jueves, abril 22, 2021

La Procesión va por Dentro


 

A pesar de la profusa alocución del barbero que se prolongó durante todo el corte de pelo, le había dejado un perfil inefable, que él mismo no pudo apreciar, tan absorbido estaba en sus cavilaciones. Se despidió cordialmente, y de todos recibió un saludo, tras lo cual se abrió paso con elegancia entre la muchedumbre de la calle sevillana. Exteriormente conservaba ese encanto irresistible que venía de su sonrisa de niño, lo cual le servía de sello infranqueable, que impedía leer sus interiores. De este modo parecía un hombre feliz y profundamente encantador. Por dentro vivía aturdido y bajo una borrasca permanente. De hecho, en su fuero interno se veía como un ser odioso. Pretendía pasar desapercibido, pero era imposible ser invisible siendo un Adonis incluso en la tierra de la Virgen Santísima.

El bello joven atravesó todo el centro de la ciudad, y al rozarse con la realidad circundante se permitió disfrutar del costumbrismo y la sensualidad de las gentes con las que se cruzaba. Todo el mundo estaba preparándose para acudir a alguna procesión, de modo que el nerviosismo estaba en el ambiente. Había nazarenos por doquier. La ciudad vivía en un presente permanente, aceptando su aislamiento y represión, igual que el joven; siempre poniendo su mejor cara. Ni la ciudad ni el joven se atrevían a pensar en su futuro. Sus dudas e inseguridades se mezclaron con la confusión de la ansiosa ciudad, ahora en penitencia.

A su paso por la calle Laraña, también se dejó acariciar por el suave perfume de los naranjos en flor que encontró por el camino. Entró después en la plaza de la Encarnación para dirigirse hacia la Alameda, el parque más antiguo de España, y otrora cauce del Río Grande. Aquél luengo jardín de frondosos árboles, es hogar de atávicos y olvidados dioses, aunque ahora estaban acompañados por ruidosas hetairas y pícaros proxenetas que se habían adueñado del lugar no hacía mucho. En el otro extremo de dicho parque estaba el cuartel de caballería de la Policía Armada. Por doquier, los patios de vecinos estaban atestados de macetas, que parecían como brochazos de selva fresca en una ya calurosa Sevilla primaveral. Los niños jugaban por la calle, entre hetairas, como bandadas de pájaros; sobrevolando el mismo espacio, pero sin chocar. Algunas lozanas lo llamaban y le decían alguna lisonja, y él, les presentaba su equívoca sonrisa, su escudo protector, mientras que por dentro sentía un miedo aterrador a aquellas mujeres, que se le acercaban con los brazos anclados en las caderas, para parecer aún más poderosas. Los dioses lo vieron caminar, y se fijaron calladamente en su negro corazón; su gallardía era un mero accidente.

Ya en el pórtico del cuartel de caballería le saludó el guardia que estaba en la puerta; -Hola Angel, ¡buenos días! -. Ángel saludó con familiaridad al policía de la puerta. Entró y continuó saludando a todos por igual, hasta acceder al fondo del mismo donde se encontraba su maravilloso caballo tordo. Los otros hombres le causaban rabia y una enorme tensión, que disimulaba a la perfección. El animal saludó al hombre, y el hombre al animal, tras lo cual le cambió la cama y le puso agua fresca. Las borrascas se alejaron de su mente, y se relajó mientras se dedicó a lavar y peinar a su caballo. Otros policías estaban haciendo lo mismo. Se preparaban para salir todos juntos en una procesión.

Una vez que todo estuvo preparado, se vistieron con uniforme de gala. Los policías calzados en sus trajes parecían haber nacido vestidos, de lo bien que les sentaban. El capitán organizó la salida y dejaron el cuartel veinte lanceros que irrumpieron por las calles de la Alameda con las herraduras de los caballos sonando como cientos de castañuelas. Las gentes se quedaban embobadas y paso a paso, los jinetes se iban adueñando de la ciudad que estaba engalanada para los acontecimientos religiosos. Ángel se dejó envolver en su papel de héroe rindiendo homenaje al espíritu de la ciudad, que ahora se unía en estación de penitencia. Al dejar atrás la Alameda, todos sus pobladores; niños, antiguos dioses y voluptuosas tusonas, se habían quedado como mudos testigos contemplando el espectáculo. Los centauros estaban tan enfrascados en gobernar a sus animales y en mantenerse en línea, que no se percataban de nada de lo que pasaba alrededor, y menos de la sensación que causaban.

Se dirigían a la calle Rioja, para acompañar a la procesión del Santo Angel. Al rato alcanzaron la iglesia donde les aguardaba la virgen y el cristo. El niño y la madre estaban esperando a Ángel. Estaban apiñados entre la expectante masa, impacientes ante la inminente llegada de la caballería que al alcanzar su meta provocó un torrente de emociones en el niño. En su excitación, empezó a llamar a su padre, aunque no podía ver la fila de lanceros todavía; su madre, con más horizonte, le contaba lo que veía. El crío era muy pequeño y apenas podía ver más allá de la miríada de cofrades y gentío que se habían congregado. De pronto, se hizo un enorme silencio y una banda empezó a tocar con gran dramatismo, tras lo cual los caballeros saludaron a la virgen y al cristo y se situaron a la cabeza de la procesión. El pequeño sintió el repentino retumbar de la música en su pecho y su sensación fue de un profundo golpe inesperado que lo hizo entrar en un estado de trance, entre el miedo y el arrobamiento. Ángel estaba enfrascado en su marcha triunfal, libre de torturas mentales. Ahora era el niño, el atormentado, que en vano llamaba a su padre, ahogado por la música. Consiguió al fin, ver a aquel gigante a caballo, impoluto y perfecto como una figura de cera. Pero pasó por su lado sin poder siquiera atraer su atención por un momento. Las lágrimas rodaron por la pequeña cara del niño, igual que las de la virgen…incesantes. El sufrimiento del chiquillo se confundió con el dolor y la pasión que vivía la ciudad en un extraño éxtasis infantil. Vio pasar a su triunfante padre que alzaba una pica hacia el cielo…¡sólo le faltaban alas!. Él en cambio quedó involuntariamente camuflado entre los incontables pies de los fieles y oculto entre las filas de los misteriosos nazarenos que cerraban el cortejo. La madre lo agarró al fin, y lo pudo abrazar con dificultad, para después poder alzarlo entre las cabezas de los allí presentes. Pero su pena era ya inconsolable. Papá no le había visto. Su garganta se cerró en un nudo gordiano.  

Y así quedó retratada la ciudad en la mente del pequeño. Aquella escena hizo fraguar su arquitectura mental, con el ángel acongojado a caballo pasando de largo, su anhelado padre, inalcanzable en su complejo mundo de adultos. El niño en su agonía y sensibilidad percibió a la ciudad como un microcosmos de temerosas almas que esperaban como en un eterno bucle, el juicio final. Una multitud de pobres diablos arremolinándose ante las iglesias, para suplicar perdón por sus almas pecadoras, sin poder reparar o concebir siquiera el futuro, que bajo sus pies pretendía abrazarlos en vano.

El niño, que ya se ha hecho adulto, soltó la foto en blanco y negro de un policía armada a caballo blandiendo una pica. Al contemplar la antigua imagen, había tenido una momentánea experiencia disociativa, que lo había transportado como por arte de magia a un momento de su temprana infancia. Tras un lapso volvió en sí, para darse cuenta de lo que había pasado. Retornó la foto a la caja de donde la había sacado y se quedó meditativo, como tratando de recuperar una vez más, parte de lo que había conseguido recordar.

Él, que se siente velado por los ancestrales dioses, ha perdonado a su padre, a la ciudad y a todos los que viven condenados por sus demonios. Ahora ya no vive en su anhelada Sevilla, pero al menos existe con un pasado, un presente y un futuro. Algún día volverá a pasear por la ciudad, y a lo mejor, cuando pase por la Alameda esperará anhelante dejarse atravesar por los espíritus que allí moran, quizás también el de su padre.

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