapadas que lo habían conocido en el ámbito castrense se apiadaron de él y lo rescataron de la más triste miseria. Gunther tuvo especial interés por ayudarle, dado que habían ido juntos al colegio.

La metedura de pata de Köhler fue apoteósica, ya que había una verdadera red de activistas implicados. Hubo que mover hilos. Se decidió que Köhler cargara con todos crímenes, bajo amenaza. Así no sólo libraba a Gunther, sino a toda la cadena de personajes más o menos conocidos y con más o menos poder político que promovían tales festines y otras actividades siniestras. Como tonto que era, Köhler fue obediente y el fiscal no puso pega alguna, lo mismo que la policía, para enchironarlo a él solamente. El caso ya había causado suficiente daño en la más que fragmentada sociedad germana, como para encima sacar trapos sucios del tercer Reich.

El psicólogo miró a su madre con ingenuidad vacuna. Tras un largo instante, captó el mensaje y se lanzó a abrazarla torpemente para calmarla. Le susurró al oído que no tenía que preocuparse de nada. 

Seis meses después partía hacia Barcelona con su novia, propulsándose hacia el soñado año sabático. Unos días antes se despidió de su madre en una cena memorable, en la que su adorado goulash fue la estrella de la noche. Justo antes de salir de casa emocionado, pudo comprobar de reojo que en lo alto de la torre de cartas había un diario con la portada indicando en letras grandes el suicidio de Köhler en prisión. Su caminar se vio afectado, y conforme volvía al coche agarrado a su novia se sintió cada vez más reconfortado, fuerte, y seguro de sí mismo. Antes de que la madre cerrara la puerta, se giró y le mandó un beso cariñoso desde la distancia. Gunther, que estaba asomado por la ventana de su cuarto, lo vio marchar y adentrarse lentamente en las fauces de la noche germánica. 

viernes, junio 16, 2023

El Hospital de los Cerebros


El doctor Galdar había conseguido un extraño triunfo. Su renombre le había supuesto llegar a todos los confines del reino, pero también iluminar los oscuros rincones del poder. No mucho después de haber alterado los ánimos de varios gerifaltes, y debido a sus cuestionables experimentos y descubrimientos científicos, fue invitado solemnemente a abandonarlo todo y exiliarse en una isla lejana. 

A su llegada a la isla, le esperaba el doctor Kraus. Tenía a su alrededor un selecto equipo de enormes jóvenes que miraban ominosamente a Galdar desde la zona de desembarque.

-¡Doctor Kraus! Me alegro de verle. Creo que no era necesario traer a tantos mozos a ayudarme con las maletas. Solo he traído dos... 

-Doctor Galdar, bienvenido a Aruca. Le encantará conocer su nueva residencia. 

El doctor Kraus recibió con frialdad la ironía de Galdar y tras su breve recibimiento condujo al hombre a un vehículo de color negro que esperaba a la salida del puerto. Una vez dentro del coche, Kraus se mostró más amable, quizás acusando el hecho de que su presa ya no podría escapar. 

-Doctor Galdar, su trabajo es impresionante. Tengo que decir que es un honor tenerlo entre nosotros. Nadie antes de usted, ha podido exponer con tal claridad las íntimas relaciones que existen entre la capacidad humana de mentir, y sus beneficios para la evolución humana. Sin embargo, es un tema tan complejo que dudo mucho que tenga algún impacto, más allá de unos cuantos expertos, como yo, por ejemplo. 

-Gracias doctor Kraus, pero guárdese su estúpida amabilidad para otra ocasión. Sus mentiras y falsedades, le han llevado a coronarse como director de un infame hospital psiquiátrico donde encierra a todo librepensante de éste país, al dictado de sus corruptos sátrapas. 

-Por favor, no se enfade, usted se ha ganado a pulso éstas vacaciones eternas. Verá qué rápido se acostumbra a su nueva vida. El hospital tiene unas vistas espectaculares. Es un lugar muy romántico. De hecho, se dice que muchos de sus residentes acaban enamorándose...

Kraus prosiguió su monólogo posiblemente hasta llegar al hospital. Para entonces Galdar estaba ya sumido en una especie de autohipnosis que había generado para resistir los poderosos medicamentos que le serían aplicados como una camisa de fuerza química. Al llegar, los grandes enfermeros que habían esperado con Kraus en el puerto, habían saltado rápidamente desde otro vehículo y formado una fila, para asegurarse que Galdar entraría por la puerta del siniestro hospital sin realizar ningún vano intento de escape. 

Cuando llegó a su habitación, se le fue entregado un uniforme y unas chanclas. Efectivamente, la ventana miraba hacia el mar. Era hermoso. Una de las paredes estaba forrada de estanterías y repleta de libros y material de escritura. Al menos sus captores se dignarían en dejarlo escapar con el pensamiento, se dijo a sí mismo. Al poco rato de llegar, varios de los enfermeros gigantes acudieron para administrarle una dosis de un fármaco experimental. Se trataba de un inhibidor de la actividad cortical, especialmente del área prefrontal ventromedial. Preparado para semejante invasión encefálica, se entregó a ella sin resistencia. Al cabo de un tiempo lo dejaron salir a las zonas comunes para así poder poco a poco trabar amistad con los otros cerebros del país. 

Al otro lado del océano, el país se derretía de júbilo. El Festival de la Libertad había dado su comienzo. Millones de personas se lanzaban a la calle a expresar su libre albedrío y disfrutar de si mismos gozando de todos los placeres que la vista, el gusto y el tacto pueden proporcionar. El rey había anunciado el fin del miedo, la ira y la tristeza. La felicidad triunfaría por fín y definitivamente. Los ciudadanos solo debían de tomar diariamente unos complementos alimenticios que les ayudarían a dejar para siempre atrás esas emociones tan repugnantes. El principio de una nueva humanidad estaba dispuesto como una deslumbrante alfombra roja ante el pueblo elegido, y ellos serían una vez más, por la gracia de Dios, los pioneros de semejante logro. 

El Dorado está en Casa


Después de once años perdido en medio de la mar océana, volvió al reino de los humanos. No se sabe porqué nuestro querido Dios, quiso darle esa existencia. Ni él mismo pudo comprender para qué pasó parte de su vida en un minúsculo archipiélago con unas cuantas palmeras. Pero era un hombre de su época. Un luchador, un soldado del imperio. Ni la más terrible soledad, ni la incomprensión de éste mundo, podía arrebatarle su vida. Para morir se requería algo más que eso.

No carece de ironía que el primer puerto donde puso el pie tras su largo destierro fuese Cartagena de Indias, allí donde se dirigía su patache antes de naufragar. Su emoción le hizo llorar a raudales un trece de Junio de 1534. Se dijo a sí mismo que nunca olvidaría ese día. Desde allí partió hacia España en donde encontró fortuna y casó con una mujer de Canarias, lugar donde decidió asentarse hasta su muerte. Eligió la isla de El Hierro, la más pequeña de todas las Canarias, quizás porque estaba más a poniente que ninguna otra. Desde allí dirigió sus empresas, que estaban todas dedicadas a la carrera de Indias. 

Cuando estaba a punto de morir, postrado ya, sus hijos y nietos le suplicaron que les contara cómo fue su vida en el banco de arena donde sobrevivió solo tantos años. En realidad, nunca quiso hablar de ello, y su familia supo de la historia por la fama que creció a su alrededor en las islas, no porque él estuviera dispuesto a hablar de aquello. Al fin, accedió a contar su aventura, justo antes de morir. Temblándole la voz, y después de mucho silencio, el hombre le dijo a sus vástagos que afortunadamente ya no se acordaba de nada. Todo el mundo se quedó perplejo. Nadie se atrevió a insistir, temiendo herir los sentimientos del anciano. Presintiendo lo extraño de su contestación, intentó aclarar con mucha dificultad, su respuesta. 

-(...) hijos míos, os aseguro que es verdad lo que digo. No recuerdo nada de aquella soledad, no me queda nada de aquél infierno. Creo que me he curado de semejante dolor con vuestra presencia, con la ayuda de vuestra madre y abuela. Decidí hace tiempo abandonar el pasado y así curar mis heridas, vivir con vosotros, amar ésta tierra. Eso es lo que tengo en mi corazón, eso es lo que me llevo. Soy prueba de que vale la pena vivir ahora y que todo lo malo no es nada, viendo cómo cada día me recordáis el gozo de vuestra compañía. Quizás precisamente por eso lo he olvidado todo. Porque desde entonces, nunca más he estado solo. Os doy las gracias por vuestra presencia, por compartir nuestras vidas. 

El hombre cerró los ojos, suspiró. Todos empezaron a llorar en silencio. En su mundo interior, puso rumbo a un lugar desconocido, una vez más, al mando de su patache. Sintió que en su último viaje su barco no se hundiría, y que al otro lado de su aventura le esperaría de nuevo, la gloria y el amor. 

sábado, marzo 25, 2023

La Verdad Más Terrible

Vivía en unas circunstancias paradójicas. En su país la gente se estaba esforzando cada vez más por distinguirse de alguna forma, los unos de los otros. Se ve que odiaban parecerse entre ellos, como si fuese pecado compartir genes o fuese una vulgaridad proceder de una estirpe milenaria. Había que inventarse uno así mismo todo el tiempo, para desvincularse del casposo y rancio pasado de patriarcas opresores y profundamente predecibles. Era un paradigma incuestionable. En su situación particular, y haciendo caso omiso de las modas imperantes, se comportaba como un vulgar hombre de clase media, cosa que espantaba a todo su vecindario, donde residían unos cinco mil quinientos géneros socialmente construidos. Quizás no reparaban en los detalles de dicho hombre, porque les daba una gran urticaria el simple hecho de hablar de él, un ser tan plebeyo. Pero por los detalles se perdieron algo completamente único y singular. Por ejemplo, nuestro hombre, no había llegado al trabajo todavía cuando ya había terminado su jornada. Parece una exageración, pero es un hecho verificado. También podía haber fallecido justo antes de despertar, por la mañana, y encontrarse así mismo hecho un verdadero difunto, sin poder haberse despedido de su esposa, dada la complicada situación de sufrir el inevitable rigor mortis. A partir de ahí, continuó ya catatónico por el resto de su existencia, cosa inadvertida para el resto de la comunidad. Hablando de esposas, no sabemos si le dieron una jubilación anticipada del matrimonio o es que obtuvo una incapacidad absoluta y permanente para ejercer dicha actividad social. Nunca estuvo presente en ningún registro oficial, de hecho, no consta en registro alguno su mera existencia, lo cual no es un misterio porque nació hombre y nunca pretendió cambiarse a un género algo más distinguido. Desafortunadamente, los padres no recuerdan haberlo criado, quizás se olvidaron de él dada la cantidad de presiones sociales que su familia ha tenido que afrontar a lo largo de los años. Fue desde un principio una vergüenza pública desde que se mostró terco ante los fallidos intentos de intentar educarle, ya en pre-escolar, para que escogiera un género, en lugar de aceptar el que le fue dado por la repugnante naturaleza. Por más que quiso ser activista en causas justas, fue expulsado sistemática y sucesivamente de todas las posibles ONG´s conocidas. Nadie podía soportarlo. Todo hay que decirlo, por el contrario, fue acogido en diversos partidos del país, pero él mismo optó por abandonar la vida política. Sintió que iba a llegar bastante lejos pero en un momento dado fue presa de un gran vértigo y una sensación de estar convirtiéndose en una especie de profético líder de masas, papel estelar al que tuvo que renunciar porque que le aterrorizó por completo poder derrocar al poder dominante. De hecho, cada acto de existencia se le reveló como una enorme carga, imposible de sostener. Sus rarezas eran sentidas subjetivamente como normalidad. No podía escapar de su normalidad. Por mucho que lo intentara. Una vergüenza nacional, por supuesto.

De esta guisa, decidió marchar hacia algún lugar y desapareció para no volver. Cuando ya no estaba en ningún sitio, miró atrás y se dio cuenta de que todo lo anterior tenía mucho sentido y a partir de entonces se sintió más sosegado, más confiado y seguro de sí mismo. La gente empezó a seguirlo y se encontró rodeado de admiradores. Dicha situación le fascinó durante un tiempo, hasta que fue suplantado por otro iluminado de origen asiático, más joven que él. 

Todo fue un puro fraude, porque en realidad siempre estuvo ocultando su verdadera identidad, cosa que nadie hubiera creído jamás. Sabía que no era bueno que los demás supieran exactamente cómo eran sus estados mentales. Siempre lo supo. Lo que agravó hasta el anti-climax fue comprobar que él mismo no era más que una versión convencional a escala cosmológica de un individuo orgánico, en un planeta hecho de rocas y metales cualquiera. En realidad, llegó a darse cuenta, que si miras al espacio, puedes ver que el cielo está plagado de estrellas, con sistemas planetarios. Eso no parece un gran descubrimiento, pero lo es. El universo es un sistema completamente homogéneo cosa que no es tan obvia cuando al otear el firmamento, casi todos acabamos perdiéndonos en el abismo del espacio. Igual que todas las estrellas son iguales al ojo desnudo, y están esparcidas homogéneamente por cientos de millones de galaxias, así lo están los planetas que orbitan alrededor de ellas e igualmente vulgares son todos los habitantes de las rocas que danzan como estúpidas mariposas nocturnas alrededor de las esferas de luz que vemos por la noche en el cielo. Con esto quiero decir, que un día fatídico percibió que solo era una mera manifestación repetida infinitamente, un clon indistinguible de miles de millones de seres exactamente igual que él, haciendo lo mismo que él, en cualquier otra región isótropa de éste cutre universo. Nunca quiso amargar a nadie con semejante verdad. Por eso ocultó su secreto entre estratos de convencionalidad hasta que se largó. El asiático que lo sustituyó continuó viviendo inconsciente de su extrema vulnerabilidad identitaria. Todos los demás siguieron existiendo sin saber realmente que no eran más que copias exactas de otros seres y que no se distinguían entre ellos más que un electrón de otro electrón. He ahí la respuesta de porqué los mundos tienen que existir cada uno en una región, con un enorme espacio entre ellos, para no interactuar y existir hasta el final, como reclusos atrapados en celdas de una enorme prisión,  y que no pueden verse, tocarse o escucharse. Jamás verán a sus hermanos, a sus gemelos, a sus dobles, triples, o cuádruples, que están esparcidos por doquier, como granos de arena en una playa cósmica. 

Y más terrible aún fue concluir que si su existencia no era más que un producto mecanizado de la mera interacción entre partículas, su mente por supuesto, no podría ser más que un vulgar ábaco glorificado por nuestra propia ignorancia. Supo que no había peor castigo que no ser nada, y es ser indistinguible de otros seres. Antes de desaparecer miró por un momento atrás y sintió una profunda empatía y compasión por los millones de payasos que en su inútil esfuerzo diario se desquiciaban tratando de aparentar ser de un nuevo género, negando la palmaria realidad...su tremenda y profunda vulgaridad sideral.

viernes, febrero 10, 2023

Calcinatio


Quisiera no existir de una vez por todas, pero poco a poco. Deseo desaparecer lentamente, examinando mi destrucción con deleite. Quisiera desvanecerme como lo hacen las gotas del rocío al amanecer, sin dejar rastro. Me atrae la idea de abandonar mi cuerpo y tornarme como las brasas de una hoguera antes de hacerme ceniza y humo. Quizás fuese mejor que nunca hubiese estado aquí, pero no fui yo quien me puso en este entuerto. Ahora que no lo puedo remediar, me presento avergonzado por trastocar el curso natural de las cosas, porque yo altero todo al tocarlo. Al mirarlo. Al sentirlo. Al pensarlo.

Mi pensar hiere, mis sentimientos son punzantes. Penetran la piel y surcan las venas de los seres que a mí se acercan. Concibo el mundo en mi interior y engendro hechos, anticipo el movimiento. Estoy preñado de mundos que no puedo dejar salir. Tengo que mantenerlos encarcelados. Por eso navego solo la mayor parte del tiempo. Os veo a todos de lejos, aunque me veis cerca de vosotros. No me conocéis aunque creéis inocentemente saber algo de mí. 

No sabes quién soy, no sabéis lo que crea mi mente. Vivís la vida como tiene que ser. Vuestros sentidos os guían y creéis a ciegas lo que atisbáis sin desear ir un palmo más allá, para descubrir que el mundo es otra cosa. 

La naturaleza es sabia. Dota a los seres animados de un talento maravilloso. Pueden ejercer su voluntad y en la concordia colectiva existir en plenitud. A mí me ha hecho sentarme al lado de todo ello como observador, y tomar consciencia de que el existir es algo que solo se produce cuando se asume la extrañeza, como posición de referencia frente al mundo, frente al otro. Observar lo que pasa, si, qué gran pasatiempo. Es un pozo sin fondo. Lo que pasa necesita ser interpretado. No puedo más que actuar sabiendo lo que cada acto significa. He vivido mil vidas. He pensado los sentimientos y sentido los pensamientos. He de ser castigado por querer saber. De hecho, estoy siendo castigado. Y lo merezco. 

Aquí me planto frente a tí, y te doy sentido, amenazando el Edén infinito en el que creías vivir. Dejo que existas, porque te estoy pensando. Cuando yo desaparezca, el mundo volverá a su punto de equilibrio. 

Antes de despedirme, quisiera desdibujar el tiempo. Observar lo que pasa es mi pasatiempo. Pero el tiempo no existe. Es solo una forma de hablar. Doy vueltas y vueltas a tu alrededor, mientras lo esté pensando. Pero en realidad estoy en todas partes y en ningún sitio a la vez. No he existido nunca. Quizás no exista. Deseo amarte y eso es lo que hago. Desde aquí. Siempre en movimiento. Un perpetuo quehacer, para darte vida, y para quitártela. 

sábado, febrero 04, 2023

El Sentido Sinsentido de los Sentimientos


La melancólica voz negra de Sarah Vaughan lo envolvía como una cortina de lluvia de otoño, protegiéndolo del más allá de su casa, y de la existencia del resto de los mortales. Desde pequeño se había dejado llevar por el embrujo de los diccionarios. Son libros que catapultan al lector curioso de palabra en palabra, de idea en idea, hacia conceptos y reflexiones indescriptibles y sobre todo inacabables. De ese modo había aprendido a navegar por la magia de las letras cuando el resto de su vida naufragaba bajo las inclemencias del caos familiar y el desarraigo propio de los arrabales de la ciudad. Las palabras tenían el poder bíblico de paralizar las fuerzas naturales que aplastan a los incautos y a los privados de alma, dejando pasar a nuestro protagonista a través de los fondos marinos del mar Rojo a la sombra de ominosas columnas de negras y amargas aguas. 

Su triunfo prometeico sobre su destino como mortal, le llevó alumbrado y valiente por doquier, sobre todo después de haberse liberado de sí mismo, cual lepidóptero abandonando su propia crisálida. Pero siempre sintió su anclaje imperecedero al solar donde brotó su vida, y por tanto acabó después de muchos años retornando a ese lugar, fiel a esa impronta a la que obedecen salmones y criaturas de todos los confines del orbe. 

Ahora en sus años provectos se detiene algunos sábados para retomar el viejo vicio y virtud de escrutar significados y palabras, ésta vez para engarzar un guión de un relato o para construir una imagen con sus plumas y lapiceros. Tiene alas para volar pero las guarda en el hangar del olvido, y conforme pasan los años, siente y resiente la esencia de su ser, que quedó lastrado en su estado larvario. Su indefensión se prolonga y proyecta hacia delante, por mil vueltas que la tierra le pueda dar al sol, así como él, fiel a su naturaleza de insecto nocturno, gire alrededor de un farol de ilusiones, a sabiendas que las postrimerías de su existencia le auguran un exitus infernal. 

Esta noche trataba de poner en pie una historia sobre un escritor maldito, siguiendo a la zaga de sus admirados artistas, cuyos trabajos adornaban todo el escritorio y poblaban su mente con sus geniales observaciones sobre la naturaleza humana. Sorbiendo de su taza de té verde, se vio a si mismo de pronto, como si pudiese contemplarse como un tercero; alguien ajeno y sujeto a su ojo omnisciente. Pudo advertir que su alma desnuda sentía una profunda vergüenza que ansiaba aplacar entregando cuanto antes una moneda a Caronte y saltando al fin hacia el inframundo. Esa necesidad siempre había estado presente, pero ahora se presentaba con sosiego y reclamando cada vez más convicción y dominio de la psique.

Envenenado por el desafecto de su padre, la locura de su madre y la ceguera emocional adquirida en el nido de sendas almas se pregunta ahora, qué papel interpreta hoy, pero encuentra que no desea ser ni actor ni audiencia, sino más bien ceniza o barro para alumbrar a otra alma que quiera existir. Examina el fondo de su inconsciente, y encuentra las sombras de sus progenitores, calcinadas por pretender emborracharse con el néctar del amor incondicional, ese brebaje mágico que pasa de forma impredecible de ser cura a tornarse tóxico. Y certifica con ello que anduvo todo el tiempo ciego y sordo y mudo, y que prosiguió atolondrado, cayendo, tropezando y volviendo a levantarse una y otra vez, hasta que encontró una mujer que lo amó. 

La mujer lo quiso tanto como a los padres de ella, y los padres de ella lo quisieron como un convidado de piedra. Ese no existir demandado por los suegros corrompió el amor a pesar de la tenacidad de ambos por quererse. Ahora no parece importar tanto, algunas heridas se curan y otras, se cierran a duras penas, pero se cierran de alguna manera. Eso es lo que todos le dicen para animarlo. Y de hecho, dado que de su nido matrimonial brotaron dos maravillosos ángeles de los que gozan padre y madre, -¿de qué puede uno quejarse? -se pregunta- pero después de pasar a un segundo plano viendo como sus angelicales almas han ido ascendiendo hacia la perfección y en su rectilíneo camino se aproximan ya a la juventud más virtuosa, él mismo se ve agonizando sin poder remediarlo. ¿Qué clase de corrosión acaba con el amor, la propia o la ajena? ¡Qué sinsentido!

-¿Qué significado puede tener la vida sino una oportunidad para seguir medrando? ¿Seré un desagradecido por no haber materializado mi sueño de amar con libertad, perdiendo de vista que en realidad he vivido? ¿Estaré repitiendo el desamor de mis padres y precipitándome a un inmerecido limbo moral? -Se preguntaba todo ello y más, mientras seguía diseccionando su propia alma, como si de un occiso se tratase. 

-Dale otra oportunidad  -dijo otro Yo, o quizás otra parte del Yo, algo remota y huidiza. Tras escuchar esa otra manifestación de sí mismo, abandonó su cuaderno y se dirigió hacia las hojas de grano medio, hechas con fibra de algodón, con las que normalmente construía previsibles mundos en blanco y negro. Con algunas dudas se dispuso a proyectar un paisaje imaginario donde dejar vagar su alma durante la noche hasta cuando el temple de su mano lo permitiese.    

miércoles, febrero 01, 2023

Momentos de Machirulos


Aprovecharon que Antxo venía hoy de Bilbao para estar juntos sin la presencia de hembras y recibir al anfitrión como debe ser. Era viernes y cogieron a las matriarcas descuidadas. Goyo sabía que durante el primer día lo mejor era agasajar al amigo del norte con la compañía de varios íncubos autóctonos para también planear las actividades del sábado. Los había reunido en casa con mucha ilusión. Estos encuentros eran cada vez menos frecuentes, y por tanto, generaban mayor delectación. La mujer de Goyo se había ido a un congreso a Madrid. Se coordinaron a la perfección para ignorarse el uno al otro durante un enjundioso fin de semana.


En el ambiente del piso de Sotogrande, dominaba el selvático verdor de las plantas decorativas que casaban maravillosamente con la paleta de colores de los papeles pintados, y los cuadros imitando a relieves renacentistas, naturalezas muertas y cornucopias. Tras actualizarse sobre las actividades laborales de cada uno de los presentes y de paso tomarse un vermut, pasaron a la terraza para almorzar. Era un piso bajo, dando el salón a una terraza sin muros, para poder disfrutar así de toda la belleza de un barrio atravesado por canales y poblado de embarcaciones deportivas. La música brotaba sutilmente de un diminuto altavoz. Eran los estudios Op. diez de Frederick Chopin, gestados en Varsovia a partir de 1892.


Fue un largo y pausado ágape para el grupo de varones en edad provecta.  La atmósfera estaba dominada por el aroma de los espárragos silvestres y los boletus aereus traidos por Anacleto directamente de los campos aledaños, frecuentada por el gustoso y largo contacto orofacial con una manzanilla en rama Solear de Barbadillo. Imperceptiblemente JJ y Goyo se fueron introduciendo en una discusión sobre asuntos de actualidad política, para acabar enzarzándose una vez más en esa clase de pelea dialéctica, la de las dos Españas, en la que se habla tanto que al final solo se escucha un barullo de voces broncas, y de la cual rebosa mucha testosterona. Al menos no hay víctimas, ni heridos, solo un leve tedio que se disipa conforme avanza el nivel etílíco en el cerebro. Estaban llegando al clímax de la lucha de clases cuando el viejo e incorruptible rojo de JJ derrochaba argumentos en pro del inocuo efecto de la masiva inmigración a Europa por parte de subsaharianos y otras huestes.


-...En Alemania, un país mucho más avanzado que el nuestro, hay quince millones de turcos, sí. ¡Quince millones de turcos! -Goyo estaba ya cansado de los interminables embites sociolistos, y ya pacientemente esperaba vencer al contrario por agotamiento. Solo escuchaba, manteniendo una cada vez más precaria facies hierática. Los otros dos que formaban parte del cuarteto, hastiados y con la mirada en el infinito se entregaron a un cada vez más enconado abuso del vino, como si fuese el fin del mundo. Hacía una tarde estupenda de Enero, y continuaron todavía en la terraza con copazos, bajo un tenue pero generoso sol invernal. No hacía ni gota de viento. Las fragancias del romero, la hierbabuena y la salvias que amenizaban el pequeño jardín de plantas aromáticas, mezcladas con el fondo salino, permanecían indefinidamente flotando en el ambiente, calmando así los ánimos y saneando las almas.


-No se puede comparar esa cantidad de inmigrantes con la que tenemos nosotros en nuestro país. Solo de sirios, en Alemania debe haber unos dos millones. Nosotros no tenemos más de veinticincomil sirios empadronados, aseveró JJ en su última y decisiva puntilla a la ya mortecina tertulia. -En un acto inconsciente de desesperación, o un lapsus linguae, el tercer amigo, Anacleto, sintió que un magma amorfo brotaba de su boca de forma incontrolada-.


-Kiyo, po en Sevilla hay muchos sirios en Semana Santa. -Hubo risas y después más ginebra, aunque se percibió que las gafas de Antxo se llenaron de vaho, revelando cierta confusión-


Gracias a la providencia, por fín se bajó el telón y se rindieron a los generosos abrazos de Morfeo allí mismo, sobre el mullido y limpio césped que daba al muelle privado. Las sombras de los mástiles eran ya muy alargadas cuando sus turbias consciencias salieron súbitamente a flote. Dios les devolvió el juicio con la ayuda de los ladridos de un chiuaua que acompañaba a una guiri ligera de ropa y que pasó por delante de los cuatro hombres escorados. Gracias a ello pudieron reanudar la marcha despacito, calentando los motores con un jamón setenta y cinco por ciento bellota y veinticinco mangalica. Para llevar a cabo dichos trabajos, fue propicio desplazarse a la cocina y poder catar también un El Veneno de Pepe Mendoza, inaugurando así la velada. Después darían cuenta de un Burdeos y de un Puglia porque todos estaban casados. Permítame que me explique. Goyo, el más avezado en el planeta de los vinos, asegura que visto que uno no puede ser promiscuo con las mujeres, al menos con el vino sí que se puede. No tiene sentido aceptar con resignación el tedio de beber siempre Rioja o Ribera del Duero, cuando hay tantas mujeres, perdón, vinos que probar. El muy granuja había encontrado su manera de doblegar las reglas o quizás jugar con otra baraja y así prolongar un poco más, la capacidad de sorprenderse, de estar vivo. No sabemos si tuvo que vender su alma al Maligno para poder continuar ad libitum su derrota en busca del néctar sagrado. El caso es que a sus cincuenta y dos años, parecía más vivaz que un crío chico.


Como se habían quedado algo tiesos en la terraza, se dispusieron ante el jamón de pie, como cuatro brujas alrededor de su caldero. Así podrían animarse mucho más y dejar atrás la rigidez muscular propia de la edad y de la siestecilla. Goyo cortaba y los convidados tenían que esforzarse en no desanimarlo, aligerando el plato constantemente. Al contemplar los restos mortales del gorrino de forma tan intensa, Goyo fue alcanzado por una epifanía.


-¡Qué sensación tan buena es cuando estás cortando el jamón con la pezuña hacia arriba! Parece que nunca se va a acabar. Sin embargo, todos los que estamos aquí, ya le hemos tenido que dar la vuelta. Y ahora cada vez que le metes mano, encuentras hueso a cada paso. Antxo, que era pescador profesional, se le quedó mirando perplejo sin decir palabra. No sabemos si entendió la alusión estilo Valdés Leal a la finitud del ciclo vital humano.


Estas disquisiciones existenciales sobre las postrimerías de la vida, dieron paso a reflexionar profundamente sobre las desgracias y torpezas de la juventud, momentos en los que hay jamón por doquier, pero no sabe uno por donde meter mano. Traducido al lenguaje académico, el maestro de ceremonias se entregó a la difícil tarea de exponer errores producto de la precocidad y de los absurdos juegos a los que nos somete la corteza límbica cuando más deberíamos de ir sosegados por la vida. Tal deriva filosófica tenía su explicación, puesto que tras toparse con la idea de la muerte, lo mejor es reírse de uno mismo.


-¡Qué tiempos aquellos! Mejor que no vuelvan nunca. A veces me vienen recuerdos que me dan náuseas. No lo entiendo. -Mientras tanto, los demás asentían con la cabeza, dando pábulo a que Goyo siguiera hablando y cortando más jamón- Me podía despertar en casa de alguien y no acordarme de absolutamente nada de lo que había pasado la noche anterior. En una ocasión me di cuenta que estaba acostado al lado de una mujer indescriptible. Un troll al lado de ella parecería una belleza parisina. Después de salir de allí lo más aprisa que pude con una resaca del quince, tardé lo más grande en encontrar el maldito coche. ¿Cómo podemos ser así? -todos se troncharon de risa, recordando en secreto los líos y demenciales entuertos en los que cada uno se había metido en sus años mozos-


-Pues, puestos a perderse, deja que te cuente lo que me pasó hace poco en un centro comercial -intervino Anacleto, desviando significativamente la temática tertuliana, mientras se calzaba un par de lonchas de jamón y un trago de vino- Me tuvo que llevar el guarda de seguridad con su moto por las distintas plantas del aparcamiento hasta finalmente dar con el vehículo. Pero claro, yo ya había dado por perdido el coche y había llamado en seguida a mi mujer para advertirle, de modo que cuando lo encontramos, tuve que soportar las risas de los guardas y más tarde la tortura de la máquina de regañar. Sí, la máquina de regañar se puso en marcha al llegar a casa. Que si le había dado un susto enorme, que si esto y lo otro...menudo día pasé.


-¡La máquina de regañar! ¡qué bueno, jajajaja! -JJ a estas alturas se retorcía de dolor y placer al mismo tiempo. Anacleto era un hombre tan escaso de estatura como de autoconfianza y por ambos motivos había declarado entrega sumisa a la femiviolencia de género al casarse, o eso creía JJ. Porque la femiviolencia de género es tan natural como la luz del día, y él tampoco estaba libre de la misma. Era un varón, es decir un incauto, de modo que la vida le había reservado a él la misma cantidad de abuso femenino que al otro, solo que JJ se divertía al contemplar la desgracia de Anacleto, el muy descastado.


Ya eran las diez y media, y la dueña de Anacleto lo llamó para reclamar su dominio total sobre su alma. El yugo hembrístico se dejó caer sobre los hombros de todos menos de Antxo, que estaba de visita. A JJ se le pusieron los vellos como escarpias, recordando que la suya estaría ahora mismo mirando el reloj y preguntándose por dónde andaría ese payaso de circo.


-Bueno, parece que es hora de irse -dijo nerviosamente Anacleto, a lo que Goyo contestó jocosamente-


-¡Jajaja!, la máquina de regañar se ha puesto en marcha


-Hijo puta eres, bueno me tengo que ir tíos -JJ aprovechó el momento y dijo que también se iba-


-Yo también me voy compañeros, que ya es hora -Antxo no comprendía la partida inminente de los autóctonos-


-¿JJ tú también te vas?


-Si Antxo, mi mujer tiene las manos bastante grandes. De hecho si junto mi palma contra la suya, me saca una falange, así que imagínate las hostias que puede dar -dijo JJ pensando que así le echaba un capote a Anacleto, revelando de esa manera su servidumbre al poder hembrístico.


-¡Jajajaja, hijo puta...bueno cabrones, iros ya que si no va a haber guantazos esta noche -Antxo zanjó la cuestión con un brindis de despedida alrededor de la pata de jamón, como Dios manda- ¡Mañana nos vemos aquí para salir a pescar y luego el arroz! ¡Venga venga Agur!

martes, diciembre 06, 2022

El Profesor

El profesor salió de su cueva para hacer unas compras y tomar aire fresco. Hacía semanas que no se le había ocurrido pensar en que afuera había algo parecido a un mundo "exterior", ajeno a él. Era normal, teniendo en cuenta que vivía en los bajos de una torre en el centro de la ciudad. Era un edificio construido en el siglo dieciocho, con muros gruesos, ideal para que el profesor pudiera continuar con su estilo de vida de ensimismamiento intelectual, con escasas distracciones. 

Al abrir la puerta sintió el saludo de la vieja ciudad, con sus distintivos sonidos, aromas y figuras estilizadas entrando y saliendo de las hermosas tiendas que deslumbraban con sus luces, colores y diseños, a todo bípedo del orbe. Al cruzar la puerta del mini-supermercado de la esquina, le salió al paso un joven bien parecido. Llevaba una bolsa en cada mano y se sintió algo incómodo en dicha situación, tal vulgar y mundana. Se vio a sí mismo como un cuadrúpedo cazado por sorpresa mientras abrevaba en su habitual estanque. 

-¡Profesor! ¡Qué alegría de verle! Le hacía en otro lugar, pero es un placer encontrarle en la ciudad. 

-Yo también me alegro de verte, Segismundo, -dijo el profesor con un tono algo taciturno-.  Pásate por casa hoy para cenar si no tienes otra cosa mejor que hacer. Tengo algo de prisa ahora. 

-¡Desde luego!, acepto la invitación, ¿a las nueve?

-Vente algo antes y cocinamos juntos, es mucho más divertido. 

-Perfecto, que así sea, allí estaré. ¡Hasta luego!

-¡Adiós Segismundo!

El profesor trató de acelerar un poco y así evitar algún otro encuentro similar. Repuso el frigorífico y la alacena, y tras ese gran esfuerzo más propio de las ardillas que de un bohemio, se dispuso a comer algo rápido para el almuerzo. Así podría aprovechar el resto de la tarde antes de que le visitara el joven Segismundo. 

Las horas pasaron como trenes de alta velocidad. Sonó el timbre en un mal momento. Estaba bastante concentrado. Pero se dio cuenta que siempre pasa igual. De hecho, se sintió agradecido de Segismundo, porque en virtud de su interés en verle, la tarde había sido bastante más provechosa sabiendo que alguien tendría que interrumpirle. Le dejó entrar en la casa, la cual se abría al visitante desde su entrada como una enorme guarida de piedra construida con bellísimos arcos y altos pilares que creaban una atmósfera enigmática y de gran tensión.

Segismundo había sido un buen alumno. De hecho, ahora era profesor asociado en la Facultad de Bellas Artes. En cambio el profesor era ya una pieza de museo. Ambos podrían representar la evolución natural de la vida; uno empezando a germinar y el otro esquivando la guadaña. El joven le preguntó sobre su último año y el viejo le contestó con vaguedad mientras se dirigieron a la cocina, la cual estaba abierta hacia el salón. El material artístico brotaba por doquier. Todo parecía estar dispuesto en una especie de orden caótico. Los cuadros poblaban las paredes. Los múltiples caballetes y poleas dispuestos por todo el espacio disponible, generaban una sensación de actividad intensa.

-Si, he estado recuperando material antiguo y escribiendo guiones para nuevos trabajos. Le enseñó los alimentos que iban a tomar y le asignó la tarea de preparar una ensalada.

-Profesor, me encanta su estilo. -Se detuvo un instante, para deleitarse en su pensamiento-. Es uno de los pocos que escribe guiones para pintar cuadros. -Prosiguió con su tarea de cortar zanahorias muy satisfecho de sí mismo, y con la vista periférica se dejó impregnar por las fuerzas magnéticas de los cuadros que reclamaban su atención. 

-El profesor estaba comprobando el estado de dos doradas a la sal que ya casi estarían listas. Después se fue a la bodega frigorífica para sacar un tinto de Arcos de la Frontera que le había gustado, y que deseaba compartir con el muchacho. Agarró un par de copas de la vitrina y se encaró con Segismundo, que ahora aderezaba la ensalada con vinagre de jerez y un aceite de oliva jienense de un verde mesmerizante. -Si, gracias, te lo agradezco. Eres alguien que realmente entiende mi trabajo. Me inspiro fundamentalmente a través de las relaciones con las personas. Me estuve psicoanalizando durante media vida para poder captar mi propio Yo y el de los demás. Ahora quiero pintar sobre el mal, y los peligros humanos que nos acechan. 

-¿Qué peligros nos acechan profesor? -Levantó la copa y tomó una impresión olfativa, la cual le brindó notas de ciruela negra y moras. Se quedó esperando a que el ínclito terminara de elaborar su reflexión.-

-Los ingleses son como la peste. Son un extraño conjunto de individuos, a los cuales no se sabe muy bien como clasificar. Serían como los virus, criaturas que no parecen vivas, pero que tampoco están muertas. No pertenecen al reino animal, yo diría que son como los hongos. Existen otros parecidos como los holandeses, alemanes y demás pseudo-humanos. En nuestro país, los psicópatas son las variantes más parecidas a ellos.  Y por cierto, hay que reconocer que los psicópatas no escasean por aquí...tenemos cierto parentesco a los ingleses, desgraciadamente. 

-Bueno, jeje, eso suena interesante, no sé si ellos pensarán lo mismo de nosotros. -Tomó un trago del Tesalia, dejándole un post-gusto a cacao.- A juzgar por la propaganda anglosajona que contamina todo el ámbito de la cultura y el circo mediático, usted ha tenido que sufrir a los ingleses de cerca para tenerles en esa consideración. 

-Peor que ser inglés, es querer ser  o parecer inglés. Eso le pasa a bastante gente. El mal gusto es necesario, pero hay que dejar dichas costumbres a los desviados y a los tontos, ellos no tienen remedio. Por otra parte, no hace falta alimentar lo feo, o lo grotesco. La maldad y la fealdad saben cuidarse de sí mismas. El mundo necesita tanta ética como belleza. Nunca es suficiente el bien existente. Hay que ir siempre profundizando en ello. Porque el mal se dedica a destruir lo bueno y como sabes, destruir es una acción mil veces más fácil que la acción constructiva. Lo siento mucho por mis buenos y escasos amiguetes ingleses. Vivir entre orcos debe ser tremendo. Yo puedo constatarlo en mi marcha por el desierto londinense en los años noventa. Nunca más volveré por aquella sórdida tierra. ¿Qué tal el vino? Tiene una mezcla de uvas curiosa; petit verdot, cabernet, tintilla de Rota... 

 -¡Está genial!, de verdad, muy completo. Entonces deduzco que tiene en el horno, a parte de un par de doradas, varios cuadros explorando el mal causado por los anglosajones. -El profesor le hizo la señal de que todo estaba preparado y se dirigieron a un espacio informalmente dispuesto para la pitanza. Todos los rincones del enorme estudio eran lugares apropiados para ponerse a dibujar, escribir o pintar. Segismundo disfrutaba como un crío de un lugar que estaba totalmente dedicado al arte, de arriba a abajo, de izquierda a derecha.

-Efectivamente hijo, el mal es un producto natural del mundo, no podemos rehuirlo. Hay que conocerlo y comprenderlo para poder superarlo. Pero siempre estará ahí acechando. Lo anglosajón es un mal cainita. Es la rabia ante la superioridad hispánica. La ambición de hurtar del imperio y de vivir a costa de él. Nosotros pagamos caro nuestra excesiva confianza. Dejamos que esas ratas pudrieran nuestro proyecto universal. El arte comprometido debería de reflejar la penetración del mal en nuestra sociedad. Y no precisamente de un mal sin sentido o un mal arbitrario. Sino del mal dirigido a destruir el corazón de la civilización occidental. Creo que voy a dedicarme a ello hasta que me lleve el diablo.

-El diablo no tiene cojones de entrar aquí, profesor. -Trató de evaluar el impacto de sus palabras, deteniéndose y mirando alrededor. Mientras tanto se introdujo un pedazo de la maravillosa dorada a la sal, en la boca. Los aromas volátiles de los óleos y otros productos químicos que cargaban el ambiente, se mezclaron con los de los alimentos creando una sensación singular. Tomó otro sorbo de Tesalia, tras lo cual el profesor le escanció todo el vino restante de la botella.-

-Es verdad, yo nunca invitaría al diablo a entrar en mi vida. Al menos conscientemente. Bueno, veo que te ha gustado la dorada. Acabemos con la ensalada que también está muy rica, te ha salido muy bien. ¿Qué te parece mi propuesta de trabajo entonces?

-Me parece genial, de verdad, creo que nos hemos dejado arrastrar por un falso progreso que ha tenido un liderazgo norte-europeo no cuestionado, y que realmente no conduce más que a un sinsentido. Esa gente ya no sabe por donde tirar, no sabe qué hacer. Tienen que innovar porque sí. No saben que hay que vivir. Y que la vida es lo que manda, lo que genera criterio. Se lo llevan cargando todo desde hace tanto tiempo que no sé si es un poco tarde para rebelarse. Hay que volver a lo mediterráneo y emanciparse de la barbarie. 

-Cuando uno ha tenido que vivir en sus carnes la clase de vida que esa gente lleva, te das cuenta de que realmente pertenecemos a mundos irreconciliables. Son profundamente autistas e incapaces de ver la ternura del ser, especialmente de la comunión con el Otro. Muchos de ellos luchan, saben que hay algo que no está bien. Viven en un mundo carente de amor. Lamentablemente, al crecer en ese ambiente, después es complicado adaptarse a un mundo más amable. No lo entienden, les resulta difícil ser amados y amar plenamente. 

-Supongo que su esposa, perdón, ex-mujer, hizo grandes esfuerzos por adaptarse. -tras la frase tomó un gran sorbo de vino, como para compensar una posible represalia.- 

-Ejem, si, es verdad. Ella al igual que yo, tratamos de acercarnos y querernos sin límites, pero la aventura nos ha hecho pedazos. Supongo que a mí sobre todo. Como londinense, y mujer moderna, quiso ligarme basándose en lo que le decía su bajo vientre o como ella dice; below the belt sort of feeling. Pero eso no es el matrimonio. Como te digo, son gente que reduce el amor al sexo, y la vida a la mera supervivencia. 

-¿Dónde vive ella ahora? 

-Justo encima de este apartamento. -dijo el profesor, señalando con el dedo índice hacia arriba, y con voz baja, como si ella fuera ahora a escuchar sus palabras. -Es que no la soporto, pero tampoco puedo vivir sin ella, honestamente. 

-Aaaah, entiendo. -Se sintió confundido, pero como tenía donde mirar y con qué estimular su mente, se dejó llevar por el espectáculo visual de los cuadros del apartamento, y así poder olvidar momentáneamente, el impasse de la situación-. 

Para cuando estaban más allá del bien y del mal, dándole sorbos a un amontillado llamado La Inglesa, alguien llamó desde una puerta interior. El profesor hizo un gesto de leve desazón, tras lo cual dijo; -¡Pasa! -Una bella mujer de unos cincuenta años apareció por una disimulada puerta que estaba en una esquina de la cocina. Llevaba una bata y un camisón de seda que le hacían tremendamente seductora. El joven se sintió traicionado por su reacción emocional e inmediatamente se sintió indispuesto e inquieto, pero trató de disimular.

-Perdona cielo pero no sabía que estabas acompañado, disculpadme, me marcho ya. -Dijo la mujer con un falso gesto de desprecio y una voz algo ronca pero tremendamente sensual.-

-No, no te preocupes, es un antiguo alumno, Alison, te presento a Segismundo. -El profesor hizo exactamente el mismo gesto facial, pero en versión masculina.-

-Encantada Segismundo. -Produjo una sonrisa incongruente, mezcla de desinterés a juzgar por la expresión de su boca, y de lascivia, si nos fijáramos sólo en sus ojos...  -y espero que el profesor no te esté indoctrinando con sus teorías conspiranoicas sobre los anglosajones...es difícil llevarle la corriente a un genio lunático. -Alison pronunció las frases lentamente, mirando al suelo, de modo que sus increíblemente largas y curvadas pestañas hipnotizaran al incauto de Segismundo. Para terminar, disfrutó lentamente de la palabra lunático, momento en el que clavó sus ojos en el desgraciado joven. Durante la fracción de segundo en que pronunció el fonema "lu" mostró su brillante y roja lengua. Segismundo se sintió atravesado por una atracción morbosa e inapropiada hacia la mujer o mejor dicho, ex-mujer del profesor.

-Encantado. Jeje, son ustedes algo especiales, creo que nunca he estado una una situación tan extraña. Mmm. No sé si tomaros en serio, ¡pero me lo estoy pasando genial! ¡Ja! -Produjo una sonrisa forzada y nada convincente.-  

-Eres muy diplomático Segismundo, me alegro que disfrutes de la velada. Cariño, ¿me pones una copa del vino que estáis tomando? Y....¿te importa que me una a vuestra conversación? Estaba un poco aburrida en el piso de arriba. Me he pasado el día entero sola. -Se sentó en un sillón frente a los dos hombres, mostrando unas piernas sensuales que brotaban del vestido encarnado como diabólicas y torneadas tentaciones.

-Te pondré una copa, no nos vamos a pelear por eso. Este hombre ya se iba, así que tomemos la última y después cada mochuelo a su olivo. -El vino tenía color caoba, como el pelo de la mujer. En nariz era punzante, con aromas de especias tostadas, recuerdos a madera y frutos secos. En boca, amplio, estructurado, y persistente. Ella cató el vino y lo saboreó despacio, aprovechando furtivamente cada ocasión, para captar vibraciones de Segismundo, mientras los dos hombres continuaban su perorata. 

Se supone que todo se iba a terminar en cuestión de unos minutos, pero no. Al final la mujer se acabó uniendo a la conversación. Los tres se enzarzaron en una disputa a tres bandas cada vez más abstracta y progresivamente más angosta. Segismundo tuvo la impresión de que ambos interlocutores lo intentaban atraer de alguna manera a su terreno, lanzaban preguntas o proponían un dilema para cazarlo, exponer sus debilidades o simplemente para gozar mientras él, se revolcaba panza arriba tratando de defenderse de las argucias de sus dos oponentes. ¿Quizás fue el amontillado, que lo hizo algo más desconfiado? Acabaron la botella y se bebieron otra de la misma bodega. Para cuando Segismundo intentó marcharse, estaba muy afectado por todo, incluyendo los caldos que había tomado. 

-Segismundooo, que buena charla hemos tenido. Te veo muy cansado, y es tarde, ¿porqué no te quedas a dormir? No creo que sea apropiado salir en tu estado al mundo real. Te traeré una manta. Ahora vuelvo.

-¡No se preocupe profesoorrr! bueno, da igual...¡Qué vergüenzaa! -dijo, mirando a Alison. Ella le devolvió una mirada lujuriosa. Al poco retornó el profesor con unas sábanas, mantas y almohada. 

-¡Ea, ahi tienes de todo! ponte cómodo. Yo me voy, mañana hablamos. No puedo tenerme en pie. !Au revoir!

Alison y Segismundo se quedaron solos tras la salida abrupta del profesor. Ella se levantó al momento, y se dirigió hacia el joven. Se aproximó tanto a él, que su pubis quedó a menos de un milímetro de su cara. En distancias tan cortas, la seda mostró toda su capacidad de hacer estragos en la voluntad. Y los aromas y las formas humanas más allá de lo soportable. Segismundo sintió que el mundo se le venía encima. Ella murmuró algo. Aunque pronunció palabras audibles, él creyó haberlas olido. Era un aroma a especias picantes, con un poco de vainilla. Un tiempo después, tras saborearse el uno al otro aquellas regiones en las que estás pensando, desaparecieron por la puerta secreta, sin saber en qué lio se acababan de meter. Pero así es la vida, mucho mejor que la ficción.  







domingo, diciembre 04, 2022

El Regreso

Hacía sólo unas semanas, Isabel había empezado a citarse con un médico que había conocido en una de sus guardias en el hospital. Era un guapo cirujano argentino que acababa de llegar a la comarca. Quizás fuese una casualidad que ambos adorasen el cine fantástico y de terror, el caso es que se habían encontrado una noche oscura trabajando en urgencias, y tras largas conversaciones sobre sus horripilantes preferencias cinéfilas, no pudieron sino seguir descubriendo más afinidades algo más clandestinas e impúdicas. Como buenos sanitarios, aprovechaban algún descanso o respiro para besarse o meterse mano. Coser tripas, reparar huesos fracturados y después tener sexo en un oscuro cuarto próximo al quirófano suponía un morbo codiciado para sendos médicos, dando pábulo a la envidia del más consumado filmaker del orbe.  De esa guisa ambos comenzaban la emocionante etapa en la que una mujer y un hombre se inician en el ritual de desearse incondicionalmente el uno al otro, conociendo e idolatrando cada poro de la piel, y cada pensamiento de su amante. 

Era ya otoño, y bajo la suave cortina de lluvia que refrescaba el caldeado ambiente, se lanzaron por la vertiginosa y silvestre carretera que les lleva de Algeciras a Tarifa. Tras dejar atrás los ominosos y gigantes generadores eólicos que giraban sus aspas diabólicamente frente al estrecho, la ciudad de Tarifa se dejó ver junto a la costa. Al descender suavemente hacia la hermosa franja litoral, sintieron mucho menos el azote del levante, especialmente conforme se adentraron en la zona urbana. 

Era excitante acudir al cine en el Teatro Municipal Alameda, tan cerca del mar. La ciudad de Tarifa es un lugar asociado a otros menesteres más estivales, pero así es como ha de avanzar una ciudad que quiere estar en el mundo. De hecho, como buena algecireña, Isabel se sentía muy orgullosa de ver cómo la comarca progresaba hacia la modernidad, desde lo más remoto de Andalucía.

El Festival había comenzado sus primeros pasos el año anterior, y en la presente edición, habría hasta una fiesta zombi por el pueblo. Dejaron la autocaravana por la playa de los Lances y se fueron andando desde allí hacia el centro. Así estirarían las piernas tranquilos, porque el cielo se había despejado por completo y no habría más amenaza de lluvia en los siguientes días. Por el camino intercambiaron impresiones y algún que otro furtivo achuchón. En su fuero interno, Isabel dejó aflorar un extraño sentimiento de familiaridad con su amigo. Era como si lo hubiera conocido hacía muchísimo tiempo. Justo antes de distraerse con otra cosa, percibió un leve cariz funesto en dicha sensación. Pero eso no tenía sentido. Se acababan de conocer, y él había estado toda su vida en la Tierra del Fuego, en Ushuaia. Lo curioso es que no tenía acento argentino ninguno. 

Al fin, gracias a la magia del cine, se adentraron en las penumbras de la selva amazónica, con la ilusión de estar viendo la ópera prima de Alejandro Ibáñez Nauta, hijo del ínclito Chicho. La película titulada "Urubú" supuso para Isabel, un re-encuentro de épocas anteriores, ya quizás pretéritas, donde nuestro querido Chicho Ibáñez Serrador, nos animaba cada lunes a perdernos por los corredores infinitos de la angustia y la irracionalidad que vive agazapada en cada rinconcito oscuro de nuestras mentes. En aquellos años de ingenuidad y curiosidad que ahora recordaba con ilusión, Isabel era una estudiante con gran entusiasmo por la vida. 

Ahora, en sus años de veteranía, con los hijos criados y el ex muy lejos de su vida, debía de reinventarse y comenzar un nuevo capítulo, tras años de vicisitudes y privaciones. Enamorándose de su nuevo amigo el cirujano, quiso tirar la casa por la ventana. Hacer locuras y dejarse llevar por su instinto de mujer se había convertido en lo más prioritario de su vida. 

Salieron de la película muy satisfechos y más si cabe al poder escuchar al mismísimo director explicar los pormenores de la aventura de filmar en el corazón salvaje de Brasil. Tras la agradable cita, volvieron a la autocaravana, se vistieron con los trajes de zombis y se maquillaron a tal efecto. Al salir ya preparados y con aspecto de auténticos muertos vivientes telefonearon a sus colegas y quedaron con ellos en el centro del pueblo, por la iglesia de San Mateo Apóstol, desde donde partiría la escenificación de una invasión de no-muertos. La sensación de familiaridad con su amigo era cada vez más fuerte. Eso le hizo sentirse casi eufórica. 

Fue una noche apoteósica, pudiéndose gozar de la alegría de niños y mayores haciéndose pasar por criaturas putrefactas. La calle estaba empetada y todos disfrutaron como enanos del espectáculo colectivo. Cuando terminó el pasacalle, se sentaron en un pequeño bulevar próximo al bar "el Picnic", por la calle Guzmán el Bueno. Miraba a su hombre con ternura, pero también con una pizquita de asombro, de perplejidad. ¿Porqué se sentiría tan cautivada por esa "familiaridad"?

Los amiguetes eran todos sanitarios y allí, entre luces y sombras, desparramados a todo lo largo y ancho de la calle se dedicaron como el resto de los comensales a alimentarse de flamenquines cordobeses en lugar de cerebros. Tras las risas y los animados comentarios, comenzó una charla no menos interesante, ya más propia de una tertulia. Aún así, era muy atmosférico estar entre gente ensangrentada y llena de cicatrices bebiendo Mahou. Carmen y Fageles era íntimas y cercanas a Isabel. Se sentaron juntas en la cena. Quizás sería por lo siniestro del encuentro, por su proximidad a las postrimerías de la vida o porque simplemente esa noche fue un re-encuentro. El caso es que rememoraron una extraña experiencia que tuvieron en sus años de estudiantes. Fue algo que ocurrió cuando en los albores de la democracia, Ibáñez Serrador estimulaba sin escrúpulos nuestras peores pesadillas. Isabel quiso aprovechar el momento agónico de la noche para aterrorizar a todo el mundo con su historia, pero lo hizo incitando a Carmen susurrándole algo al oído. Su amigo el argentino se dio cuenta de que algo excitante iba a suceder. Se divertía muchísimo con el ingenio y la rabiosa espontaneidad de Isabel. De pronto, él notó una extraña familiaridad hacia Isabel, y empezó a recordar.

Carmen fue la que de pronto sacó el tema abiertamente frente a todos. Todos sabían que ella era muy devota de la Virgen del Carmen, por tanto, esperaban una historia relacionada con su especial vínculo. Dejándose mesmerizar por Isabel, su psique dejó sacar a flote una experiencia remota con una monja llamada Sor Paz. En aquellos momentos las tres amigas trabajaban en geriatría y lógicamente, la muerte era una compañera fiel en esos pabellones y plantas hospitalarias donde nuestros mayores se preparan para viajar al más allá. Carmen relató un inquietante hecho que las otras dos corroboraron como cierto. 

-Lo que os voy a contar es totalmente verídico. Os lo prometo. Me lo ha recordado Isabel ahora mismo. Os juro que ya lo tenía casi olvidado, pero me ha venido como un rayo de luz ahora mismo. -Los más de veinte amigos que charlaban de mil y un asuntos se callaron de golpe y giraron sus cabezas hacia Carmen. Algunos no sintieron un gran interés, esperando una de las típicas historias de Carmen, pero le entregaron una atención plena-. 

-Isabel, Fageles y yo éramos unas jóvenes estudiantes a finales de los años setenta. Estábamos de prácticas en una residencia de mayores. Muchos de ellos morían agonizando, no pudiendo despedirse del mundo como Dios manda. Por su enfermedad o por lo que fuese, los veíamos perder su vidas de mala manera, y eso a nosotras nos acongojaba muchísimo, especialmente siendo nosotras tan jóvenes. Esto sucedió hasta que un día entró por la puerta Sor Paz, para tomar el mando del centro. Era una mujer anciana, pero con mucha autoridad y energía. Yo tenía mucha afinidad con ella, porque las dos éramos muy afines al culto a la Virgen del Carmen. De hecho, aunque yo era una jovencita ingenua y algo atrevida, Sor Paz me quería mucho. Una mañana, tras semanas sintiéndome muy agobiada de tener que cuidar a tantos moribundos, me dirigí al despacho de Sor Paz a suplicarle que me ayudara a sobrellevar dicha carga emocional. Ella se lo pensó mucho, y me confió un secreto. Me dijo que era capaz de hacer que las personas se marcharan de la vida sin sufrir. Eso me dejó perpleja. -Carmen guardó silencio, y dejó que pasara un rato para que la gente pudiera murmurar e intrigarse. 

-Lo que dice Carmen es totalmente cierto. -Dijo Fageles, y segundos después Isabel lo corroboró. -Isabel y yo también estuvimos de estudiantes junto con Carmen el mismo año, y en la misma residencia, y conocimos a Sor Paz. Lo que vivimos allí es difícil de describir....

Carmen retomó la narración con mayor gravedad y haciendo su voz algo más quebradiza. Los ojos de la audiencia brillaban como luceros. El silencio del grupo era formidable. Cualquiera que hubiera aparecido de golpe por General Moscardó y hubiera doblado la esquina se habría pensado que todos los allí sentados eran auténticos zombis esperando saltar sobre cualquier incauto, dadas las caras de excitación que mostraban los congregados. -Como os decía, estábamos muy agobiadas viendo cada noche cómo se iba un abuelito en un estado de angustia, pero Sor Paz nos tenía algo reservado para remediarlo. Ella me confesó que era igual que yo, una devota de la Virgen del Carmen. Me dijo que la Virgen tenía grandes poderes y que le había dado consuelo y explicación de cómo poder alcanzar el cielo en paz con éste mundo. Dicha comunicación se establecía a través de sus sueños. Le dijo que la gente que muere acostada en una cama, no puede tocar el suelo con los pies y eso les hace perder contacto con la madre tierra. Según me contó Sor Paz, la Virgen se lleva nuestra alma de inmediato, si nos ha llegado la hora, pero eso sólo sucede como os acabo de contar, si los pies tocan tierra o mar. La santidad de la Virgen hace que el moribundo alcance el más allá en directo ascenso hacia el cielo. Para mí fue un gran alivio oír sus palabras pero al principio me mostré incrédula. Se lo conté a Isabel y a Fageles, las cuales se sintieron exactamente igual que yo, hasta que una noche, conseguimos que Sor Paz acudiera con las tres a ayudarnos a despedir a una abuelita. Ella nos mostró cómo los ancianos se marchaban de inmediato si les poníamos un ladrillo en los pies. Nosotras nos sentimos aterradas al principio al ver cómo morían rapidísimo tras colocarles los ladrillos en las plantas de los pies desnudos. La evidencia continua nos mostró que se podía evitar una muerte dolorosa y mientras duró nuestra experiencia de prácticas con ella, pudimos comprobarlo una y otra vez. Creí haberlo olvidado, pero no. Acabo de acordarme de todo ello como si fuera ayer...Dios...

La gente comenzó a hablar de inmediato de manera explosiva, tras notar que Carmen había terminado su narración. Algunos aprovecharon para bromear sobre la historia, y otros continuaron embriagándose de la misma, interrogando a las tres mujeres sobre más y más detalles de la experiencia con Sor Paz y los moribundos abuelos de la residencia. La noche derivó en muchas historias, todas truculentas e interesantes. El cirujano estaba como en un trance. No dejaba de mirar Isabel, y de vez en cuando miraba a todos lados como un iluminado.

No había luna, y estaba todo muy oscuro al volver por la línea de costa. Isabel y su amigo iban de la mano, pensativos. Cuando llegaron a la altura del Café del Mar, el hombre se detuvo y se giró hacia Isabel. Se quedó quieto frente a ella con cara expectante. Ella se sintió algo confusa y le preguntó.

-¿Qué te pasa cariño?, ¿estás bien?-. -¡Estoy fenomenal!, ¡contentísimo! Me alegro de la bienvenida que me has dado hoy, frente a tus amigos-. -¿Bienvenida? ¿a qué te refieres? los conoces a todos-. -¡Por su puesto que sí cielo!, es que hoy has desvelado nuestro secreto y he sentido que ya podíamos hablar tú y yo de nuestro reencuentro-. -Perdona, pero no te entiendo-. -Vaya, quieres hacerlo algo más morboso...jeje-. -Se quedó en silencio. Estaba muy nervioso, pero quiso darle la impresión de falsa calma.

Isabel comenzó a sentir un leve tembleque en las piernas y una especie de sudor frío ascendió desde la columna lumbar hasta alcanzar la nuca. Notó que perdía el equilibrio y se dirigió impulsivamente hacia el malecón donde pudo sentarse e intentar recuperar en vano la sensación de normalidad. Se estaba mareando y la náusea le invadió desde lo más profundo de su aparato digestivo. El amargor del ácido le mordió la garganta. Pensó que de pronto había caído en un abismo de horror insondable. No podía pronunciar palabra. Trataba de no mirarlo a él. Desesperada, trató de huir y saltó el malecón, cayendo en la húmeda arena de la playa. Con las escasas fuerzas que le quedaban se fue arrastrando hacia el mar. Cuando llegó cerca de la orilla, se dio cuenta que el hombre estaba allí, esperándola.

-Amor, siento que te estoy asustando. -Su voz era temblorosa-. -No lo entiendo. ¡He esperado tanto éste encuentro!. ¡Cálmate por favor! ¡Soy yo, Ceferino! Nos conocimos en la residencia. Yo era un párroco amargado de la vida...en aquella época tenía ochenta años. Te conté una noche que tenía miedo a morir y que había hecho un pacto con el diablo. -Ceferino hablaba nervioso, desgarrando su garganta. -Tú accediste a ponerme una placa de plomo en las plantas de los pies justo antes de morir, tal y como el diablo me dijo, para así retornar algún día al mundo de los vivos. ¡Tú me ayudaste Isabel!, he tardado años en recuperar mi memoria, y saber a dónde volver, y recordar de dónde venía. ¡He vuelto para vivir contigo, una segunda oportunidad! He disfrutado de una nueva vida sin saberlo, y ahora me acabo de dar cuenta que he venido para reunirme contigo...¡Es increíble!

Isabel, estaba petrificada, destruida por el miedo. Recordó aquél episodio de su juventud, el cual interpretó como una forma de ayudar a un hombre atormentado por el celibato y las restricciones de la vida eclesiástica. Nunca más se acordó de Ceferino si no fue para sentir lástima del anciano. Ahora se re-encontraba con aquella alma retornada de los infiernos. Ambos se miraron como hipnotizados con sus caras de muertos vivientes, junto a las olas. Los dos, derritiendo sus caras pintadas con la cera de las lágrimas; Ceferino enamorado, Isabel gimiendo una ininteligible plegaria. La mirada ígnea quizás duró mil años, o quizás horas. Desde los abismos de la muerte y la angustia, Isabel fue alcanzada por la Virgen del Carmen, que acudió en auxilio de la mujer. -Recuerda el poder del Mar-, le dijo la dulce voz mariana. Tras una titánica lucha consigo misma, con su cuerpo, y contra todos los demonios, alzó su mano temblorosa hacia Ceferino, implorando que la levantara. Él, acudió con dulzura y la irguió. Ahora estaban a unos centímetros de las olas. Se abrazaron. Ella lo condujo hacia el océano y allí desaparecieron para siempre.  


  


sábado, noviembre 05, 2022

Sueños Rancios

Sevilla es un lugar algo especial, aunque algunos analfabetos piensen que su Cruzcampo no tenga sabor. ¿Cómo no va a tener sabor una Cruzcampo si estás apostado en el bar Jota, mientras muerdes un trocito de bacalao seco? ¡Hijos del Mal! Doy las gracias a esos cebollinos. Me ayudan a entender porqué estoy majareta por esta inalcanzable metrópoli. El caso es que por otro lado, hay razón en pensar que la ciudad es como una mala mujer. Una criatura imposible de entender. Eso sí que tenemos que admitirlo. Hoy, sábado otoñal, era un día de visita para nosotros, y deslizándome por su piel morena, me di cuenta que estaba soñando despierto, algunos sueños rancios. Iba con mi hija, adolescente, o pequeña mujer según se quiera interpretar, y como un ilusionado padre me puse a contarle las mil y una historias de esa ciudad donde me crie, mezclando lo personal y lo histórico. Eso a sabiendas de que podía saturar su pequeña cabecita. Iríamos de compras aprovechando el buen tiempo esperando que mis ganas de narrar no se interpusieran con su disfrute epicúreo y esa forma tan femenina de ir por el mundo.

Pasando por la Coca-Cola le revelé que a principios de los años ochenta salimos del Instituto Joaquín Turina un soleado invierno, como si fuéramos seguidores de Diego Corriente, a cortar la autovía N-IV para poder forrar de libros nuestra vacía biblioteca. El Instituto que estrené, había nacido sin ningún libro...¿Cómo era esto posible? Lo peor fue encontrar que al rato de estar sentados en medio del asfalto aparecieran varios Zetas plagados de policías y de entre ellos saliera mi padre, bigotudo y cabreado vestido de madero. Atravesó con aire de autoridad la alfombra de chicos que hacían cánticos de protesta y me hizo un gesto con la cabeza, mientras decía con voz neutra; -vete de aquí. -Mi hija se reía, no sé si por incredulidad-. El haber pasado una enorme vergüenza dio sus frutos y la biblioteca del insti se llenó de libros al fin. 

Seguimos con el coche hasta llegar cerca del Parque de Maria Luisa. Queríamos aparcar por allí para después recorrer la ciudad a pie. Le dije que fuera a ver una estatua de mármol blanco escondida bajo un enorme árbol, pero como no le acompañé se quedó como confusa. Le dije que se acercara sola a ver si entendía el porqué de mi sugerencia. Al final descubrió al poeta que me dio mi nombre, menos mal. Le costó percatarse. Bajo las protectoras sombras del parque, fuimos acercándonos hacia la Fábrica de Tabacos, ladeando el Restaurante La Raza, que ya perdió su licencia y yacía abandonado, así como le pasara años antes al Montpensier, que todavía permanece en el mismo estado a solo unos metros. Le hice un guiño interior a Jesús Quintero, ese periodista épico, que en paz descanse, y otrora fuese dueño de aquél fabuloso edificio. No hace muchos años fotografié a la ínclita figura por la calle Sierpes unas navidades, junto a mi amigo Antonio del Pino. Fue amable y humilde, como tiene que ser. No le dije nada de eso a la niña. En cambio, quise enseñarle los secretos de las blancas piedras que hacen de elegante valla del restaurante, donde se pueden contemplar varios amonites fosilizados, un espectáculo gratuito de moluscos cefalópodos extintos, que se exponen pulidos a los pies  de bellas esculturas. Ella no decía nada. Solo escuchaba. 

Pasamos por el Casino de la Exposición y paramos en el semáforo mirando a la Universidad. Allí de pronto recordé la entrevista que me hicieron justo al salir de selectividad, en la esquina con la calle San Fernando. Una periodista me preguntó qué tal me estaban saliendo los exámenes. Recordé lo curioso de sentir el futuro desde el pasado. Fui optimista en aquél momento a pesar de los nervios, pensando en los padres que estarían recibiendo el mensaje radiofónico. Seguí contándole a la niña los prodigios de la ciudad que construyó la primera gran fábrica de occidente, que luego fue un presidio y más tarde una fabulosa universidad. Ella continuó más o menos con la misma expresión de perplejidad adolescente, sobre todo cuando contempló el enorme foso que rodea la cuadrícula de la fábrica. Yo en mi fuero interno sentí la frágil victoria que obtuve aprobando por los pelos una selectividad a la que no me había preparado. Entre tanto, iba reconociendo cada uno de los fabulosos árboles selváticos que pueblan la ciudad, prueba de su iniciático encuentro con la historia moderna. Las jacarandas en cambio, permanecían muy discretas a todo lo largo de las avenidas, soltando  disimuladamente alguna semilla de vez en cuando. Todavía quedaba mucho para que dieran su espectáculo floral morado. Mi criaturita tomó nota de la enorme diversidad botánica de los parques, otra prueba irrefutable del precoz estreno renacentista de la ciudad. Anduvimos a todo lo largo de la calle Palos de la Frontera, en dirección Palacio de San Telmo. Allí disfrutamos de la presencia hidalga de varios héroes sevillanos apostados en la cornisa del palacio.

Cuando alcanzamos el Hotel Alfonso XIII en dirección al casco antiguo, giré la cabeza hacia los Remedios y volví a notar el brote de otro recuerdo. Una sonada manifestación que me hizo perder más días de clase. En ésta ocasión ya como estudiante en la Universidad. Se trató de nuestra protesta para emancipar los estudios de Psicología de los de Filosofía, que en aquél distante momento de la historia de la ciudad, todavía compartía título. A los futuros psicólogos nos enfurecía estar compartiendo facultad con los filósofos, no por desprecio a su materia, sino porque nos veíamos a nosotros mismos como científicos y sobre todo sanitarios. La ciudad estaba todavía adormecida en su añoranza por tiempos pasados. Quizás se vivía con actitud indiferente al estrés y a lo frenético de la vida moderna. Seguro que en los noventa el estar loco era cosa de unos pocos nada más. Por tanto, más huelgas y tráfico cortado. En esa ocasión, hubo otra entrevista callejera espontánea de la que fui objeto, ésta vez también para la radio. En lugar de esperanzas, hubo una disputa de números, puesto que el periodista dudó de mi capacidad de estimación. Yo aseguré que había más de mil alumnos sentados en el suelo de la avenida de la República Argentina...Cuando interesa, las exageraciones no pueden formar parte de los testimonios andaluces. No es justo. 

Ya bien entrados por la avenida de la Constitución, empezaron a surgir los fantasmas de las varias librerías desaparecidas que visitaba con frecuencia. A esas alturas me di cuenta de lo absurdo de vivir en una urbe en la que los ciudadanos jóvenes debían cortar las calles para exigir recursos totalmente básicos y elementales, para seguidamente conseguirlos tras la protesta. Me pregunto a qué se dedicaban entonces los gerentes, directores, decanos, rectores y demás gerifaltes hispalenses. Quizás es la genética de una ciudad fracturada entre reyezuelos y peones que nunca se hablan, y que hacen como que los demás no existen. Una verdadera ensoñación kafkiana estilo andaluz.

Menos mal que tras mucho callejear, al final llegamos a Jesús del Gran Poder, y ella pudo comprar sus puntas de bailarina. Volvimos contentos y sin acritudes por el mismo camino disfrutando de los escaparates de las exquisitas tiendas que ahora decoran las calles de la viejuna Sevilla. Ella satisfecha con sus compras y yo habiendo recuperado muchos recuerdos. Al llegar a la Capilla de Santa María de Jesús cogimos por la calle San Fernando, por lo que me tuve que enfrentar a un último recuerdo periodístico y de protesta. La manifestación tuvo lugar un cuatro de diciembre y venía del Prado de San Sebastián haciendo mucho ruido. Tanto ruido que no podía ni oír mis pensamientos. A los de Canal Sur se les ocurrió preguntarme a mí, el porqué de celebrar el 4D, cosa que hice con diligencia y muchísima prudencia a pesar de la súbita aparición de la periodista con su cámara apostado detrás de ella. Dudo que llegara a salir por la TV dado que no podría haber sido objeto de mofa y desprecio. Fui muy consciente de la maldad del PSOE y de su odio al andalucismo, por tanto no podía permitir que esos jíbaros me usaran para hacer de nuestra manifestación una siniestra reliquia del único movimiento nacionalista decente de éste país. Así que hablé al estilo de un abogado sevillano, hierático y apoderado de todos los andaluces en ese momento. En este lance, no me sentí con fuerzas para contarle esa última narración a la jovencita. Ya me había aguantado durante tres horas. Me guardé la anécdota para mí. Doblé las imágenes,  las sensaciones, muy bien dobladitas, y las planché mejor que si fueran camisas, para dejarlas puestecitas en el armario de mi corazón. Al menos me di cuenta de la diferencia entre una autoridad educativa y los políticos frente a las demandas de los intelectuales. Al fin y al cabo, los educadores nos entregaron lo que pedimos; nuestros libros y nuestros títulos. Los políticos socialistas nunca nos dieron nacionalismo, ni prosperidad. 

Al final todo condujo a un enorme vacío, pero gracias a Dios y a la física cuántica, el vacío no es lo mismo que la nada. Por tanto, ya habrá quien desentierre todo esto un día, y le de sentido.   


jueves, noviembre 03, 2022

La Importancia de la Nada



El guardia civil interrogó una vez más a Juan Nadie, para encontrar la misma respuesta, o mejor dicho, la ausencia de ella. Salió de la habitación y se dirigió al despacho del comandante con un gesto de contrariedad. 

-Jefe, creo que éste hombre es el principal sospechoso de un asesinato en masa. Está todo lleno de sangre. No quiere hablar...por algo será. -El comandante lo miró con cara de póker.-

-Esa sería una gran hipótesis, si no tenemos en cuenta que fue la única persona viva que encontramos en el local... -dijo el jefe mirando al suelo mientras dejaba salir de sus orificios nasales dos largas columnas de humo. 

Una hora antes, los guardias habían encontrado a Juan, de pie en un escenario improvisado en el local más siniestro del pueblo. A pesar de que iban asustados y dando gritos, con las pistolas en mano, Juan siguió mirando a la nada. Todos estaban muertos. ¿Qué podía temer? 

Había bebido más de cuarenta cervezas y el concierto acababa de empezar. Una imagen de ella brotó de la nada. Su pelo oscuro y su mirada de acero le advirtió del puro deseo tanático que engendraban cuando estaban juntos. Se preguntó sobre ello en vano, quiso ahondar en su mente una y otra vez, para encontrar un abismo oscuro en cada ocasión. Estaba presenciando un concierto de Los Ningunos, en La Alternativa. Ellos cantaban "todos vamos a morir" cuando agarró el teléfono y llamó impulsivamente a Inma. 

Ella respondió rápido y con su característico genio y pronto, inquirió sorprendida por la inesperada cercanía del hombre. Tenía en una mano una copa de ron y en la otra el móvil y un cigarrillo. Ambos se sintieron seducidos por las voces del otro, y a su manera, intentaron resistirse a fracasar de nuevo, a matarse a besos para después desear ser propulsados directamente al infierno. Solo tuvo que dejarse caer como una canto rodado para toparse con ese hombre. No tardaron en encontrarse en medio de la oscuridad, cerca de la iglesia. No se sabe cómo consiguieron verse, por motivos etílicos, principalmente. Desnudaron sus almas una vez más. Para qué iban a perder el tiempo. Atrapados en la misma prisión, obedecieron al deseo voraz. Ángeles y demonios debatieron allí mismo, qué clase de lucha y qué victoria podría resultar de aquél extraño encuentro. 

Juan Nadie, había sido magnánimo al despedirse del ebrio amigo que había decidido perseguir la luz cegadora de la mujer de ojos diabólicos y mente inescrutable. Balbuceó un agradecimiento y Juan le regaló un abrazo, para después proseguir con el concierto que seguiría destilando ironía en la negra noche del paraíso de los náufragos. Lo extraño es que el hombre volvió media hora más tarde, con la mujer. Ambos acuchillaron a toda la audiencia. No hubo heridos, sino más bien despedidas. Tampoco hubo resistencia, ni alaridos, porque la música, cada vez más sórdida, empapó las embriagadas mentes para que alcanzaran un dulce final al unísono. No se sabe si estaban hipnotizados, pero los forenses no encontraron signo alguno de lucha.

Cuando todo estuvo a punto de acabar, especialmente tras degollar a la violinista, los asesinos se situaron frente al cantante. El hombre y la mujer quisieron entregar un epílogo a Juan Nadie. Se despidieron de él, con un ensangrentado abrazo, asegurándole que su maravilloso concierto haría honor al más insondable vacío que se haya podido presenciar. Después se entregaron a un apuñalamiento mutuo hasta que desfallecieron y cayeron sobre el cadáver de Curro, el malogrado dueño del tugurio.